12 de noviembre de 2017

Pliego nº 106



Del desencanto al entusiasmo en la educación 

Educación es sinónimo de crecer, mejorar, avanzar,... Entonces, ¿qué hace que no reine el entusiasmo? 

Quizás hace tiempo que nuestra sociedad ha desenfocado la mirada de la esencia de la educación (que somos las personas) a la periferia de la educación (estadísticas, aspectos formales,…)

En primer lugar deberíamos tener claro que todos educamos y todo educa. Cuando hacemos y cuando dejamos de hacer; los maestros, los padres y todos vosotros; la televisión y la calle.

Personalmente, mi entusiasmo nace y se sustenta a nivel profesional en haber podido compartir con excelentes profesionales y excelentes personas las inquietudes y el día a día. Intentaré resumir en qué se ancla este entusiasmo: 

Creo que la imagen que mejor representa la educación es la de un camino en el que todos nos encontramos avanzando. 

No es un caminar dejándose llevar, es un caminar reflexionado, imaginado, contrastado, experimentado, deseado…, aterrizado hasta convertirse en palabras, en conversación cercana, frágil y tierna, pero siempre esperanzada y optimista.

Es un camino en una época de trenes de alta velocidad y de tecnologías que subrayan un valor por encima de todos: la velocidad. Pués no, las personas nos educamos poco a poco, porque educar no entiende de prisas, como dar un beso o hacer una caricia. 

Así pues, pienso en un camino y no en una autopista, porque la autopista sólo tiene una justificación: el punto de llegada y la máxima velocidad. 

En cambio hacer camino permite esperar a la persona con la que convivimos, que se ha parado a abrocharse el zapato o que necesita un poco más de tiempo para aprender alguna cosa y yo, me paro y la ayudo. 

Hacer camino permite contemplar el paisaje, distraerse, maravillarse ante las maravillas del mundo e intentar impedir la aparición de nuevos horrores. 

Hacer camino potencia porque el terreno es irregular. El hecho de que ahora tengamos que colocar el pié de una manera y más delante de otra hace que nuestros sentidos estén siempre alerta, y nos hará descubrir que nos equivocamos, pero que podemos volver a intentarlo para seguir avanzando. 

Hacer camino nos despierta a estar abiertos a la sorpresa que nos puede estar esperando después de cada curva. 

 Hacer camino juntos nos prepara para aceptar que nunca llegaremos al final, pero que el esfuerzo del viaje tiene sentido, que cada paso tiene sentido y que el viaje vale la pena. 

Hacemos camino juntos para tener tiempo para amarnos, a nosotros mismos y a nuestros compañeros de viaje, y para amar el mundo. 

Y para encontrar una fuente o para llorar porque una zarza nos ha arañado una pierna. 

Y para poder contemplar las estrellas y desearlas una a una o para pararse un rato porque llueve demasiado intensamente y tenemos que procurar no constiparnos. Hacemos camino para reír y disfrutar juntos. 

Hacemos camino porque somos tan ingenuos que pensamos que aún, y siempre, vale la pena hacer cosas juntos. 

Hacemos camino porque somos tan sabios que sabemos que sin los demás, poca cosa somos y poca cosa llegaremos a ser. 

Y en el caso de los maestros y maestras, y de los padres y de las madres, tenemos la fortuna de hacer camino con una criatura de la mano, y mientras vamos caminando les vamos diciendo el mundo y se lo vamos mostrando. 

 Hacemos camino con cada niño y con cada niña. Y ellos nos miran y nos recuerdan que a pesar de todo aún y siempre hay esperanza. Ellos son la esperanza. 

Hacemos camino con cada joven, con cada adulto y con cada abuelo para enriquecernos y para educarnos en la experiencia de cada día. 

Y este camino lleno de esperanza tiene para mi unas claves que lo hacen posible en toda su plenitud: la utopía, la memoria, la inclusión, la diversidad, la singularidad, la comunidad, el diálogo, los errores, el esfuerzo, el conflicto, el equilibrio, el amor, el aprendizaje, el acompañamiento, la excelencia, la equidad, la reflexión, el proyecto,… 

Sería demasiado largo desarrollarlas todas, así que me comprometo a una segunda parte que espero sea de vuestro interés. 

Mercè Sáiz 
Barcelona(España)

Atisbo



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser'




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.



12 de octubre de 2017

Pliego nº 105


Esperanza

Esperanza… ¡Cuántas veces sentimos esta palabra como hueca! 

