12 de agosto de 2016

Pliego nº 91

 

Bienaventurados los Misericordiosos


Cuando un niño se equivoca y lo reprenden, depende la de manera en que esto se haga, el niño no entiende la corrección, entiende solamente la desaprobación, el grito, la violencia hacia él y llora. Se siente mal por la humillación o por sentir el desamor. Se siente maltratado. Esto no lo comprendemos muchas veces los adultos y repetimos el método para que aprendan a comportarse, y logramos que obedezcan, pero no necesariamente que entiendan. El estudio de los comportamientos humanos nos da muchas luces de cómo relacionarnos entre nosotros y ya es sabido que la violencia no es efectiva, sólo lo es el amor. La forma de la relación, muchas veces es la relación; la forma de la comunicación, también. Jesús nos enseñó esto hace aproximadamente dos milenios! Y otros sabios y profetas lo han dicho también, no obstante, no lo hemos aprendido, seguimos muchas veces por el “camino antiguo”, no solamente con los niños, aplicamos y transmitimos el ojo por ojo, el cobro de los impuestos, el juicio, la desconfianza y en definitiva la falta de amor en nuestras relaciones. Desaprender es difícil.
Este año Santo se convierte en un regalo inmenso para reflexionar sobre el poder sanador de la misericordia (misere-cordae), sanar las miserias del corazón, sanar los corazones miserables… En el mensaje del Santo Padre Francisco para la 50 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales dice textualmente: “Todos sabemos en qué modo las viejas heridas y los resentimientos que arrastramos pueden atrapar a las personas e impedirles comunicarse y reconciliarse. Esto vale también para las relaciones entre los pueblos”
Hace unos días en un transporte público un hombre se sentó a mi lado, me empezó a hablar sobre su dificultad para dejar de ingerir alcohol, efectivamente el olor lo delataba. A pesar de querer, no había podido abandonar esta dependencia. Sabía que lo destruía, pero era más fuerte que él. Desaprender un comportamiento implica en primer lugar tomar conciencia profunda de su ineficiencia; en segundo lugar, convertirme a no repetirlo y tomar la determinación de ocupar otro camino; pero en tercer lugar perdonarme a mí mismo todas las veces que no podré ser consecuente y pedir ayuda. Quizá nunca logre cambiar el comportamiento, pero sí a amar, si me podré sentir amado y eso tendrá más valor, mucho más, porque sanará heridas más profundas.
Elisabet Juanola
Santiago de Chile

Atisbo



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

 

En Clave de Ser



En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

12 de julio de 2016

Pliego nº 90


Misericordia quiero y no sacrificios: en casa


Un hombre sabio me dijo en una ocasión: “Para ser fieles a Nuestro Señor no es necesario hacer sacrificios extraordinarios”. La vida anclada en el amor se encarga de cumplir esa máxima. Madres, padres, amigos, amantes, entregan la vida a sus seres queridos por amor, y podríamos decir que en ocasiones ha sido “sacrificado” hacerlo. Recordemos cuando un ser querido ha estado enfermo o sin rumbo claro… ¡los desvelos que nos ha llevado!

El Obispo de Roma, en su mensaje en tiempos de cuaresma nos dice sobre  la Misericordia que “en la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales”.

Una mujer embarazada, es la primera casa del ser que habita en sus entrañas y desde ahí entrega a ese ser todo lo que requiere hasta una nueva forma de vida. Esa mujer tiene la esperanza cierta de dar nueva vida a la que late en su interior. Esa carne de su carne será otro ser con vida propia, criterios y formas de actuar independientes. En ocasiones será un extraño que desconocerá en su forma de vivir y relacionarse. Aun así, sentirá que proviene de sus entrañas, lo amará desde lo más hondo de su ser y su trato siempre será misericorde con él, porque la ha habitado y ella desde su corporeidad lo ha acogido sin conocerlo, lo ha amado por el hecho de existir. La mujer, siendo madre desarrolla completamente el arte de la caseidad.



Misericordae vultus nos señala que “la misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida”. Cada vez cuesta más encontrar espacios en los que poder mirarnos a los ojos sinceramente. Se requiere un ambiente propicio para ello. Espacios acogedores, cálidos, en los que uno se sienta ser uno mismo en su completez. Mirarse a los ojos es entrar en lo más íntimo de uno mismo en relación al otro. Es atreverse a entrar en la casa del otro en ese espacio que uno mismo habita. Quizás deberíamos practicar ese acogernos unos a otros en nuestras propias casas, para llegar a hacerlo en el ser del otro. Quizás las casas y el arte de la caseidad nos invita a ser más misericordes, siguiendo ese carisma de la mujer-madre que ama desde las entrañas.

