12 de septiembre de 2017

Pliego nº 104


Soledad


La soledad es una experiencia que me ha tocado personalmente muy de cerca recientemente, dada la pérdida de mi esposo hace escasamente 3 meses.

Puedo decir que su enfermedad de demencia tipo frontotemporal me enfrentó a muchos cambios conductuales, entre ellos, pasé por miedos, por soledad, por angustias ante su pérdida.

La soledad no devino de su muerte, sino que se presentó en su pérdida de memoria paulatina, abandonando a la familia, abandonando a las personas que lo rodeaban.

En mí produjo un cambio muy fuerte. Yo siempre pensé que podía controlarlo, pues conocía la enfermedad, y a medida que evolucionaba en mi cabeza me decía: “sé cuál es el paso siguiente, por ello no debo de temer”.

Pero me enfrenté a todos mis temores, a mis noches interminables, a mis días sin consuelo, aferrada a mi Dios ausente, a mis dolores en silencio, a mi amargura por los cambios presentados, al abandono familiar por no querer verlo sufrir. 

Me sentía sola, al verlo a él perderse cada día mientras que físicamente se veía extraordinario, con paz, con tranquilidad. Y yo, en todo un marasmo de emociones. 

El desconocía a la persona que lo cuidaba, a pesar de ser su esposa. Es fácil decirlo, pero no tanto vivirlo, tener contacto con ello diariamente. Él reaccionaba con hostilidad porque no me reconocía, y eso me dañaba mucho. 

Intentaba no cuestionármelo, para no caer en la desesperanza, para no caer en la pérdida de sentido. Iba aceptando esos cambios. 

Pero, incluso contra mi voluntad, la cabeza me cuestionaba: “¿cómo es posible que se pueda perder tanto y no poder hacer nada para ayudarlo? 


 Cuando yo veía sus momentos de lucidez, en que me pedía que le ayudara a irse, yo bromeaba y le decía que iríamos a tal o cual sitio, sabiendo de antemano que no era eso lo que él solicitaba, sino que me pedía ayuda para dejar de sufrir, pues no quería irse solo. 

En estas situaciones me preguntaba si tenía sentido seguir luchando para sobrellevar una vida con tanto dolor. ¡Cuántas preguntas! ¡Cuántas pérdidas! 

¡Qué difícil es pasar la noche viendo debatir a las personas con sus fantasmas! Mi esposo se debatía con trenes. Lo atormentaban, le quitaban la paz, lo inquietaban, lo atropellaban… y yo, su compañera, sola y sin poder ayudarlo.

Y luego, en el día a día, hacer como si no pasara nada. A veces nos ofrecen un consejo, pero cae en el vacío, porque no lo percibimos. “Así es la enfermedad”, me decían. Lo sé, soy médico. 

Si de verdad me preguntaban qué sentía, y yo osaba manifestar sinceramente mi estado de ánimo, a menudo me respondían que estaba exagerando, que no podía ser tan difícil. Incluso llegaron a decirme que para mí, teniendo en cuenta mis conocimientos, no podía ser tan difícil, pues de antemano ya sabía las etapas por las que él iba a pasar. 


 La soledad en compañía es muy difícil. En esa compañía, con la que no podemos tocarnos como persona, porque la otra persona nos necesita y requiere que nos encontremos al 100% de nuestras capacidades. 

Llegamos a enfermar, porque creemos que no podemos guardar reposo, no hay quien quiera suplirnos. Dejamos de vivir, para estar con la persona enferma. ¡Y cuánto nos necesita! 

Pero llegar a comprender que sí se puede encontrar personas que nos suplan también es un camino difícil. 

¡Qué soledad sentí, y cuánto me dolió cuando mi marido tuvo que estar internado el psiquiátrico por agresividad! Me laceraba el alma, pero era necesario, allí podían controlarlo. Fueron 10 días sin verlo. Las noches fueron días, y los días un martirio ante las críticas de incomprensión, las quejas de “¡cómo pudiste! No entendían que la agresividad ponía en riesgo a mi familia y a mí misma. 

Regresa a casa dopado, y ahí el sentimiento de culpa golpea, y nos hace pensar: “¿esto es vida? ¿tengo derecho a decidir tenerlo como un vegetal? ¿tengo derecho a negarle una dignidad?”. Y entonces la soledad hace aún más mella. 