¿Qué significa? ¿qué la mueve? ¿qué la despierta? ¿qué es en sí esa palabra y cómo podemos manejarla pues no la encontramos en nuestro vivir?. 

Antes que nada, hay que despertar la conciencia, hay que buscar en nosotros mismos qué es lo que para cada uno de nosotros significa, y en qué nos puede afectar. 

A la mayoría nos da miedo despertar con una responsabilidad. Es mejor seguir en la riada, no implicarnos en nada ya que es menos complicado. Nos parece que vivimos más tranquilos, que no sufrimos tanto si no profundizamos. Pero entonces se vive una vida instalada en el cansancio de hacer lo mismo día tras día, sin que al final de la jornada se encuentre utilidad. Porque se sigue un 'machote' de comportamiento, una manera de competir por todo y por nada, de llenarse de cosas superficiales, de no dar significado real a las cosas que nos rodean. 

Vivimos una vida muriendo, esperando que cada día se nos regale algo especial para que seamos felices, sin darnos cuenta que eso, “el regalo”, ya nos ha sido dado. ¡Es la vida misma!

No hemos aprendido a disfrutar lo que tenemos ni a observar lo que la vida nos da. Suena fácil decirlo. Podemos hacer un experimento. Pongámonos en silencio, cerremos los ojos y vaciemos nuestra mente de las preocupaciones diarias haciendo varias inspiraciones. Nos daremos cuenta de lo difícil que es vaciarnos de lo que llena nuestra mente, de las preocupaciones diarias.

 
Sin embargo, vale la pena intentarlo. Descubramos la luz en nuestro dolor, en la miseria o en la fortuna de nuestras vidas. 

La riqueza del ser humano está en su interior, pero nos asusta buscarlo porque creemos que no hay nada que valga la pena rescatar. Nos da temor lo que no podemos ver, pero más miedo nos da buscarlo, porque entonces lo encontramos. Cuando dudamos de lo que llevamos en nuestro interior, perdemos la fe en nosotros mismos y en nuestra persona, e iniciamos la búsqueda en el exterior que, la más de las veces, desemboca en una pérdida de sentido. 

Cuando confiamos en nosotros, en nuestro entorno, en nuestro mundo, en lo que podemos apoyarnos, en el objetivo en el cual hemos cimentado nuestra meta, no importan los obstáculos, son cosas necesarias para madurar. No tenemos porque ser perfectos, ni tenemos porque tener temor a equivocarnos, porque sabemos que podemos hacerlo, y podemos lograr mejorar nuestro mundo. 

La desesperanza es un dialogo desalentador que nos dice en cada momento que no podemos seguir adelante, que no somos capaces, que no somos hábiles, que no tenemos lo necesario para sobresalir. Y ello porque hacemos la evaluación desde el exterior, desde los valores que no nos son propios, que no nos pertenecen, que no se encuentran en nosotros. 

Es importante aprender a vivir con intensidad, caminar justificando cada paso que damos de manera consciente, no dejando pasar nuestros días. 

¿Cómo podemos iniciar este proceso? Primero: deseando y dándonos cuenta de que realmente queremos participar en nuestra vida, que deseamos abandonar nuestro vacío, y aprender a vivir el día a día. 

Segundo: descubriendo qué es lo que en este momento es importante para nosotros y qué podemos hacer para disfrutarlo, sin caer en el olvido de no hacerlo. Esto es apreciarlo, aún con los problemas que se nos presentan. No todos los días son iguales. Dejemos esos diálogos de “sólo lo malo me pasa a mí”, e iniciemos un nuevo dialogo, preguntándonos “¿qué tienes para mí, vida, que sea valioso?”. 

Vivamos mirando al piso y dejemos de soñar en las alturas. Dejemos que la realidad nos gratifique con lo que sí podemos hacer, con lo que sí hemos trabajado, y con lo que sí tenemos. Dejemos de soñar con lo que no tenemos, pues ello nos llena de sueños limitantes y vacíos. 

Tercero. No debemos de permitirnos vivir sin esperanzas, sin una meta que realizar, sin un camino que seguir, debemos valorar lo que tenemos con responsabilidad, darnos cuenta que depende de cada uno de nosotros y de nuestra actitud, de cómo vemos el camino. 

Y que si, yo puedo hacer por mi vida, como puedo cambiar a positivo lo que me ocurre a pesar de las perdidas y de los fracasos, estando en crisis, eso me llevara a hacer cambios y con ello madurar en mi camino. 