En el documento papal que nos invita a hacer vida la misericordia nos dicen que “la misericordia es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado”, texto que relaciono con esa oración eucarística que invita al perdón misericordioso del Padre: “Señor yo no soy digna de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme”. La vida desde la misericordia debe ser aceptada también por aquel que la requiere. Dejarse amar, pedir, abandonarse en el otro, sentirse como en casa, propiciará que se puedan llevar a cabo las obras de misericordia.

Qué gran esperanza para el mundo propiciar espacios y tiempos de ser unos con otros misericordes, para que sepamos dar y recibir, para que el cuido de unos con los otros posibilite un mundo en el que se dé de comer al hambriento, se dé de beber al sediento, se dé posada al necesitado, se vista al desnudo, se visite a los enfermos y se socorra a los presos. Y que asimismo nos demos tiempo de enterrar a los muertos, enseñar a los que no saben, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que está en error, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás y rogar a Dios por vivos y difuntos.

Una sociedad que posibilite el marco necesario para actuar desde la misericordia es esperanza de una sociedad verdaderamente solidaria en la que se pueda confiar en el otro cuando uno palpa su ser limitado. Una sociedad en que seamos casa unos de otros, en que seamos unos hijos de otros y viceversa.

Maria Bori
Santiago de Chile


Atisbo





Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de Ser





En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

12 de junio de 2016

Pliego nº 89


Encarnación y Misericordia 


Misericordia o amor desde las entrañas, amor desde lo hondo del corazón, bondadoso, en caridad, que se compadece y se conduele. 

Para el hebreo implica fidelidad y conlleva bondad desde la conciencia y la libertad, para los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno, es el cariño o la ternura que sin pérdida de tiempo se traduce en actos. 

Este amor misericordioso es un derramamiento de vida y perdón, de sanación, una dádiva que abre la posibilidad a toda persona para que haga vida en su vida un sí mariano, y como María, posibilite la encarnación del amor de Dios en su realidad, en su cotidianidad. Posiblemente se haga con pequeños gestos: miradas, sonrisas, escuchas… quizá cosas más grandes, compartir hogar, posibilitar unas horas de trabajo, acompañar las tardes de un anciano… 

Sea como sea, la misericordia, sitúa en una atalaya que impulsa a estar prontos a llevar a las entrañas las necesidades del que camina o convive con nosotros. Las manos sentirán motivación para trabajar con más diligencia, porque parte de su esfuerzo será alivio para los que pasan momentos de dificultades y estrecheces. Los pies caminaran con más celeridad, serán impulsados por el deseo de llevar consuelo al más necesitado. Los ojos encontraran un mirar con amplitud, buscando ser un rayito de luz para quienes atraviesan momentos de oscuridad y desorientación. 

Movidos por amor misericordioso se salta por encima de juicios precipitados y desencarnados, y, como buenos samaritanos, el quehacer tendrá su preferencia en aliviar el sufrimiento, buscando posada para atender, ungir, integrar al prójimo, sabiendo que se lleva en las entrañas su realidad, al menos por un rato. 



Dar vida a las obras de misericordia, es posibilitar que Dios siga cada día incorporando su amor, derramando su bendición y llevando la creación a su plenitud. Es una labor, que pudiera superar la aspiración personal, pero no por ello, queda justificado el abandono del trabajo, que a cada quien corresponde, en respuesta a los talentos recibidos, unos talentos que se han de invertir con justicia y caridad para que dejen su rentabilidad en nuestro mundo.

Múltiples son las formas de ir haciendo realidad este proyecto: acompañar al enfermo, vestir al desnudo, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, visitar al preso, enseñar al que no sabe, sufrir con paciencia los defectos del prójimo... Podríamos sumar otras que nos van saliendo al paso en cada jornada trabajada por amor. De entre estas, cabe subrayar para encarnar la misericordia, un vivir como humildes y silenciosos sumideros del mal, ser canal o conducto que acoge el mal recibido y no lo devuelve, no lo airea, no lo guarda, simplemente lo hace desaparecer, porque perdona y ama. 

 Mª Carmen Fernández 
Cádiz (España)


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


En Clave de Ser




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.


