12 de enero de 2018

Pliego nº 108

¿Qué es lo que hace que un regalo sea un regalo?


Aún tenemos el regusto de las fiestas navideñas. De las fiestas litúrgicas, la misa del Gallo, la Epifanía; de las celebraciones familiares y con amigos en la que nos reencontramos, aunque sea una vez al año… intercambiamos regalos… o simplemente los ofrecemos.

¿Pero qué es lo que hace que un regalo sea, precisamente eso, un regalo? 

Así a voz de pronto sin pensar mucho quizá diríamos que la gratuidad. Para que algo sea realmente un regalo tiene que ser gratuito, los regalos no se compran. Podemos comprar algo y envolverlo con un papel colorido y vistoso, incluso lo podemos poner a los pies del árbol de Navidad como en las películas, para no sentirnos tan solos pero en el fondo de nuestro corazón sabemos que aquello no es un regalo.

Si el regalo es gratuito tampoco pueden buscar una recompensa, porque entonces dejan de ser gratuitos para convertirse en una especie de trueque; en un intercambio de favores… ni pueden ser por conveniencia porque entonces lo que estamos comprando es al “otro”. 

Los regalos que recibimos no parten de nuestra iniciativa, sino de la de otro, de aquel o aquella que decide obsequiarnos gratuitamente. 

El regalo presupone, por lo tanto, la alteridad. Supone una salida de sí mismo hacia el otro. Una salida desinteresada y gratuita. Regalar significa descentrarse de uno mismo, para centrarse en el otro. La gratuidad presupone, o dicho de otra forma, va de la mano del amor. Esta es precisamente la lógica del amor, dar gratuitamente y «la lógica de lo gratuito es el amor. En el amor alcanza lo gratuito su pleno sentido. Dar, sin esperar nada, eso es amor».
[1]

Aún y así, me continuo cuestionando ¿para que algo sea un regalo, es suficiente que sea gratuito y por amor?
 
El dominico Martín Gelabert nos dirá que no. Para que algo sea un regalo falta aún otro elemento no menos importante que el dador y lo dado: el receptor, pues «sin él tampoco puede haber amor ni donación gratuita». [2]

El regalo, el don, se convierte en regalo cuando es aceptado gratuitamente por el receptor. Por eso afirma este teólogo que « la gratuidad del don implica el contradón del reconocimiento, de la aceptación».
[3]

No hay don sin la gratuidad del dador, pero tampoco lo hay sin la gratuidad del receptor.



Y si para dar es necesario el amor gratuito, no es menos necesario para el contradón. 

Necesitamos una buena dosis de humildad para descentrarnos de nosotros mismos y centrarnos en el otro, pero esa misma humildad es necesaria para aceptar gozosa y gratuitamente lo que se nos ofrece y convertirlo en don.

Estas navidades recibí regalos y di otros, pero hace cerca de 50 años recibí el regalo de mi existencia que no pedí, precisamente porque no existía. Me fue dada gratuitamente por Dios y por mis padres, ahora me toca a mí ¡convertir esta existencia en don! Acogerla gratuitamente y por amor para hacer de ella realmente un don. 

[1] Martín Gelabert.  La Gracia: Gratis et amore. Salamanca: Editorial San Esteban, 2002, p. 11.
[2] Gelabert. La Gracia, p. 13.
[3] Gelabert. La Gracia, p. 15.

Gemma Manau
Matosinhos (Portugal)



Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En clave de 'Ser' - Tener el gusto de vivir




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.


12 de diciembre de 2017

Pliego nº 107


Del Desencanto al entusiasmo en la educación 2

Si como decíamos la educación se parece mucho a un camino. ¿Cuáles son la claves para hacerlo posible desde la esperanza, desde el entusiasmo y para desarrollarlo plenamente? Seguro que hay muchas más, pero para mí las que ahora desarrollaré son muy importantes. 

 

1.- La UTOPÍA. Porque la acción educativa se inscribe en un marco de esperanza.


