12 de julio de 2017

Pliego nº 102



Rescatémonos los unos a los otros, para volver allí donde todo comenzó 


Estamos inmersos en una sociedad desvinculada, individualizada y personalista, donde impera el más fuerte, por sobre el ser, por sobre el vínculo personal, por sobre la comunidad, la solidaridad y el acompañamiento. Es pues, válido preguntarnos si es posible hoy, convivir juntos y acompañarnos en el camino.

Hoy más que nunca vemos cabezas gachas, hipnotizadas, seducidas por la pantalla del celular (móvil) que mantiene un frágil vínculo y da la sensación de estar conectados con múltiples personas, pero virtuales, intocables, que aseguran la desvinculación y despersonalización, a la vez que confirman la inmensa soledad que viven, pero que son incapaces de conectarse con otro ser real. 

El miedo que representa este otro, mi próximo, mi hermano, se confronta con el temor a la soledad: mientras se aleja de la posibilidad de vincularse cotidianamente, de dejarse penetrar por otro, al visualizarlo como limitante, también se huye del miedo a permanecer sólo. Esta experiencia dual afecta al trato de pareja, la relación de los padres con los hijos y viceversa, del creyente con la comunidad y del sujeto con la sociedad. 

El miedo que paraliza, que va robando la alegría de vivir y de convivir. Se instala la desconfianza y la sospecha como primer signo ante cualquier trato humano. Algo ha muerto y necesita ser rescatado y resucitar para dar vida nueva. 


Imposible no asociar a cómo estaban los apóstoles después de la muerte de Jesús: asustados, sin consuelo, paralizados y bajo esas circunstancias, y presumo, para sorpresa de muchos, María Magdalena junto a otras mujeres parten, hacia el sepulcro y contra toda lógica comienza su apostolado, convirtiéndose, María Magdalena, en una verdadera apóstola de los apóstoles. Repasemos su andadura de su mano, para visualizar sus pasos. 

Primer ella no va sola, va con otras mujeres. Temen al tener claridad sobre las dificultades que enfrentarán. Por ejemplo, no saben cómo moverán esa tremenda piedra, (Mc. 16) pero esta realidad supuesta no las desanima. Quieren honrar, perfumar, ungir el cuerpo de Jesús. Como un gesto de agradecimiento por su existencia por todo lo que Jesús significo en sus vidas, porque los transformo de esclavos a hombres y mujeres libres, y en medio de toda desesperanza ellas van, entonces podríamos inspirarnos en María Magdalena e iniciar este tiempo litúrgico bombardeado, literalmente, por la dura realidad que vivimos para despegar la vista de la pantalla, cualquiera que sea, y rescatarnos los unos a los otros. Esto podría ser más o menos así: 

Primero, partir y honrar: Partir incluso si no sabemos quién podrá mover la piedra del sepulcro de nuestra vida. Partir con esperanza, ante toda dificultad, para honrar la vida, por sobre una cultura de muerte, y ante toda lógica actual honrar la existencia con todos los signos de muerte personales, familiares, comunitarios. Aceptar completamente la existencia y todo aquello que ha posibilitado esta, sea bueno o no tanto. 

Segundo, no temer: En el camino se encuentran con un Ángel poderoso que les dice “no teman” (Mt. 28, 5). Cuántas personas amigas, hermanos de camino, familiares, que hacen hoy de ángeles poderosos que nos ayudan con sus palabras y nos alientan a seguir, cuántas presencias sutiles, delicadas, que a veces por el ruido de la tristeza interior, de la rabia, de las insatisfacciones e impotencias, no se ven ni se valoran. Pero están, para mayor asombro, y en el recogimiento de nuestra oración podemos ver y agradecer a Dios por ellas en nuestras vidas. No estamos solos. 