Evoluciona y su enfermedad hace que se complique todo. Y fallece... 

Soledad no es cuando él muere. La soledad fue cuando mi marido inició el proceso de esa enfermedad devastadora que cambió su persona, su familia, sus hijos, su nieto. 

Sí, ante su muerte existe soledad, pero también la tranquilidad de que ya no hay sufrimiento. Mi soledad diaria me hizo buscar un sentido a la vida de manera personal, buscando llenar mis vacíos de manera positiva y productiva. 

María Bertha Covarrubias Manrique 
México 


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser'




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

12 de agosto de 2017

Pliego nº 103


Hospitalidad: puerta a la esperanza 


Hace unos días con unas compañeras de trabajo hablábamos de las diferentes personas que hay acogidas en uno de los proyectos de la fundación, de una forma informal nos preguntábamos qué debe ser lo que le puede haber faltado a una persona para sentirse tan vulnerable, hasta el extremo de no reconocerse en su ser, la respuesta fue unánime, cariño, sí amor, sentirse importante para alguien. 

Por otro lado, hay que pensar en las razones que hacen que unas personas vivan experiencias que las llevan a situaciones de extrema vulnerabilidad y otras que ni tan sólo podrían llegar a imaginarlas. Recuerdo un texto que nos leían en la Universidad sobre dos amigos que se reencuentran al cabo de los años, comentan que uno ha sido un importante hombre de negocios, con familia, hijos,… se le ve contento, el otro vive en la calle, sin nadie, cuando le preguntan al primero de que se conocen responde con alegría “jugábamos al futbol en el barrio, yo en el club y él en la calle, coincidíamos en los parques”. Podemos pensar que este es sólo uno de los factores, seguramente es así, pero esto nos lleva a pensar en que podemos hacer para posibilitar una sociedad con menos diferencias, en la que todas las personas tengamos las misma oportunidad de ser plenamente. 

Al hablar de esta oportunidad que todos tenemos desde el momento en que se nos da la vida, y que en muchas ocasiones es en el propio transcurrir que vamos perdiendo fuerza, me viene a la mente el texto del Evangelio de Mateo, 25 en que se nos dan ciertas claves concretas sobre cómo debemos tratarnos unos a otros, el texto nos dice “cada vez que hiciste algo así a un hermano me lo hacías a mí”; cada ser humano merece ser tratado de la mejor forma posible por el solo hecho de existir. 

Si Jesús pasó haciendo el bien, como cristianos hemos de pasar haciendo el bien, donde mejor podamos hacerlo, esto es importante aclararlo porque debemos ser conscientes de los talentos, los dones… que cada persona tiene con los que ha de trabajar ofreciéndolos en favor del bien común. 

En otro pasaje del evangelio encontramos una nueva clave para ilustrar la importancia de la hospitalidad como anclaje de la esperanza, es el del buen samaritano, sí, aquel en que un hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó y es atacado, al pedir ayuda no la recibe del levita, ni del sacerdote, ni seguramente de otros muchos que hubieran pasado, pero de repente aparece en el camino un samaritano, sí, un hombre que le ve, ser acerca, se deja conmover y se implica en lo que le ha sucedido, de forma que atiende la primera urgencia, le sana, le consuela… con vino y aceite, le llevó en su propia cabalgadura y le cuidó, cuando va a reemprender el camino, lo deja al cuidado de un posadero, de forma que también encara la realidad de la forma correcta. 



¿Qué es la hospitalidad? Acoger, tratar bien, con amabilidad al prójimo, en especial a aquel que llega, pero la hospitalidad conlleva un matiz que no siempre tenemos en cuenta, la hospitalidad tiene más que ver con una apertura de cada uno de nosotros ante el que llega, que con un hecho material, hacer un hueco en mí para ti, ser capaz de vivir y transmitir que “nada humano me es ajeno” como expresa Juan Carlos Bermejo. 

Ofrecer un entorno de confianza, un espacio en el que sea posible crear el vínculo que posibilitará ser uno mismo, dando la oportunidad a expresarse en libertad y a que como fruto de ese encuentro se modifiquen de forma positiva ambas identidades. Ser hospitalario es reconocer y hacer vida que es el corazón el que acoge. 