Cada criatura y cada persona nos trae una nueva visión del mundo. Es, por tanto, una esperanza.


2.- La MEMORIA de lo que hemos construido nos permite saber de dónde venimos. Y sabemos también que todo lo que hemos vivido está recogido en el presente.


Debemos Intentar leer el pasado críticamente para diseñar el presente con más posibilidades de acierto e imaginándolo conjuntamente, así se da pleno sentido al presente. Sabemos que formamos parte de un entorno, de un espacio que humanizamos con nuestra presencia.



3.- La INCLUSIÓN. La escuela acoge todas las criaturas de una manera incondicional. La sociedad que educa tampoco debería discriminar a nadie bajo ningún concepto. Hay que vigilar, eso sí, que ninguna diferencia genere una desigualdad. Todo el mundo tiene un papel que desempeñar sintiéndose parte de un proyecto común. Debemos pensar las actividades para tratar de dar respuesta a las necesidades actuales y reales de las criaturas y de las personas.


4.- La DIVERSIDAD, una riqueza. Saber gestionarla y ponerla al servicio de todos y de cada uno es un reto. Hay que procurar que cada criatura, que cada persona se sienta acogida, escuchada y amada desde su singularidad y descubra su complementariedad con los demás.

Hay que aprender a respetar todas las personas y a acoger críticamente todas las culturas. Vivirlas de una manera enriquecedora y como una oportunidad para mejorar nuestra manera de ver y de estar en el mundo.


5.- La SINGULARIDAD. Cada criatura y cada persona es un rostro, una voz, una historia. Hay que reconocer su individualidad y dar espacio y tiempo para irla reconstruyendo y compartiendo.


La educación debe ser crítica. Hay que entender que educar significa poner límites, porque el hecho de que todo sea posible no significa que todo se pueda hacer.


6.- El DIÁLOGO es un instrumento imprescindible para construir nuestra humanidad común.

Tenemos que trabajar el hábito de conversar, dialogar, poner en común nuestros problemas para sabernos sujetos activos para su solución. Necesitamos mantener una actitud de búsqueda que trate de implicar a todo el mundo.


Sabemos que no todo puede ser dialogado, que hay conductas que no pueden ser admitidas en modo alguno, ni en ningún contexto ni en ninguna circunstancia.

Debemos tratar de educarnos para no humillar a nadie, para no hacer daño a nadie de una manera intencionada, para respetar la dignidad y la individualidad de todos.


7.- Los ERRORES. Los seres humanos nos equivocamos.


Tenemos que intentar vivir el error como una oportunidad, no como una losa que frene nuestro progreso, sino que lo estimule.



8.- El ESFUERZO. No hay progreso sin esfuerzo.

Debemos procurar dar sentido al esfuerzo que hacemos para mejorar el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y del mundo para transformarlo, para humanizarlo aún más.


9.- El CONFLICTO es inherente a la especie humana. Tenemos que conseguir que la existencia de conflictos no nos inmovilice. Lo que nos debe preocupar es no tener elementos para gestionarlos o soluciones comunes que nos ayuden a avanzar.


10.- El EQUILIBRIO. Somos cultura y somos naturaleza, corazón y cerebro, intelecto y emociones, singularidad y colectividad. Debemos tratar de no romper estas unidades.

Necesitamos discursos bien argumentados, opiniones clarificadoras, pero sobre todo necesitamos el pequeño gesto que nos humaniza.


Debemos procurar que toda pequeña acción tenga sentido y que nos haga sentir más cerca unos de otros.


11.- AMAR. No hay que avergonzarse de conjugar el verbo amar. Sabemos que la actitud elemental para educar es establecer lazos de afecto con las criaturas y las personas que nos rodean. Por ello es imprescindible saber las escuchar atentamente y saber entender qué nos piden con el máximo grado de exactitud.


La cordialidad en el trato debe presidir las relaciones sociales. La cordialidad y la simpatía ayudan a sabernos miembros de una comunidad que trabaja para alcanzar objetivos comunes.