Tercero, no temer nuevamente: Ante el asombro de encontrar el sepulcro vacío, no volver a temer, es decir, ante el misterio de lo desconocido, del vacío que se puede sentir, al no entender nada, a pensar que se han robado la esperanza; no temer y compartir con quienes son nuestros compañeros de viaje, familia, amigos, comunidad, el asombro ante el vacío, y allí en medio de esa comunidad asombrada, expectante Jesús, hablará como le habló a María Magdalena y a sus amigas: “No temáis, id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mt 28, 10)

Cuarto, comunicar: El significado de comunicar es dar cuenta a otro del contenido que tengo. Por eso cabe la pregunta, cuáles son mis contenidos que quiero expresarle a otro. Cuánta falta de comunicación existe hoy, soledad, tristeza y violencia en el trato cotidiano. Una sociedad saturada de información, pero vacía de contenido, de sentido, de buen trato, de palabras significativas, gratificantes, pareciera ser más fácil comunicar todo lo malo del otro que acompañarle en su vida para que desarrolle todo su potencial, corrigiendo fraternalmente, devolviéndole su dignidad humana y resignificando su relación con la trascendencia. Comunicarles que vayan allí donde todo comenzó, a pesar del miedo y la desesperanza, vayan a Galilea. 

Y por último, un quinto paso: rescatar la alegría y saber acompañar, a pesar de que el otro sea causa de mi dolor, como decía San Francisco de Asís, (Test, 14), Aunque esta novedad no sea creída (Lucas 24, 11) o en el camino se transforme en mi enemigo. Estar con todas las limitaciones, pero estar para el otro, para mi próximo, para mi hermano. Ayudarle a encontrar la paz, esperanza y la alegría. 

María Magdalena nos ayuda, tal como lo hizo con los apóstoles, a ir allí donde fuimos reparados, donde fuimos llamados por Jesús, resucitados ya con el bautismo, y donde los apóstoles dejaron todo y lo siguieron ( Mt.4, 18-22). Nos ayuda a partir aunque con temor, a comunicar esperanza y alegría a volver al lugar donde hemos sido tan felices, rescatémonos los unos a los otros. 

Es sin duda, la figura de María Magdalena, una apostola que nos ilumina el camino para acompañarnos en la vida cotidiana y dificultosa. "Dejarse amar para amar, amar para experimentarse amado". Dice el sacerdote argentino Carlos Avellaneda en su libro: "Libres para amar. Los vínculos en la era de la individualización" (Buenos Aires 2013) Y continúa diciendo así: "creyendo a una comunidad y creyendo en Dios, podremos volver a creer en nosotros mismos y así comprometernos en entregas más libres y generosas". Ser hoy apóstoles de los apóstoles, rescatar la fraternidad, la hermandad. Levantemos la mirada para conectarnos de verdad, con palabras del papa Francisco en la Evangelii gaudium: "no nos dejemos robar la comunidad" (EG 97). 

Claudia Tzanis Eissler 
 Santiago de Chile

Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


En Clave de 'Ser'




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión.

12 de junio de 2017

Pliego nº 101


La Esperanza como virtud teologal


 Esperanza es un término coloquial, de frecuente utilización. De hecho, podemos ver que tenemos un sinfín de esperanzas:

 - Esperamos que mejore nuestra vida, nuestra salud, nuestra economía, nuestra suerte...

- Esperamos ser aceptados, ser queridos, ser admitidos en un colectivo...

- Esperamos no equivocarnos, orientar correctamente nuestra vida y ayudar a la orientación de nuestros cercanos.

- Al nacer una persona, decimos que tiene una esperanza de vida; incluso hay una medida estadística que se conoce como esperanza...

Etimológicamente, deriva del verbo esperar (a su vez, del latín spero). La Real Academia Española la define como un estado de ánimo, como el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea.

Sin embargo, dado que nuestro objetivo es aproximarnos a la esperanza como virtud teologal, parecería pertinente preguntarse qué es una virtud. Consultando de nuevo la Real Academia, vemos que es la disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza.