Si bien es cierto que en muchas ocasiones la persona lo primero que requiere es ver sanadas sus heridas “con vino y aceite” como hace el samaritano, sentirse acogido desde la ternura y la individualización, la dedicación, estableciendo vínculos que posibilitan la confianza mutua que más adelante darán lugar a una autonomía mucho más plena. Si pensamos que la esperanza es algo que nos hace ver el mundo como lo querríamos aquí y ahora, entonces se convierte en el motor que nos hace trabajar para conseguir una nueva fuente de energía que nos llevará a vivir de otra forma. Como dice Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi “quien tiene esperanza vive de otra forma, se le ha dado una vida nueva” y añade, “que la esperanza se basa en el amor de Dios Y se demuestra en el amor a los hermanos” (1)*

Entonces, si tener esperanza nos hace vivir de otra manera, conscientes de lo recibido, los cristianos deberíamos vivir de forma que demos esperanza a nuestro entorno, posibilitando un mundo mejor aquí y ahora, pero además porque la persona que vive en esperanza, de alguna forma vive creando espacios y relaciones de confianza entre los hermanos que son las que posibilitan una vida nueva. 

Así como los cristianos basamos nuestra esperanza en el Dios Amor, en la seguridad de que Dios cumplirá sus promesas, en sentirnos plenamente amados por Dios, hemos de ser conscientes de que para transmitir esta esperanza hemos de amar al hermano. 

Es el amor, el hecho de sentirme amado, lo que posibilita que tengamos esperanza en que nuestra vida puede ser aquello que hemos soñado, que es posible el cambio profundo que necesitamos para alcanzar la plenitud como persona. Por tanto, es desde la hospitalidad entendida como hacer un lugar al otro en el corazón, que nos ofrece la esperanza de encender un fuego sobre la tierra. “Así brillaban ellos en el mundo como antorchas (ver Filipenses 2, 15). Desde los inicios, la esperanza cristiana ha encendido un fuego sobre la tierra”. (2)*

(1) http://www.revistaecclesia.com/content/view/1665/113/ 
(2) Carta de Taizé: 2003/3 


Esther Borrego
Barcelona (España)


Atisbo




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12 de julio de 2017

Pliego nº 102



Rescatémonos los unos a los otros, para volver allí donde todo comenzó 


Estamos inmersos en una sociedad desvinculada, individualizada y personalista, donde impera el más fuerte, por sobre el ser, por sobre el vínculo personal, por sobre la comunidad, la solidaridad y el acompañamiento. Es pues, válido preguntarnos si es posible hoy, convivir juntos y acompañarnos en el camino.

Hoy más que nunca vemos cabezas gachas, hipnotizadas, seducidas por la pantalla del celular (móvil) que mantiene un frágil vínculo y da la sensación de estar conectados con múltiples personas, pero virtuales, intocables, que aseguran la desvinculación y despersonalización, a la vez que confirman la inmensa soledad que viven, pero que son incapaces de conectarse con otro ser real. 

El miedo que representa este otro, mi próximo, mi hermano, se confronta con el temor a la soledad: mientras se aleja de la posibilidad de vincularse cotidianamente, de dejarse penetrar por otro, al visualizarlo como limitante, también se huye del miedo a permanecer sólo. Esta experiencia dual afecta al trato de pareja, la relación de los padres con los hijos y viceversa, del creyente con la comunidad y del sujeto con la sociedad. 

El miedo que paraliza, que va robando la alegría de vivir y de convivir. Se instala la desconfianza y la sospecha como primer signo ante cualquier trato humano. Algo ha muerto y necesita ser rescatado y resucitar para dar vida nueva. 


Imposible no asociar a cómo estaban los apóstoles después de la muerte de Jesús: asustados, sin consuelo, paralizados y bajo esas circunstancias, y presumo, para sorpresa de muchos, María Magdalena junto a otras mujeres parten, hacia el sepulcro y contra toda lógica comienza su apostolado, convirtiéndose, María Magdalena, en una verdadera apóstola de los apóstoles. Repasemos su andadura de su mano, para visualizar sus pasos. 