12.- APRENDER. El conocimiento es importante. Tenemos que intentar que el aprender sea un elemento que se prolongue a lo largo de toda la vida y que los aspectos instructivos estén inscritos en un marco referencial de valores.


Los seres humanos somos una diversidad de lenguajes. Debemos intentar cultivarlos todos y hacer descubrir su singularidad y su complementariedad.


13.- ACOMPAÑAR. Sabemos que la vida es una serie de momentos buenos y malos. Debemos tratar de compartirlos todos y no pondremos trabas a reír o a llorar juntos cuando toque.


14.- Debemos perseguir la EXCELENCIA Y LA EQUIDAD.

Debemos procurar que cada criatura y cada persona desarrolle al máximo sus competencias o capacidades y que las ponga al servicio de los demás.


15.- La REFLEXIÓN. La evaluación forma parte del proceso de enseñanza-aprendizaje. Debemos favorecer que los niños y las niñas sean conscientes de qué manera aprenden y de qué deben hacer para mejorar el proceso que los lleva a hacerse suyo el mundo como primer paso para irlo transformando. De esta manera el proceso que comienza de niños no se detendrá durante el resto de la vida.


16.- PROYECTO. Las personas, las escuelas y las sociedades son siempre un proyecto, realidades inacabadas, frágiles, tiernas, que se va construyendo poco a poco con esfuerzo individual y colectivo. Todos estamos llamados a hacer nuestra aportación a un proyecto, educar y educarnos, que es de todos desde siempre y que si miramos su esencia mantiene todavía la ilusión el primer día.

Mercè Sáiz
Barcelona (España)


Atisbo



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser' - Adviento






En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.



12 de noviembre de 2017

Pliego nº 106



Del desencanto al entusiasmo en la educación 

Educación es sinónimo de crecer, mejorar, avanzar,... Entonces, ¿qué hace que no reine el entusiasmo? 

Quizás hace tiempo que nuestra sociedad ha desenfocado la mirada de la esencia de la educación (que somos las personas) a la periferia de la educación (estadísticas, aspectos formales,…)

En primer lugar deberíamos tener claro que todos educamos y todo educa. Cuando hacemos y cuando dejamos de hacer; los maestros, los padres y todos vosotros; la televisión y la calle.

Personalmente, mi entusiasmo nace y se sustenta a nivel profesional en haber podido compartir con excelentes profesionales y excelentes personas las inquietudes y el día a día. Intentaré resumir en qué se ancla este entusiasmo: 

Creo que la imagen que mejor representa la educación es la de un camino en el que todos nos encontramos avanzando. 



No es un caminar dejándose llevar, es un caminar reflexionado, imaginado, contrastado, experimentado, deseado…, aterrizado hasta convertirse en palabras, en conversación cercana, frágil y tierna, pero siempre esperanzada y optimista.

Es un camino en una época de trenes de alta velocidad y de tecnologías que subrayan un valor por encima de todos: la velocidad. Pués no, las personas nos educamos poco a poco, porque educar no entiende de prisas, como dar un beso o hacer una caricia. 

Así pues, pienso en un camino y no en una autopista, porque la autopista sólo tiene una justificación: el punto de llegada y la máxima velocidad. 

En cambio hacer camino permite esperar a la persona con la que convivimos, que se ha parado a abrocharse el zapato o que necesita un poco más de tiempo para aprender alguna cosa y yo, me paro y la ayudo. 

Hacer camino permite contemplar el paisaje, distraerse, maravillarse ante las maravillas del mundo e intentar impedir la aparición de nuevos horrores. 

Hacer camino potencia porque el terreno es irregular. El hecho de que ahora tengamos que colocar el pié de una manera y más delante de otra hace que nuestros sentidos estén siempre alerta, y nos hará descubrir que nos equivocamos, pero que podemos volver a intentarlo para seguir avanzando. 

Hacer camino nos despierta a estar abiertos a la sorpresa que nos puede estar esperando después de cada curva. 