Los griegos ya hablaban de tres virtudes: fortaleza (valentía), templanza (sensatez), y justicia, a las que Platón añadió posteriormente la prudencia. Estas cuatro virtudes definidas por Platón, son las que se conocen como virtudes humanas o morales, también designadas como virtudes cardinales, en tanto que son, principio y fundamento de todas las demás. Estamos en un plano natural. Conviene destacar que una virtud, como disposición habitual del hombre, es adquirida por el ejercicio repetido de actuar, consciente y libremente, en orden a la perfección o al bien. La virtud, para que sea virtud, tiene que ser habitual, y no un acto esporádico, aislado. Es como una segunda naturaleza a la hora de actuar, pensar, reaccionar, sentir.(1)



Las Virtudes Cardinales

Rafael Sanzio, 1511

Las virtudes que están representadas por los personajes femeninos son: la Prudencia (centro), la Templanza (derecha) y la Fortaleza (izquierda, sosteniendo con fuerza un árbol, en concreto un roble, símbolo de la robustez). En el cuadro también se representan las virtudes teologales, a través de los angelotes que aparecen acompañando a las figuras femeninas. Las virtudes teologales acompañan a las cardinales. El angelote situado a la derecha y que apunta al cielo es la Esperanza. Al lado de la figura central, la Prudencia, hay otros dos angelotes; el que sostiene un candelabro sería la Fe. Mientras que, finalmente, al lado de la figura femenina de la izquierda, la Fortaleza, hay un ángel cogiendo frutos de un árbol: se trata de la Caridad.


Continuando con nuestra aproximación nos podríamos preguntar ahora: ¿Qué aporta el adjetivo «teologal»? ¿Qué y cuáles son las virtudes teologales?

Son las virtudes, recibidas ya en semilla en el bautismo, infundidas por la gracia de Dios en la inteligencia y la voluntad de la humanidad para facultarla a la apertura a la vida de relación con Dios. Son tres: fe, esperanza y caridad.

La fe posibilita creer en Dios y en todo lo que Él ha revelado.

La esperanza permite confiar firmemente en el cumplimiento de las promesas de Dios.

Y la caridad faculta para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos con el amor que Cristo propone.

Estas tres virtudes teologales se presentan siempre íntimamente relacionadas: tenemos esperanza porque tenemos fe y gracias a ellas intentamos vivir en la caridad. Son un don, pero requieren de la apertura y la voluntad del receptor para crecer en el seno de la persona, para ayudarla a encaminarse hacia una vida en plenitud.

En el saludo de la carta de san Pablo a Tito (Tit 1,1-2) encontramos: “Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, enviado por él para traer a la fe a los que Dios ha escogido, para que conozcan la verdad de nuestra religión, que está basada en la esperanza de la vida eterna. Dios, que no miente, prometió esta vida desde antes que el mundo existiera (...)”

En nuestra sociedad, con una fuerte soberanía de la racionalidad, puede resultar un tanto sorprendente la esperanza de la que hablamos; sin el don de la gracia, es difícil entender la esperanza de vivir en la Gloria Eterna. Sin embargo, esa es la promesa en la que el pueblo de Dios quiere confiar. Objetivamente, el diálogo entre la razón y esta esperanza es complejo.

Con todo, sabemos que la esperanza conlleva un dinamismo propio: el deseo de fidelidad al impulso del Espíritu interior abre y reafirma la confianza de la posibilidad de recibir este bien eterno, y esta confianza dispone a la persona a un estado de ánimo que le posibilita orientar la vida al bien, a la verdad, a la belleza, a la justicia… Y aquello que se hacía difícil de argumentar desde la razón, cuestiona y conmueve desde la vivencia.

En todo caso, la Esperanza tampoco tendría por objetivo el proveer de argumentos apologéticos, sino el vivir felizmente instalados en la caridad, confiando en la promesa de la bienaventuranza eterna.

Pienso en cómo podría explicar a alguien que me preguntase cómo sería vivir instalado en la esperanza y me surge esta pequeña narración:


«Imagínate un camino, un camino largo. Los caminantes tendrán varios días de andadura antes de llegar al final. Allí hay una posada, que acoge a los viajeros: descanso y encuentro al final con quienes lo recorrieron. El camino, es a trechos rocoso, a trechos alfombrado con una suave hierba que descansa los pies; claro que también hay algún que otro barrizal.