12 de mayo de 2016

Pliego nº 88


Misericordia y redención

«Descendió a los infiernos»

Sin lugar a dudas, el mal existe y en formas muy diferentes. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el dolor del mal cometido o del mal sufrido, a veces irreparable, inconsolable, en definitiva, inevitable? Con Cristo que descendió a los infiernos nosotros también nos atrevemos a descender al abismo de nuestros infiernos, al lugar donde ya no podemos hacer nada para «reparar» aquello que se ha roto, para prever perspectivas de futuro  o para ser consolados en la medida de la pérdida sufrida. Este lugar de lo imposible, de lo irreparable, es el lugar dónde la misericordia de Dios se manifiesta como redención, como salvación. Es el lugar donde poco a poco aprendemos a permanecer ante las ruinas de nuestra vida porque  «bueno es esperar en silencio la salvación de Yaveh»(1). He aquí lo que permite dejarnos sorprender por Dios, según la hermosa invitación de nuestro Papa Francisco para el jubileo de la misericordia(2).
 
El destello de un posible por-venir.

Durante muchos años he escuchado los relatos de la vida de personas encarceladas y en bastantes ocasiones he tenido la oportunidad de estar con ellas ante las ruinas de sus vidas, en una espera que parecía interminable y viendo a veces brotar, del corazón de la más profunda desesperanza, el destello de un posible por-venir. 

Un día buscando un trozo de papel donde anotar la dirección de un centro social, cogí una postal en la que había el texto de las bienaventuranzas(3). Pedí a mi interlocutor si lo conocía, y me respondió que no, entonces, empecé a leerlo pero no pude terminarlo, ya que el joven que estaba ante mí me detuvo, y llorando me preguntó: «¿Dios realmente lo puede perdonar todo?»

Esta es la fuerza siempre sorprendente de la Palabra viva, la fuerza de esta pequeña palabra «felices» que toca tan profundamente la aspiración de todo ser humano -¿y quién sabe?- no impide que lo que este joven buscaba y esperaba fuera la posibilidad del perdón.

Y qué podemos decir de la mujer cuyos infiernos tan sólo le recordaban la vergüenza de estar aún con vida: « ¿Cómo puedo estar aún viva el día del cumpleaños del hombre que más he amado y que he matado?».

Se trata de una larga travesía la de esta mujer, pasada por el tamiz de una tentativa de suicidio. ¡Hasta tal punto le era insoportable estar aún viva! Sin embargo, un buen día, tiene esta magnífica experiencia: «Tengo la impresión de que tengo un cáncer al revés. Sí. Cuando tienes un cáncer hay una célula maligna que lentamente va ganando espacio; a mí me ocurre lo contrario: todo es negro, pero hay una única célula buena, que poco a poco está ganando espacio, y esta célula buena es el amor de Dios». 

Sí, la experiencia de la misericordia, experiencia eminentemente relacional, bien como este compañerismo mientras se esperan poder experimentarla,  se da en la medida que se reconstruye en el culpable su imagen original desfigurada por el mal cometido. Esta experiencia permite también reconocer que hay una solidaridad entre los hombres más profunda y verdadera que cualquier delito, que «la fraternidad no se puede borrar por ningún fratricidio. La misericordia aún ve a Adán después de Caín».(4)
 
Salvados y enviados

Debe ser esta mirada la que Dios dirigió a Moisés, él que fue salvado de las aguas, no supo hacer nada mejor que matar a un egipcio y volverse otra vez errante, doblemente exiliado, siendo un pequeño pastor de un rebaño que no le pertenecía. Entonces se dio la irrupción de Dios en medio del desierto, una llamada que lo devuelve al lugar de su derrota, pero esta vez con una nueva misión: convertirse en el libertador de su pueblo. ¿Y qué podemos decir de Elías? Profeta de fuego que sólo se escuchaba a sí mismo y que en un impulso amoroso lleno de celo masacra los profetas de Baal para después huir, perseguido por el odio de la reina Jézabel que quiere su cabeza. Le hace falta llegar al punto de desear morir, él el asesino que creía servir al Señor, tendrá que aceptar un poco de pan para seguir camino y llegar al fin a comprender aquello que nunca había podido o querido escuchar: la presencia del Señor en la voz de un tenue silencio.

Y aún está Pedro, el entusiasta que quiere seguir el Señor, dispuesto a todo menos a renunciar a sus ideas y que recibe de su Señor la peor denominación: « ¡Quítate de delante de mí, Satanás!»(5). Y después la experiencia de traición, los lloros, y la mirada de Jesús que se posa en él. Finalmente Pedro se rinde ante su verdad, ante su humanidad frágil, sólo así le podrá ser después encomendada su misión: «¡Apacienta mis ovejas!»(6).  La lista aún podría ser más larga… y llegar hasta nosotros, hasta mí.