 Hacer camino juntos nos prepara para aceptar que nunca llegaremos al final, pero que el esfuerzo del viaje tiene sentido, que cada paso tiene sentido y que el viaje vale la pena. 

Hacemos camino juntos para tener tiempo para amarnos, a nosotros mismos y a nuestros compañeros de viaje, y para amar el mundo. 

Y para encontrar una fuente o para llorar porque una zarza nos ha arañado una pierna. 

Y para poder contemplar las estrellas y desearlas una a una o para pararse un rato porque llueve demasiado intensamente y tenemos que procurar no constiparnos. Hacemos camino para reír y disfrutar juntos. 

Hacemos camino porque somos tan ingenuos que pensamos que aún, y siempre, vale la pena hacer cosas juntos. 

Hacemos camino porque somos tan sabios que sabemos que sin los demás, poca cosa somos y poca cosa llegaremos a ser. 

Y en el caso de los maestros y maestras, y de los padres y de las madres, tenemos la fortuna de hacer camino con una criatura de la mano, y mientras vamos caminando les vamos diciendo el mundo y se lo vamos mostrando. 

 Hacemos camino con cada niño y con cada niña. Y ellos nos miran y nos recuerdan que a pesar de todo aún y siempre hay esperanza. Ellos son la esperanza. 

Hacemos camino con cada joven, con cada adulto y con cada abuelo para enriquecernos y para educarnos en la experiencia de cada día. 

Y este camino lleno de esperanza tiene para mi unas claves que lo hacen posible en toda su plenitud: la utopía, la memoria, la inclusión, la diversidad, la singularidad, la comunidad, el diálogo, los errores, el esfuerzo, el conflicto, el equilibrio, el amor, el aprendizaje, el acompañamiento, la excelencia, la equidad, la reflexión, el proyecto,… 

Sería demasiado largo desarrollarlas todas, así que me comprometo a una segunda parte que espero sea de vuestro interés. 

Mercè Sáiz 
Barcelona(España)

Atisbo




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En Clave de 'Ser'




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12 de octubre de 2017

Pliego nº 105


Esperanza

Esperanza… ¡Cuántas veces sentimos esta palabra como hueca! 

¿Qué significa? ¿qué la mueve? ¿qué la despierta? ¿qué es en sí esa palabra y cómo podemos manejarla pues no la encontramos en nuestro vivir?. 

Antes que nada, hay que despertar la conciencia, hay que buscar en nosotros mismos qué es lo que para cada uno de nosotros significa, y en qué nos puede afectar. 

A la mayoría nos da miedo despertar con una responsabilidad. Es mejor seguir en la riada, no implicarnos en nada ya que es menos complicado. Nos parece que vivimos más tranquilos, que no sufrimos tanto si no profundizamos. Pero entonces se vive una vida instalada en el cansancio de hacer lo mismo día tras día, sin que al final de la jornada se encuentre utilidad. Porque se sigue un 'machote' de comportamiento, una manera de competir por todo y por nada, de llenarse de cosas superficiales, de no dar significado real a las cosas que nos rodean. 

Vivimos una vida muriendo, esperando que cada día se nos regale algo especial para que seamos felices, sin darnos cuenta que eso, “el regalo”, ya nos ha sido dado. ¡Es la vida misma!

No hemos aprendido a disfrutar lo que tenemos ni a observar lo que la vida nos da. Suena fácil decirlo. Podemos hacer un experimento. Pongámonos en silencio, cerremos los ojos y vaciemos nuestra mente de las preocupaciones diarias haciendo varias inspiraciones. Nos daremos cuenta de lo difícil que es vaciarnos de lo que llena nuestra mente, de las preocupaciones diarias.

 
Sin embargo, vale la pena intentarlo. Descubramos la luz en nuestro dolor, en la miseria o en la fortuna de nuestras vidas. 