Busquemos hacer realidad lo que necesitamos para llenar nuestra vida de sentido. No existen fórmulas perfectas, aun cuando se significó con números. Cada persona tiene su tiempo y con ello su individualidad, y los significados son propios para cada persona. Aunque no por ello tenemos que dejar de buscarlos. 

Caminemos día a día, dándonos la oportunidad, esperando lo mas bello que la vida nos ofrece: la ESPERANZA. 

María Bertha Covarrubias Manrique
México

Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser'




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 



12 de septiembre de 2017

Pliego nº 104


Soledad


La soledad es una experiencia que me ha tocado personalmente muy de cerca recientemente, dada la pérdida de mi esposo hace escasamente 3 meses.

Puedo decir que su enfermedad de demencia tipo frontotemporal me enfrentó a muchos cambios conductuales, entre ellos, pasé por miedos, por soledad, por angustias ante su pérdida.

La soledad no devino de su muerte, sino que se presentó en su pérdida de memoria paulatina, abandonando a la familia, abandonando a las personas que lo rodeaban.

En mí produjo un cambio muy fuerte. Yo siempre pensé que podía controlarlo, pues conocía la enfermedad, y a medida que evolucionaba en mi cabeza me decía: “sé cuál es el paso siguiente, por ello no debo de temer”.

Pero me enfrenté a todos mis temores, a mis noches interminables, a mis días sin consuelo, aferrada a mi Dios ausente, a mis dolores en silencio, a mi amargura por los cambios presentados, al abandono familiar por no querer verlo sufrir. 

Me sentía sola, al verlo a él perderse cada día mientras que físicamente se veía extraordinario, con paz, con tranquilidad. Y yo, en todo un marasmo de emociones. 

El desconocía a la persona que lo cuidaba, a pesar de ser su esposa. Es fácil decirlo, pero no tanto vivirlo, tener contacto con ello diariamente. Él reaccionaba con hostilidad porque no me reconocía, y eso me dañaba mucho. 

Intentaba no cuestionármelo, para no caer en la desesperanza, para no caer en la pérdida de sentido. Iba aceptando esos cambios. 

Pero, incluso contra mi voluntad, la cabeza me cuestionaba: “¿cómo es posible que se pueda perder tanto y no poder hacer nada para ayudarlo? 


 Cuando yo veía sus momentos de lucidez, en que me pedía que le ayudara a irse, yo bromeaba y le decía que iríamos a tal o cual sitio, sabiendo de antemano que no era eso lo que él solicitaba, sino que me pedía ayuda para dejar de sufrir, pues no quería irse solo. 

En estas situaciones me preguntaba si tenía sentido seguir luchando para sobrellevar una vida con tanto dolor. ¡Cuántas preguntas! ¡Cuántas pérdidas! 

¡Qué difícil es pasar la noche viendo debatir a las personas con sus fantasmas! Mi esposo se debatía con trenes. Lo atormentaban, le quitaban la paz, lo inquietaban, lo atropellaban… y yo, su compañera, sola y sin poder ayudarlo.

Y luego, en el día a día, hacer como si no pasara nada. A veces nos ofrecen un consejo, pero cae en el vacío, porque no lo percibimos. “Así es la enfermedad”, me decían. Lo sé, soy médico. 

Si de verdad me preguntaban qué sentía, y yo osaba manifestar sinceramente mi estado de ánimo, a menudo me respondían que estaba exagerando, que no podía ser tan difícil. Incluso llegaron a decirme que para mí, teniendo en cuenta mis conocimientos, no podía ser tan difícil, pues de antemano ya sabía las etapas por las que él iba a pasar. 


 La soledad en compañía es muy difícil. En esa compañía, con la que no podemos tocarnos como persona, porque la otra persona nos necesita y requiere que nos encontremos al 100% de nuestras capacidades. 

Llegamos a enfermar, porque creemos que no podemos guardar reposo, no hay quien quiera suplirnos. Dejamos de vivir, para estar con la persona enferma. ¡Y cuánto nos necesita! 

Pero llegar a comprender que sí se puede encontrar personas que nos suplan también es un camino difícil. 

¡Qué soledad sentí, y cuánto me dolió cuando mi marido tuvo que estar internado el psiquiátrico por agresividad! Me laceraba el alma, pero era necesario, allí podían controlarlo. Fueron 10 días sin verlo. Las noches fueron días, y los días un martirio ante las críticas de incomprensión, las quejas de “¡cómo pudiste! No entendían que la agresividad ponía en riesgo a mi familia y a mí misma. 