Algunos tramos están bien señalizados, en otros se pierde un poco el rastro; subidas y bajadas suceden a llanos. Cruza zonas boscosas con fresca sombra y fuentes abundantes, pero también llanos soleados donde la única sombra es la que uno proyecta en el suelo. El caminante debe escoger qué llevará durante el camino: ligero de equipaje se moverá más rápido, pero a lo mejor echará en falta algo importante; pero, si se pertrecha en exceso, la carga será seguramente muy cansina.»

Vivir la esperanza es iniciar el camino con lo necesario, sin cargarse en exceso, entusiasmado con el destino, pero sabiendo disfrutar de cada día de jornada, sorprendiéndose y gozando cada día de las mil y una maravillas diseminadas a lo largo del camino, el cielo, los árboles, las caprichosas formas de las rocas, el canto de los pájaros…

Vivir la esperanza es disfrutar de la soledad y de la compañía, cuando la ocasión la ofrezca; escuchando con amor e intentando hablar con sabiduría; y siempre buscar el buen humor.

Vivir la esperanza es aceptar la lluvia y el viento, sabiendo que forman parte del mismo todo, aunque en aquel momento sea fastidioso. Aceptar que, aunque algunas piedras lastiman los pies, nadie las puso allí para molestar. Intentar ver de lejos los barrizales para sortearlos y en todo caso no pararse y salir cuanto antes del terreno pantanoso.

Vivir la esperanza es ir conociendo las fuerzas propias, sabiéndose tomar los descansos necesarios.

Vivir la esperanza es saber mantener un sano equilibrio entre el deseo de llegar y la felicidad que da el disfrutar del camino.

Vivir la esperanza es saber caminar con talante jovial rehuyendo desánimos y pesimismos.

Vivir la esperanza, es también pensar, a veces, en el final del camino, donde espera el agradable descanso en una posada acogedora, imaginarse disfrutando del encuentro gozoso con los que antes llegaron.




CASI NO TENGO 

Casi no tengo,
no tengo nada.
Sólo un poco de vida
que me atardece sin pausa.

Recuerdos: muchos,
muchos como en un arca
en el desván oscurecido
de mi mente agobiada.

Tengo también ¡quién lo diría
teniendo tanta nada!
como un cantar por dentro:
mucha, mucha esperanza.

En Ti.
En tu promesa.
En que me ayudas.

Qué alegría ser tan rico-pobre
al ir acabando de andar
paso cansino, mi jornada.

Alfredo Rubio de Castarlenas


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[1] http://es.catholic.net/op/articulos/1565/cat/69/las-virtudes-teologales.html
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Joaquin Planasdemunt Tobeña 
 Barcelona (España)

Atisbo





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12 de mayo de 2017

Pliego nº 100


De la esperanza de Jesús a nuestra esperanza


De acuerdo al calendario litúrgico, los cristianos católicos nos encontramos viviendo el tiempo de la Pascua de Resurrección. Tiempo caracterizado por la alegría del encuentro con el Resucitado que nos da la esperanza de poder participar del Reino de Dios, en donde ya no hay siervos sino amigos, donde ya no hay diferencia de nacionalidades o condiciones, donde se vive la justicia y la paz. Pero... ¿es lo descrito reflejo de la realidad que vivimos en el mundo de hoy? ¿es posible desde la realidad del mundo de hoy construir el Reino de Dios?

Efectivamente, este tiempo de Pascua nos llama a vivir resucitados en Cristo, con alegría, con esperanza, pero no una esperanza ingenua, infantil, sino una esperanza que se nos dona en la Cruz. Al pie de la cruz, en el momento en que desde el punto de vista humano puede parecer la cumbre de la derrota, desde la perspectiva creyente, es el momento del triunfo, en el que la esperanza de Jesús se convierte en nuestra esperanza, como se hizo en María, mujer de clara-esperanza. Esta esperanza que se confirma con la Resurrección de Jesús y se fortalece en Pentecostés, es la herencia que hemos recibido para que desde las cruces de hoy, podamos construir el Reino de Dios entre nosotros y tengamos también una mirada trascendente al Reino eterno, más allá de la vida y de la muerte, al que todos estamos llamados a participar.