Primer ella no va sola, va con otras mujeres. Temen al tener claridad sobre las dificultades que enfrentarán. Por ejemplo, no saben cómo moverán esa tremenda piedra, (Mc. 16) pero esta realidad supuesta no las desanima. Quieren honrar, perfumar, ungir el cuerpo de Jesús. Como un gesto de agradecimiento por su existencia por todo lo que Jesús significo en sus vidas, porque los transformo de esclavos a hombres y mujeres libres, y en medio de toda desesperanza ellas van, entonces podríamos inspirarnos en María Magdalena e iniciar este tiempo litúrgico bombardeado, literalmente, por la dura realidad que vivimos para despegar la vista de la pantalla, cualquiera que sea, y rescatarnos los unos a los otros. Esto podría ser más o menos así: 

Primero, partir y honrar: Partir incluso si no sabemos quién podrá mover la piedra del sepulcro de nuestra vida. Partir con esperanza, ante toda dificultad, para honrar la vida, por sobre una cultura de muerte, y ante toda lógica actual honrar la existencia con todos los signos de muerte personales, familiares, comunitarios. Aceptar completamente la existencia y todo aquello que ha posibilitado esta, sea bueno o no tanto. 

Segundo, no temer: En el camino se encuentran con un Ángel poderoso que les dice “no teman” (Mt. 28, 5). Cuántas personas amigas, hermanos de camino, familiares, que hacen hoy de ángeles poderosos que nos ayudan con sus palabras y nos alientan a seguir, cuántas presencias sutiles, delicadas, que a veces por el ruido de la tristeza interior, de la rabia, de las insatisfacciones e impotencias, no se ven ni se valoran. Pero están, para mayor asombro, y en el recogimiento de nuestra oración podemos ver y agradecer a Dios por ellas en nuestras vidas. No estamos solos. 

Tercero, no temer nuevamente: Ante el asombro de encontrar el sepulcro vacío, no volver a temer, es decir, ante el misterio de lo desconocido, del vacío que se puede sentir, al no entender nada, a pensar que se han robado la esperanza; no temer y compartir con quienes son nuestros compañeros de viaje, familia, amigos, comunidad, el asombro ante el vacío, y allí en medio de esa comunidad asombrada, expectante Jesús, hablará como le habló a María Magdalena y a sus amigas: “No temáis, id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mt 28, 10)

Cuarto, comunicar: El significado de comunicar es dar cuenta a otro del contenido que tengo. Por eso cabe la pregunta, cuáles son mis contenidos que quiero expresarle a otro. Cuánta falta de comunicación existe hoy, soledad, tristeza y violencia en el trato cotidiano. Una sociedad saturada de información, pero vacía de contenido, de sentido, de buen trato, de palabras significativas, gratificantes, pareciera ser más fácil comunicar todo lo malo del otro que acompañarle en su vida para que desarrolle todo su potencial, corrigiendo fraternalmente, devolviéndole su dignidad humana y resignificando su relación con la trascendencia. Comunicarles que vayan allí donde todo comenzó, a pesar del miedo y la desesperanza, vayan a Galilea. 

Y por último, un quinto paso: rescatar la alegría y saber acompañar, a pesar de que el otro sea causa de mi dolor, como decía San Francisco de Asís, (Test, 14), Aunque esta novedad no sea creída (Lucas 24, 11) o en el camino se transforme en mi enemigo. Estar con todas las limitaciones, pero estar para el otro, para mi próximo, para mi hermano. Ayudarle a encontrar la paz, esperanza y la alegría. 

María Magdalena nos ayuda, tal como lo hizo con los apóstoles, a ir allí donde fuimos reparados, donde fuimos llamados por Jesús, resucitados ya con el bautismo, y donde los apóstoles dejaron todo y lo siguieron ( Mt.4, 18-22). Nos ayuda a partir aunque con temor, a comunicar esperanza y alegría a volver al lugar donde hemos sido tan felices, rescatémonos los unos a los otros. 

Es sin duda, la figura de María Magdalena, una apostola que nos ilumina el camino para acompañarnos en la vida cotidiana y dificultosa. "Dejarse amar para amar, amar para experimentarse amado". Dice el sacerdote argentino Carlos Avellaneda en su libro: "Libres para amar. Los vínculos en la era de la individualización" (Buenos Aires 2013) Y continúa diciendo así: "creyendo a una comunidad y creyendo en Dios, podremos volver a creer en nosotros mismos y así comprometernos en entregas más libres y generosas". Ser hoy apóstoles de los apóstoles, rescatar la fraternidad, la hermandad. Levantemos la mirada para conectarnos de verdad, con palabras del papa Francisco en la Evangelii gaudium: "no nos dejemos robar la comunidad" (EG 97). 