La riqueza del ser humano está en su interior, pero nos asusta buscarlo porque creemos que no hay nada que valga la pena rescatar. Nos da temor lo que no podemos ver, pero más miedo nos da buscarlo, porque entonces lo encontramos. Cuando dudamos de lo que llevamos en nuestro interior, perdemos la fe en nosotros mismos y en nuestra persona, e iniciamos la búsqueda en el exterior que, la más de las veces, desemboca en una pérdida de sentido. 

Cuando confiamos en nosotros, en nuestro entorno, en nuestro mundo, en lo que podemos apoyarnos, en el objetivo en el cual hemos cimentado nuestra meta, no importan los obstáculos, son cosas necesarias para madurar. No tenemos porque ser perfectos, ni tenemos porque tener temor a equivocarnos, porque sabemos que podemos hacerlo, y podemos lograr mejorar nuestro mundo. 

La desesperanza es un dialogo desalentador que nos dice en cada momento que no podemos seguir adelante, que no somos capaces, que no somos hábiles, que no tenemos lo necesario para sobresalir. Y ello porque hacemos la evaluación desde el exterior, desde los valores que no nos son propios, que no nos pertenecen, que no se encuentran en nosotros. 

Es importante aprender a vivir con intensidad, caminar justificando cada paso que damos de manera consciente, no dejando pasar nuestros días. 

¿Cómo podemos iniciar este proceso? Primero: deseando y dándonos cuenta de que realmente queremos participar en nuestra vida, que deseamos abandonar nuestro vacío, y aprender a vivir el día a día. 

Segundo: descubriendo qué es lo que en este momento es importante para nosotros y qué podemos hacer para disfrutarlo, sin caer en el olvido de no hacerlo. Esto es apreciarlo, aún con los problemas que se nos presentan. No todos los días son iguales. Dejemos esos diálogos de “sólo lo malo me pasa a mí”, e iniciemos un nuevo dialogo, preguntándonos “¿qué tienes para mí, vida, que sea valioso?”. 

Vivamos mirando al piso y dejemos de soñar en las alturas. Dejemos que la realidad nos gratifique con lo que sí podemos hacer, con lo que sí hemos trabajado, y con lo que sí tenemos. Dejemos de soñar con lo que no tenemos, pues ello nos llena de sueños limitantes y vacíos. 

Tercero. No debemos de permitirnos vivir sin esperanzas, sin una meta que realizar, sin un camino que seguir, debemos valorar lo que tenemos con responsabilidad, darnos cuenta que depende de cada uno de nosotros y de nuestra actitud, de cómo vemos el camino. 

Y que si, yo puedo hacer por mi vida, como puedo cambiar a positivo lo que me ocurre a pesar de las perdidas y de los fracasos, estando en crisis, eso me llevara a hacer cambios y con ello madurar en mi camino. 

Busquemos hacer realidad lo que necesitamos para llenar nuestra vida de sentido. No existen fórmulas perfectas, aun cuando se significó con números. Cada persona tiene su tiempo y con ello su individualidad, y los significados son propios para cada persona. Aunque no por ello tenemos que dejar de buscarlos. 

Caminemos día a día, dándonos la oportunidad, esperando lo mas bello que la vida nos ofrece: la ESPERANZA. 

María Bertha Covarrubias Manrique
México

Atisbo




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12 de septiembre de 2017

Pliego nº 104


Soledad


La soledad es una experiencia que me ha tocado personalmente muy de cerca recientemente, dada la pérdida de mi esposo hace escasamente 3 meses.

Puedo decir que su enfermedad de demencia tipo frontotemporal me enfrentó a muchos cambios conductuales, entre ellos, pasé por miedos, por soledad, por angustias ante su pérdida.

La soledad no devino de su muerte, sino que se presentó en su pérdida de memoria paulatina, abandonando a la familia, abandonando a las personas que lo rodeaban.

En mí produjo un cambio muy fuerte. Yo siempre pensé que podía controlarlo, pues conocía la enfermedad, y a medida que evolucionaba en mi cabeza me decía: “sé cuál es el paso siguiente, por ello no debo de temer”.