Una mirada que abre el porvenir

Estos ejemplos sacados de la vida y de la Biblia nos muestran que no hay ninguna travesía que el Señor no pueda acompañar: sus ojos invisibles y llenos de ternura siguen nuestros pasos vacilantes por el camino de cada una de nuestras vidas. La experiencia de lo irreparable se puede convertir en lugar de encuentro con Él: «La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro». (7)

¡Unos ojos nuevos, unos ojos de resurrección, ésta es la huella indeleble que su misericordia inscribe en nuestra vida!

[1]  Lam 3, 26.

[2]  Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, nº 25.


[3]  Mt 5, 1-12.

[4]  Luigino Bruni. « Misericordia, cemento di civiltà ». In Avvenire, 5/9/2015. 

[5]   Mt 16, 23.
[6]    Jn 21, 16.

[7]    Papa Francisco. Lumen Fidei, nº 4.


Federica Cogo 
Ginebra (Suiza)


Atisbo



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

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En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

12 de abril de 2016

Pliego nº 87


La misericordia de Dios y la fragilidad humana


Cuando pensamos en la misericordia parece que automáticamente nos vienen a la cabeza dos realidades distintas, por un lado el inconmensurable amor de Dios y por otro lado la radical fragilidad humana.

¿Será que la misericordia es un lugar de encuentro entre Dios y la humanidad?, o mejor dicho, ¿será la manifestación de ese encuentro? Un encuentro lleno de ternura entre el Creador y las criaturas. Pero si fuera así, ¿cómo se concretaría?

El Papa Francisco nos lo dice claramente en la primera frase de la Bula de Convocación del Jubileo de la Misericordia: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre», Él revela la misericordia del Padre «con sus palabras, con sus gestos y con toda su persona» (MV 1). A través de Cristo se concretiza este encuentro amoroso de la humanidad con el Padre.

Sin embargo, el encuentro con Cristo y por Él con el Padre no es para que nos quedemos ahí, quietos, sino todo lo contrario. Cristo es puente que une a Dios con la humanidad, por Él tanto vamos al Padre como nos encontramos con los demás.

Aquello que Jesús les dijo a los apóstoles después de lavarles los pies, también nos lo continúa diciendo a nosotros hoy: «Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» Jn 13, 15. Esto significa que también nosotros estamos llamados a ser rostro de la misericordia del Padre.

Sin embargo, el primer paso no es ser dadores sino receptores. Antes que nada tenemos que experimentar la ternura de Dios para con nosotros. Tenemos que tomarnos tiempo para contemplar las veces que Dios nos ha tocado con su ternura. Entonces sí, podremos ser nosotros rostros de la misericordia, como ya lo fueron otros con nosotros.

¡Tomar consciencia de la acción de Dios en nosotros no siempre es fácil! A menudo nos preguntamos dónde y cuándo Dios actuó. Quizá encontremos la respuesta en la propia palabra MISERICORDIA, que significa tener el corazón con el mísero. Allí donde está la miseria humana, la fragilidad humana, allí está el corazón de Dios. Pero cabe preguntarnos: ¿cuál es nuestra fragilidad?

Veamos como la definen las obras de misericordia.

Si las leemos con atención veremos que todos participamos de una forma u otra de las fragilidades que las obras de misericordia apuntan. Éstas nos recuerdan que no somos seres autosustentables sino radicalmente vulnerables, pues somos seres enfermables y mortales, que necesitan de alimento, de cobijo y de compañía; pero además nos recuerdan que somos falibles, ignorantes de muchas cosas y capaces de hacer el mal; que somos limitados y portadores de una fragilidad (o defectos) que tiene que ser soportada por los demás con paciencia, que necesitamos de consuelo, y no pocas veces de que otros intercedan por nosotros ante Dios porque hay situaciones en las que lo único que nos queda es ponernos en manos de Dios y a veces ni siquiera para ello nos quedan fuerzas.

El teólogo francés Jean Mouroux, en su obra, El sentido cristiano del hombre, afirma que la miseria del ser humano es una llamada a nuestra libertad para que se entregue en la caridad, haciendo mutuamente prójimos al que sufre y al que consuela.

La fragilidad humana tiene este carácter ambivalente de hacernos partícipes de una radical vulnerabilidad y al mismo tiempo nos moviliza hacia la caridad, hacia ese amor que nos lleva a amar a cada criatura como Dios la ama.

Así en cada uno de nosotros puede coincidir esta inconmensurabilidad del amor de Dios y la radicalidad de nuestra fragilidad.

Clara Isabel Matos
Barcelona (España)