La esperanza camina de la mano de la fe y de la caridad, virtudes teologales que constituyen una terna inseparable y que animan el caminar del cristiano. Desde nuestra libertad, creemos, y nuestra fe se hace más profunda en la medida en que conocemos a Aquel en quien creemos, y mientras más le conocemos, más le amamos. Si verdaderamente creemos y amamos a Cristo, nuestra fe será operante (cfr Ga 5,6) y suscitará esperanza al estilo de Jesús.

Nuestra esperanza, al estilo de la de Jesús, ha de creer en Dios y también esperar en Dios. Palpando los signos de los tiempos, la realidad, con ternura, buscando la presencia de Dios en todo, en las dificultades, en las penas, en el dolor y confiando plenamente en Dios; porque “nada es imposible para Dios” (Lc 1,37) y “todo es posible para el que cree” (Mc 9,23). Vemos así, cómo la fe y la esperanza son inseparables.

De igual forma, nuestra esperanza, que se nutre en la fe, es inseparable de la caridad. La esperanza al estilo de Jesús, quien “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38), es una esperanza tangible, activa, que da fruto, que alienta a la caridad, que es respetuosamente alegre, que acompaña, que consuela, que se convierte en obras que generan más esperanza. Y es esto, justamente, lo que necesita nuestro mundo hoy. Hombres y mujeres al estilo de Jesús, con una actitud esperanzadora en el ahora y hacia el futuro –un futuro próximo/terrenal y un futuro eterno/celestial– que con la mirada de Dios sepan encontrar y generar bondad en toda situación. Es precisamente desde las situaciones difíciles que vive el mundo hoy que se puede construir el Reino de Dios, si hacemos vida la esperanza operante de Jesús de la que somos herederos.

Pablo nos dice “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1 Cor 13,13). Y al final, sólo quedará la caridad, pero mientras hacemos camino y vamos construyendo el Reino de Dios entre nosotros, nos anima la esperanza. Esperanza que espera y confía en Dios, esperanza que se manifiesta en obras que buscan construir ese mundo de justicia y de paz.

Ante un escenario que a muchos puede parecer bastante desesperanzador, nuestra esperanza al estilo de Jesús ha de mantenerse firme, siempre renovada en el Espíritu, pues aunque sea una llama temblorosa, como dice Charles Péguy en su poema a la “pequeña esperanza”, ésta romperá las eternas tinieblas.













Patricia Castillo Ávila 
Guatemala


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12 de abril de 2017

Pliego nº 99


María, Faro de Esperanza


Está María al pie de la cruz, viendo a su hijo pendiendo de ella. El sufrimiento es atroz. No hay mayor dolor para una madre que ver morir a su hijo, más aún de un modo tan cruel. 

Bajan a su hijo feneciente del madero. Lo sostiene en su regazo como tantas veces lo había hecho siendo niño. Lo acaricia, lo estrecha contra su pecho. Ya no hay latidos en el corazón de Jesús. Ella lo contempla, lo abraza como si así pudiera transmitirle un soplo de vida. 



Sin embargo, en su semblante no solo se trasluce el sufrimiento. En su mirada se puede vislumbrar un destello de una certeza escondida: la muerte no es la última palabra. Ella, como mujer judía, sabía que Dios es fiel a sus promesas, Dios no quiebra la alianza, Dios no ilusiona vanamente. 

 La esperanza de María se funda en una confianza absoluta en un Dios que, ante todo, es amor. La clara esperanza de María no surge de un día para otro. Se va forjando a lo largo de su vida. Se nutre, profundiza y acrecienta ante los distintos acontecimientos que la realidad le va presentando. 

Quizás esa esperanza empezó en ella con su sí a Dios al ángel de la Anunciación. Junto al acto de fe que hizo ante la invitación a ser la madre del Salvador, hubo también una actitud esperanzadora: “Una fe plenamente vivida entraña la esperanza. Porque la esperanza no es más que el lado de la fe que nos da la certeza de que Dios tiene cuidado del mundo y lo ama” (1). 