Pero me enfrenté a todos mis temores, a mis noches interminables, a mis días sin consuelo, aferrada a mi Dios ausente, a mis dolores en silencio, a mi amargura por los cambios presentados, al abandono familiar por no querer verlo sufrir. 

Me sentía sola, al verlo a él perderse cada día mientras que físicamente se veía extraordinario, con paz, con tranquilidad. Y yo, en todo un marasmo de emociones. 

El desconocía a la persona que lo cuidaba, a pesar de ser su esposa. Es fácil decirlo, pero no tanto vivirlo, tener contacto con ello diariamente. Él reaccionaba con hostilidad porque no me reconocía, y eso me dañaba mucho. 

Intentaba no cuestionármelo, para no caer en la desesperanza, para no caer en la pérdida de sentido. Iba aceptando esos cambios. 

Pero, incluso contra mi voluntad, la cabeza me cuestionaba: “¿cómo es posible que se pueda perder tanto y no poder hacer nada para ayudarlo? 


 Cuando yo veía sus momentos de lucidez, en que me pedía que le ayudara a irse, yo bromeaba y le decía que iríamos a tal o cual sitio, sabiendo de antemano que no era eso lo que él solicitaba, sino que me pedía ayuda para dejar de sufrir, pues no quería irse solo. 

En estas situaciones me preguntaba si tenía sentido seguir luchando para sobrellevar una vida con tanto dolor. ¡Cuántas preguntas! ¡Cuántas pérdidas! 

¡Qué difícil es pasar la noche viendo debatir a las personas con sus fantasmas! Mi esposo se debatía con trenes. Lo atormentaban, le quitaban la paz, lo inquietaban, lo atropellaban… y yo, su compañera, sola y sin poder ayudarlo.

Y luego, en el día a día, hacer como si no pasara nada. A veces nos ofrecen un consejo, pero cae en el vacío, porque no lo percibimos. “Así es la enfermedad”, me decían. Lo sé, soy médico. 

Si de verdad me preguntaban qué sentía, y yo osaba manifestar sinceramente mi estado de ánimo, a menudo me respondían que estaba exagerando, que no podía ser tan difícil. Incluso llegaron a decirme que para mí, teniendo en cuenta mis conocimientos, no podía ser tan difícil, pues de antemano ya sabía las etapas por las que él iba a pasar. 


 La soledad en compañía es muy difícil. En esa compañía, con la que no podemos tocarnos como persona, porque la otra persona nos necesita y requiere que nos encontremos al 100% de nuestras capacidades. 

Llegamos a enfermar, porque creemos que no podemos guardar reposo, no hay quien quiera suplirnos. Dejamos de vivir, para estar con la persona enferma. ¡Y cuánto nos necesita! 

Pero llegar a comprender que sí se puede encontrar personas que nos suplan también es un camino difícil. 

¡Qué soledad sentí, y cuánto me dolió cuando mi marido tuvo que estar internado el psiquiátrico por agresividad! Me laceraba el alma, pero era necesario, allí podían controlarlo. Fueron 10 días sin verlo. Las noches fueron días, y los días un martirio ante las críticas de incomprensión, las quejas de “¡cómo pudiste! No entendían que la agresividad ponía en riesgo a mi familia y a mí misma. 

Regresa a casa dopado, y ahí el sentimiento de culpa golpea, y nos hace pensar: “¿esto es vida? ¿tengo derecho a decidir tenerlo como un vegetal? ¿tengo derecho a negarle una dignidad?”. Y entonces la soledad hace aún más mella. 

Evoluciona y su enfermedad hace que se complique todo. Y fallece... 

Soledad no es cuando él muere. La soledad fue cuando mi marido inició el proceso de esa enfermedad devastadora que cambió su persona, su familia, sus hijos, su nieto. 

Sí, ante su muerte existe soledad, pero también la tranquilidad de que ya no hay sufrimiento. Mi soledad diaria me hizo buscar un sentido a la vida de manera personal, buscando llenar mis vacíos de manera positiva y productiva. 

María Bertha Covarrubias Manrique 
México 


Atisbo




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