Claudia Tzanis Eissler 
 Santiago de Chile

Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


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12 de junio de 2017

Pliego nº 101


La Esperanza como virtud teologal


 Esperanza es un término coloquial, de frecuente utilización. De hecho, podemos ver que tenemos un sinfín de esperanzas:

 - Esperamos que mejore nuestra vida, nuestra salud, nuestra economía, nuestra suerte...

- Esperamos ser aceptados, ser queridos, ser admitidos en un colectivo...

- Esperamos no equivocarnos, orientar correctamente nuestra vida y ayudar a la orientación de nuestros cercanos.

- Al nacer una persona, decimos que tiene una esperanza de vida; incluso hay una medida estadística que se conoce como esperanza...

Etimológicamente, deriva del verbo esperar (a su vez, del latín spero). La Real Academia Española la define como un estado de ánimo, como el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea.

Sin embargo, dado que nuestro objetivo es aproximarnos a la esperanza como virtud teologal, parecería pertinente preguntarse qué es una virtud. Consultando de nuevo la Real Academia, vemos que es la disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza.

Los griegos ya hablaban de tres virtudes: fortaleza (valentía), templanza (sensatez), y justicia, a las que Platón añadió posteriormente la prudencia. Estas cuatro virtudes definidas por Platón, son las que se conocen como virtudes humanas o morales, también designadas como virtudes cardinales, en tanto que son, principio y fundamento de todas las demás. Estamos en un plano natural. Conviene destacar que una virtud, como disposición habitual del hombre, es adquirida por el ejercicio repetido de actuar, consciente y libremente, en orden a la perfección o al bien. La virtud, para que sea virtud, tiene que ser habitual, y no un acto esporádico, aislado. Es como una segunda naturaleza a la hora de actuar, pensar, reaccionar, sentir.(1)



Las Virtudes Cardinales

Rafael Sanzio, 1511

Las virtudes que están representadas por los personajes femeninos son: la Prudencia (centro), la Templanza (derecha) y la Fortaleza (izquierda, sosteniendo con fuerza un árbol, en concreto un roble, símbolo de la robustez). En el cuadro también se representan las virtudes teologales, a través de los angelotes que aparecen acompañando a las figuras femeninas. Las virtudes teologales acompañan a las cardinales. El angelote situado a la derecha y que apunta al cielo es la Esperanza. Al lado de la figura central, la Prudencia, hay otros dos angelotes; el que sostiene un candelabro sería la Fe. Mientras que, finalmente, al lado de la figura femenina de la izquierda, la Fortaleza, hay un ángel cogiendo frutos de un árbol: se trata de la Caridad.


Continuando con nuestra aproximación nos podríamos preguntar ahora: ¿Qué aporta el adjetivo «teologal»? ¿Qué y cuáles son las virtudes teologales?

Son las virtudes, recibidas ya en semilla en el bautismo, infundidas por la gracia de Dios en la inteligencia y la voluntad de la humanidad para facultarla a la apertura a la vida de relación con Dios. Son tres: fe, esperanza y caridad.

La fe posibilita creer en Dios y en todo lo que Él ha revelado.

La esperanza permite confiar firmemente en el cumplimiento de las promesas de Dios.

Y la caridad faculta para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos con el amor que Cristo propone.

Estas tres virtudes teologales se presentan siempre íntimamente relacionadas: tenemos esperanza porque tenemos fe y gracias a ellas intentamos vivir en la caridad. Son un don, pero requieren de la apertura y la voluntad del receptor para crecer en el seno de la persona, para ayudarla a encaminarse hacia una vida en plenitud.

En el saludo de la carta de san Pablo a Tito (Tit 1,1-2) encontramos: “Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, enviado por él para traer a la fe a los que Dios ha escogido, para que conozcan la verdad de nuestra religión, que está basada en la esperanza de la vida eterna. Dios, que no miente, prometió esta vida desde antes que el mundo existiera (...)”