Probablemente las mujeres estemos más preparadas para la espera, para la esperanza, precisamente por lo que significa tener un cuerpo preparado para acoger una nueva vida y esperar a que ese ser se vaya desarrollando hasta el momento del alumbramiento. Nueve meses de espera, con un cierto temor y, al mismo tiempo, con la esperanza de que todo salga bien. 

Actualmente, ante la necesidad de la inmediatez en muchos ámbitos de nuestra vida, hemos perdido la capacidad de saber esperar y, con ello, la esperanza se va marchitando. La espera, la esperanza, se cultiva día a día. No es una actitud pasiva ni resignada. Requiere de un dinamismo interno que se concretiza en los pequeños actos cotidianos. Perdemos la esperanza cuando encasillamos la realidad y no vemos que en ella hay una dimensión de misterio que nos trasciende. 

Aprender a esperar confiadamente como María al pie de la cruz, implica vaciarse de todo aquello que impide que el misterio se manifieste. María, tanto en la Anunciación como en la Crucifixión, se vació de ella misma, de sus planes, proyecciones o expectativas para, así, posibilitar que pudiera germinar nueva vida. 

Ante el misterio de la cruz, abrazada al cuerpo inerte de Jesús, todo su ser se abrió para acoger, con clara esperanza, la voluntad de Dios. 

El Papa Francisco, en una homilía en Santa Marta, invitó a “dar esperanza, tener pasión por la esperanza. Y, como he dicho, no siempre es optimismo, sino que es la que la Virgen, en su corazón tuvo incluso en la oscuridad más grande: la tarde del Viernes hasta la madrugada del Domingo. Esa esperanza: Ella la tenía. Y esa esperanza ha hecho nuevo todo”.

 Lourdes Flavià Forcada 
 Murtra Santa María del Silencio 
Chiu-Chiu - Chile

 (1) Nuevo Catecismo para adultos, Editorial Herder, Barcelona 1969

 

Atisbo




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12 de marzo de 2017

Pliego nº 98


Haz de mí un instrumento de tu esperanza 


Para muchas personas una de las características más preocupantes del hombre y la mujer occidentales es la falta de esperanza. 

Incluso no falta quien afirme que el siglo XX fue el cementerio de las esperanzas. Por ello ser apóstoles de la esperanza se convierte en una tarea apremiante para todo cristiano. En realidad la esperanza es constitutiva del ser humano, es como parte del aliento de vida que lo mueve, pues cuando ésta falta parece que la persona simplemente se apaga. 

Se trata de una actitud vital, de una forma de vivir, por ello, para ser apóstoles y apóstolas de la esperanza, más que dar razones de la misma, tenemos que invitar a otros mostrándosela, viviéndola, enseñándoles que no es una locura, ni una fantasía, sino que nace del dinamismo más profundo de la creación. Sin embargo vemos que son muchos los signos de falta de esperanza en nuestro mundo.



Señor haz de mí un instrumento de tu ESPERANZA, que donde haya autosuficiencia lleve la consciencia de que somos seres donados. 

A veces elevamos la autonomía a ideología, la absolutizamos y la convertimos en autosuficiencia, encerrándonos en nosotros mismos, aislándonos de los otros. Forjamos así un YO solo y solitario. Que ante esta autonomía exacerbada llevemos la profunda experiencia de saber que la vida es un don que nos ha sido dado, y que la dinámica propia del ser donado es darse a su vez. Porque además, es dándonos que nos encontramos, que nos construimos. 

Que donde hay incapacidad para amar, lleve la capacidad de ser amable y amante.

La autosuficiencia borra el rastro del nosotros dejando tan sólo la huella del yo. Zygmunt Bauman ya nos habla de las relaciones líquidas, de bolsillo, estas relaciones que podríamos decir que son de usar y tirar. Que ante la liquidez de tantas relaciones sepamos construir relaciones sólidas, bien fundamentadas. Que sepamos comprometernos. Que reconociendo nuestra indigencia nos dejemos amar, y que por nuestra vez seamos capaces de multiplicar ese amor amando a los otros. 