Regresa a casa dopado, y ahí el sentimiento de culpa golpea, y nos hace pensar: “¿esto es vida? ¿tengo derecho a decidir tenerlo como un vegetal? ¿tengo derecho a negarle una dignidad?”. Y entonces la soledad hace aún más mella. 

Evoluciona y su enfermedad hace que se complique todo. Y fallece... 

Soledad no es cuando él muere. La soledad fue cuando mi marido inició el proceso de esa enfermedad devastadora que cambió su persona, su familia, sus hijos, su nieto. 

Sí, ante su muerte existe soledad, pero también la tranquilidad de que ya no hay sufrimiento. Mi soledad diaria me hizo buscar un sentido a la vida de manera personal, buscando llenar mis vacíos de manera positiva y productiva. 

María Bertha Covarrubias Manrique 
México 


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

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En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

12 de agosto de 2017

Pliego nº 103


Hospitalidad: puerta a la esperanza 


Hace unos días con unas compañeras de trabajo hablábamos de las diferentes personas que hay acogidas en uno de los proyectos de la fundación, de una forma informal nos preguntábamos qué debe ser lo que le puede haber faltado a una persona para sentirse tan vulnerable, hasta el extremo de no reconocerse en su ser, la respuesta fue unánime, cariño, sí amor, sentirse importante para alguien. 

Por otro lado, hay que pensar en las razones que hacen que unas personas vivan experiencias que las llevan a situaciones de extrema vulnerabilidad y otras que ni tan sólo podrían llegar a imaginarlas. Recuerdo un texto que nos leían en la Universidad sobre dos amigos que se reencuentran al cabo de los años, comentan que uno ha sido un importante hombre de negocios, con familia, hijos,… se le ve contento, el otro vive en la calle, sin nadie, cuando le preguntan al primero de que se conocen responde con alegría “jugábamos al futbol en el barrio, yo en el club y él en la calle, coincidíamos en los parques”. Podemos pensar que este es sólo uno de los factores, seguramente es así, pero esto nos lleva a pensar en que podemos hacer para posibilitar una sociedad con menos diferencias, en la que todas las personas tengamos las misma oportunidad de ser plenamente. 

Al hablar de esta oportunidad que todos tenemos desde el momento en que se nos da la vida, y que en muchas ocasiones es en el propio transcurrir que vamos perdiendo fuerza, me viene a la mente el texto del Evangelio de Mateo, 25 en que se nos dan ciertas claves concretas sobre cómo debemos tratarnos unos a otros, el texto nos dice “cada vez que hiciste algo así a un hermano me lo hacías a mí”; cada ser humano merece ser tratado de la mejor forma posible por el solo hecho de existir. 

Si Jesús pasó haciendo el bien, como cristianos hemos de pasar haciendo el bien, donde mejor podamos hacerlo, esto es importante aclararlo porque debemos ser conscientes de los talentos, los dones… que cada persona tiene con los que ha de trabajar ofreciéndolos en favor del bien común. 

En otro pasaje del evangelio encontramos una nueva clave para ilustrar la importancia de la hospitalidad como anclaje de la esperanza, es el del buen samaritano, sí, aquel en que un hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó y es atacado, al pedir ayuda no la recibe del levita, ni del sacerdote, ni seguramente de otros muchos que hubieran pasado, pero de repente aparece en el camino un samaritano, sí, un hombre que le ve, ser acerca, se deja conmover y se implica en lo que le ha sucedido, de forma que atiende la primera urgencia, le sana, le consuela… con vino y aceite, le llevó en su propia cabalgadura y le cuidó, cuando va a reemprender el camino, lo deja al cuidado de un posadero, de forma que también encara la realidad de la forma correcta. 



¿Qué es la hospitalidad? Acoger, tratar bien, con amabilidad al prójimo, en especial a aquel que llega, pero la hospitalidad conlleva un matiz que no siempre tenemos en cuenta, la hospitalidad tiene más que ver con una apertura de cada uno de nosotros ante el que llega, que con un hecho material, hacer un hueco en mí para ti, ser capaz de vivir y transmitir que “nada humano me es ajeno” como expresa Juan Carlos Bermejo. 

Ofrecer un entorno de confianza, un espacio en el que sea posible crear el vínculo que posibilitará ser uno mismo, dando la oportunidad a expresarse en libertad y a que como fruto de ese encuentro se modifiquen de forma positiva ambas identidades. Ser hospitalario es reconocer y hacer vida que es el corazón el que acoge. 