En nuestra sociedad, con una fuerte soberanía de la racionalidad, puede resultar un tanto sorprendente la esperanza de la que hablamos; sin el don de la gracia, es difícil entender la esperanza de vivir en la Gloria Eterna. Sin embargo, esa es la promesa en la que el pueblo de Dios quiere confiar. Objetivamente, el diálogo entre la razón y esta esperanza es complejo.

Con todo, sabemos que la esperanza conlleva un dinamismo propio: el deseo de fidelidad al impulso del Espíritu interior abre y reafirma la confianza de la posibilidad de recibir este bien eterno, y esta confianza dispone a la persona a un estado de ánimo que le posibilita orientar la vida al bien, a la verdad, a la belleza, a la justicia… Y aquello que se hacía difícil de argumentar desde la razón, cuestiona y conmueve desde la vivencia.

En todo caso, la Esperanza tampoco tendría por objetivo el proveer de argumentos apologéticos, sino el vivir felizmente instalados en la caridad, confiando en la promesa de la bienaventuranza eterna.

Pienso en cómo podría explicar a alguien que me preguntase cómo sería vivir instalado en la esperanza y me surge esta pequeña narración:


«Imagínate un camino, un camino largo. Los caminantes tendrán varios días de andadura antes de llegar al final. Allí hay una posada, que acoge a los viajeros: descanso y encuentro al final con quienes lo recorrieron. El camino, es a trechos rocoso, a trechos alfombrado con una suave hierba que descansa los pies; claro que también hay algún que otro barrizal.

Algunos tramos están bien señalizados, en otros se pierde un poco el rastro; subidas y bajadas suceden a llanos. Cruza zonas boscosas con fresca sombra y fuentes abundantes, pero también llanos soleados donde la única sombra es la que uno proyecta en el suelo. El caminante debe escoger qué llevará durante el camino: ligero de equipaje se moverá más rápido, pero a lo mejor echará en falta algo importante; pero, si se pertrecha en exceso, la carga será seguramente muy cansina.»

Vivir la esperanza es iniciar el camino con lo necesario, sin cargarse en exceso, entusiasmado con el destino, pero sabiendo disfrutar de cada día de jornada, sorprendiéndose y gozando cada día de las mil y una maravillas diseminadas a lo largo del camino, el cielo, los árboles, las caprichosas formas de las rocas, el canto de los pájaros…

Vivir la esperanza es disfrutar de la soledad y de la compañía, cuando la ocasión la ofrezca; escuchando con amor e intentando hablar con sabiduría; y siempre buscar el buen humor.

Vivir la esperanza es aceptar la lluvia y el viento, sabiendo que forman parte del mismo todo, aunque en aquel momento sea fastidioso. Aceptar que, aunque algunas piedras lastiman los pies, nadie las puso allí para molestar. Intentar ver de lejos los barrizales para sortearlos y en todo caso no pararse y salir cuanto antes del terreno pantanoso.

Vivir la esperanza es ir conociendo las fuerzas propias, sabiéndose tomar los descansos necesarios.

Vivir la esperanza es saber mantener un sano equilibrio entre el deseo de llegar y la felicidad que da el disfrutar del camino.

Vivir la esperanza es saber caminar con talante jovial rehuyendo desánimos y pesimismos.

Vivir la esperanza, es también pensar, a veces, en el final del camino, donde espera el agradable descanso en una posada acogedora, imaginarse disfrutando del encuentro gozoso con los que antes llegaron.




CASI NO TENGO 

Casi no tengo,
no tengo nada.
Sólo un poco de vida
que me atardece sin pausa.

Recuerdos: muchos,
muchos como en un arca
en el desván oscurecido
de mi mente agobiada.

Tengo también ¡quién lo diría
teniendo tanta nada!
como un cantar por dentro:
mucha, mucha esperanza.

En Ti.
En tu promesa.
En que me ayudas.

Qué alegría ser tan rico-pobre
al ir acabando de andar
paso cansino, mi jornada.

Alfredo Rubio de Castarlenas


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[1] http://es.catholic.net/op/articulos/1565/cat/69/las-virtudes-teologales.html
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Joaquin Planasdemunt Tobeña 
 Barcelona (España)

Atisbo





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