Que donde hay ruido lleve el silencio. 

Vivimos en una soledad que sin embargo está poblada de aullidos, de ruidos. Huimos del silencio. ¿Será que nos cuesta estar con nosotros mismos y escuchar nuestras propias preguntas existenciales? Que donde haya ruido llevemos la experiencia del silencio necesario para contemplarnos a nosotros mismos y a la creación toda, pues la esperanza nace de la contemplación. 

Que donde haya una vida light y pasiva, lleve una vida vivida con entusiasmo y compromiso. 

Cuantas veces tan sólo rozamos las cosas casi sin tocarlas. Vivimos a flor de piel, pero sin profundidad, con una multitud de referentes, pero desnorteados. 

Que ante la superficialidad y la incertidumbre llevemos la alegría de existir que nos mueve para mejorar el mundo. 

Que donde hay prisa yo lleve la vivencia de eternidad. 

La prisa tantas veces paradójicamente nos hace vivir co los ojos cerrados. ¡La inmediatez no nos deja contemplar nuestro entorno! La esperanza no nace de esta agitación sino de la contemplación, de la experiencia de eternidad. Alfredo Rubio diría, cuanta eternidad hay en un beso. Cuanta eternidad cuando se produce un encuentro profundo entre personas que se aman. 

Donde no haya metas ni referentes yo lleve la capacidad de soñar. 

En no pocas ocasiones seguimos acríticamente la corriente. Es aquello de “donde vas Vicente, donde va la gente”... Vamos andando sin certezas ni convicciones profundas, quizá muy informados, com pluralidad de referentes, pero com poca sabiduría, sin saber exactamente hacia dónde ir, como orientar la propia vida. 

Que donde no hay metas ni referentes nosostros seamos capaces de motivar a los otros a soñar conjuntamente cosas reales y posibles, que infundamos en los otros la valentía de preguntarnos qué es lo que deseamos en lo más profundo de nuestro ser. 

Que donde haya culto a la emoción yo lleve la libertad. 

Parece que tenemos que vivir constantemente con niveles de adrenalina elevados, sintiendo emociones fuertes, quizá sea para que nos recuerde que estamos vivos... que ante este alud de estímulos constantes que recibimos sepamos hacer descubrir a los demás el valor de una libertad que nos permite un sentimiento más fuerte que cualquier emoción, el amor verdadero y profundo. 

Donde haya una búsqueda de bien-estar yo lleve la capacidad de bien-ser. 

Si apoyamos nuestra vida en las emociones fuertes, buscamos ansiosamente aquello que nos produce un bien-estar. Pero como las emociones fuertes son pasajeras, el bien-estar se revela como algo efímero, y nos olvidamos del bien-ser que es fruto de la contemplación. Que ante esta búsqueda frenética de bien-estar sepamos ser instrumentos de reconciliación de la persona consigo mismo, com su realidad. 

Que donde haya rechazo de la fragilidad humana yo lleve aceptación alegre de la realidad.

A menudo nos olvidamos que somos un ser frágil, vulnerable, necesitado. Y la fragilidad muchas veces nos resulta incómoda, quisiéramos eliminarla. Pero como no podemos eliminarla la convertimos en tabú. La muerte, nuestro límite máximo es el gran tabú del momento presente. Que nuestra vida refleje la bondad de Dios, que sea una acción de gracias por la vida que se nos ha dado. Que manifestemos la bondad de la creación, asumiento hasta com alegría nuestros límites y así desenvolvamos llenos de esperanza lo que realmente somos. Porque Dios al crear al hombre y a la mujer vio que era “muy bueno”. 

Señor haznos instrumento de tu esperanza, libres para soñar, aceptando plenamente la realidad, pues sólo así realmente podremos hacer algo real y posible para transformarla. 

Gemma Manau 
Matosinhos (Portugal)