Si bien es cierto que en muchas ocasiones la persona lo primero que requiere es ver sanadas sus heridas “con vino y aceite” como hace el samaritano, sentirse acogido desde la ternura y la individualización, la dedicación, estableciendo vínculos que posibilitan la confianza mutua que más adelante darán lugar a una autonomía mucho más plena. Si pensamos que la esperanza es algo que nos hace ver el mundo como lo querríamos aquí y ahora, entonces se convierte en el motor que nos hace trabajar para conseguir una nueva fuente de energía que nos llevará a vivir de otra forma. Como dice Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi “quien tiene esperanza vive de otra forma, se le ha dado una vida nueva” y añade, “que la esperanza se basa en el amor de Dios Y se demuestra en el amor a los hermanos” (1)*

Entonces, si tener esperanza nos hace vivir de otra manera, conscientes de lo recibido, los cristianos deberíamos vivir de forma que demos esperanza a nuestro entorno, posibilitando un mundo mejor aquí y ahora, pero además porque la persona que vive en esperanza, de alguna forma vive creando espacios y relaciones de confianza entre los hermanos que son las que posibilitan una vida nueva. 

Así como los cristianos basamos nuestra esperanza en el Dios Amor, en la seguridad de que Dios cumplirá sus promesas, en sentirnos plenamente amados por Dios, hemos de ser conscientes de que para transmitir esta esperanza hemos de amar al hermano. 

Es el amor, el hecho de sentirme amado, lo que posibilita que tengamos esperanza en que nuestra vida puede ser aquello que hemos soñado, que es posible el cambio profundo que necesitamos para alcanzar la plenitud como persona. Por tanto, es desde la hospitalidad entendida como hacer un lugar al otro en el corazón, que nos ofrece la esperanza de encender un fuego sobre la tierra. “Así brillaban ellos en el mundo como antorchas (ver Filipenses 2, 15). Desde los inicios, la esperanza cristiana ha encendido un fuego sobre la tierra”. (2)*

(1) http://www.revistaecclesia.com/content/view/1665/113/ 
(2) Carta de Taizé: 2003/3 


Esther Borrego
Barcelona (España)


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser'





En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.


12 de julio de 2017

Pliego nº 102



Rescatémonos los unos a los otros, para volver allí donde todo comenzó 


Estamos inmersos en una sociedad desvinculada, individualizada y personalista, donde impera el más fuerte, por sobre el ser, por sobre el vínculo personal, por sobre la comunidad, la solidaridad y el acompañamiento. Es pues, válido preguntarnos si es posible hoy, convivir juntos y acompañarnos en el camino.

Hoy más que nunca vemos cabezas gachas, hipnotizadas, seducidas por la pantalla del celular (móvil) que mantiene un frágil vínculo y da la sensación de estar conectados con múltiples personas, pero virtuales, intocables, que aseguran la desvinculación y despersonalización, a la vez que confirman la inmensa soledad que viven, pero que son incapaces de conectarse con otro ser real. 

El miedo que representa este otro, mi próximo, mi hermano, se confronta con el temor a la soledad: mientras se aleja de la posibilidad de vincularse cotidianamente, de dejarse penetrar por otro, al visualizarlo como limitante, también se huye del miedo a permanecer sólo. Esta experiencia dual afecta al trato de pareja, la relación de los padres con los hijos y viceversa, del creyente con la comunidad y del sujeto con la sociedad. 

El miedo que paraliza, que va robando la alegría de vivir y de convivir. Se instala la desconfianza y la sospecha como primer signo ante cualquier trato humano. Algo ha muerto y necesita ser rescatado y resucitar para dar vida nueva. 


Imposible no asociar a cómo estaban los apóstoles después de la muerte de Jesús: asustados, sin consuelo, paralizados y bajo esas circunstancias, y presumo, para sorpresa de muchos, María Magdalena junto a otras mujeres parten, hacia el sepulcro y contra toda lógica comienza su apostolado, convirtiéndose, María Magdalena, en una verdadera apóstola de los apóstoles. Repasemos su andadura de su mano, para visualizar sus pasos. 

Primer ella no va sola, va con otras mujeres. Temen al tener claridad sobre las dificultades que enfrentarán. Por ejemplo, no saben cómo moverán esa tremenda piedra, (Mc. 16) pero esta realidad supuesta no las desanima. Quieren honrar, perfumar, ungir el cuerpo de Jesús. Como un gesto de agradecimiento por su existencia por todo lo que Jesús significo en sus vidas, porque los transformo de esclavos a hombres y mujeres libres, y en medio de toda desesperanza ellas van, entonces podríamos inspirarnos en María Magdalena e iniciar este tiempo litúrgico bombardeado, literalmente, por la dura realidad que vivimos para despegar la vista de la pantalla, cualquiera que sea, y rescatarnos los unos a los otros. Esto podría ser más o menos así: 

Primero, partir y honrar: Partir incluso si no sabemos quién podrá mover la piedra del sepulcro de nuestra vida. Partir con esperanza, ante toda dificultad, para honrar la vida, por sobre una cultura de muerte, y ante toda lógica actual honrar la existencia con todos los signos de muerte personales, familiares, comunitarios. Aceptar completamente la existencia y todo aquello que ha posibilitado esta, sea bueno o no tanto. 

Segundo, no temer: En el camino se encuentran con un Ángel poderoso que les dice “no teman” (Mt. 28, 5). Cuántas personas amigas, hermanos de camino, familiares, que hacen hoy de ángeles poderosos que nos ayudan con sus palabras y nos alientan a seguir, cuántas presencias sutiles, delicadas, que a veces por el ruido de la tristeza interior, de la rabia, de las insatisfacciones e impotencias, no se ven ni se valoran. Pero están, para mayor asombro, y en el recogimiento de nuestra oración podemos ver y agradecer a Dios por ellas en nuestras vidas. No estamos solos. 

Tercero, no temer nuevamente: Ante el asombro de encontrar el sepulcro vacío, no volver a temer, es decir, ante el misterio de lo desconocido, del vacío que se puede sentir, al no entender nada, a pensar que se han robado la esperanza; no temer y compartir con quienes son nuestros compañeros de viaje, familia, amigos, comunidad, el asombro ante el vacío, y allí en medio de esa comunidad asombrada, expectante Jesús, hablará como le habló a María Magdalena y a sus amigas: “No temáis, id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mt 28, 10)

Cuarto, comunicar: El significado de comunicar es dar cuenta a otro del contenido que tengo. Por eso cabe la pregunta, cuáles son mis contenidos que quiero expresarle a otro. Cuánta falta de comunicación existe hoy, soledad, tristeza y violencia en el trato cotidiano. Una sociedad saturada de información, pero vacía de contenido, de sentido, de buen trato, de palabras significativas, gratificantes, pareciera ser más fácil comunicar todo lo malo del otro que acompañarle en su vida para que desarrolle todo su potencial, corrigiendo fraternalmente, devolviéndole su dignidad humana y resignificando su relación con la trascendencia. Comunicarles que vayan allí donde todo comenzó, a pesar del miedo y la desesperanza, vayan a Galilea. 

Y por último, un quinto paso: rescatar la alegría y saber acompañar, a pesar de que el otro sea causa de mi dolor, como decía San Francisco de Asís, (Test, 14), Aunque esta novedad no sea creída (Lucas 24, 11) o en el camino se transforme en mi enemigo. Estar con todas las limitaciones, pero estar para el otro, para mi próximo, para mi hermano. Ayudarle a encontrar la paz, esperanza y la alegría. 

María Magdalena nos ayuda, tal como lo hizo con los apóstoles, a ir allí donde fuimos reparados, donde fuimos llamados por Jesús, resucitados ya con el bautismo, y donde los apóstoles dejaron todo y lo siguieron ( Mt.4, 18-22). Nos ayuda a partir aunque con temor, a comunicar esperanza y alegría a volver al lugar donde hemos sido tan felices, rescatémonos los unos a los otros. 

Es sin duda, la figura de María Magdalena, una apostola que nos ilumina el camino para acompañarnos en la vida cotidiana y dificultosa. "Dejarse amar para amar, amar para experimentarse amado". Dice el sacerdote argentino Carlos Avellaneda en su libro: "Libres para amar. Los vínculos en la era de la individualización" (Buenos Aires 2013) Y continúa diciendo así: "creyendo a una comunidad y creyendo en Dios, podremos volver a creer en nosotros mismos y así comprometernos en entregas más libres y generosas". Ser hoy apóstoles de los apóstoles, rescatar la fraternidad, la hermandad. Levantemos la mirada para conectarnos de verdad, con palabras del papa Francisco en la Evangelii gaudium: "no nos dejemos robar la comunidad" (EG 97). 

Claudia Tzanis Eissler 
 Santiago de Chile

Atisbo




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