12 de mayo de 2017

Pliego nº 100


De la esperanza de Jesús a nuestra esperanza


De acuerdo al calendario litúrgico, los cristianos católicos nos encontramos viviendo el tiempo de la Pascua de Resurrección. Tiempo caracterizado por la alegría del encuentro con el Resucitado que nos da la esperanza de poder participar del Reino de Dios, en donde ya no hay siervos sino amigos, donde ya no hay diferencia de nacionalidades o condiciones, donde se vive la justicia y la paz. Pero... ¿es lo descrito reflejo de la realidad que vivimos en el mundo de hoy? ¿es posible desde la realidad del mundo de hoy construir el Reino de Dios?

Efectivamente, este tiempo de Pascua nos llama a vivir resucitados en Cristo, con alegría, con esperanza, pero no una esperanza ingenua, infantil, sino una esperanza que se nos dona en la Cruz. Al pie de la cruz, en el momento en que desde el punto de vista humano puede parecer la cumbre de la derrota, desde la perspectiva creyente, es el momento del triunfo, en el que la esperanza de Jesús se convierte en nuestra esperanza, como se hizo en María, mujer de clara-esperanza. Esta esperanza que se confirma con la Resurrección de Jesús y se fortalece en Pentecostés, es la herencia que hemos recibido para que desde las cruces de hoy, podamos construir el Reino de Dios entre nosotros y tengamos también una mirada trascendente al Reino eterno, más allá de la vida y de la muerte, al que todos estamos llamados a participar.



La esperanza camina de la mano de la fe y de la caridad, virtudes teologales que constituyen una terna inseparable y que animan el caminar del cristiano. Desde nuestra libertad, creemos, y nuestra fe se hace más profunda en la medida en que conocemos a Aquel en quien creemos, y mientras más le conocemos, más le amamos. Si verdaderamente creemos y amamos a Cristo, nuestra fe será operante (cfr Ga 5,6) y suscitará esperanza al estilo de Jesús.

Nuestra esperanza, al estilo de la de Jesús, ha de creer en Dios y también esperar en Dios. Palpando los signos de los tiempos, la realidad, con ternura, buscando la presencia de Dios en todo, en las dificultades, en las penas, en el dolor y confiando plenamente en Dios; porque “nada es imposible para Dios” (Lc 1,37) y “todo es posible para el que cree” (Mc 9,23). Vemos así, cómo la fe y la esperanza son inseparables.

De igual forma, nuestra esperanza, que se nutre en la fe, es inseparable de la caridad. La esperanza al estilo de Jesús, quien “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38), es una esperanza tangible, activa, que da fruto, que alienta a la caridad, que es respetuosamente alegre, que acompaña, que consuela, que se convierte en obras que generan más esperanza. Y es esto, justamente, lo que necesita nuestro mundo hoy. Hombres y mujeres al estilo de Jesús, con una actitud esperanzadora en el ahora y hacia el futuro –un futuro próximo/terrenal y un futuro eterno/celestial– que con la mirada de Dios sepan encontrar y generar bondad en toda situación. Es precisamente desde las situaciones difíciles que vive el mundo hoy que se puede construir el Reino de Dios, si hacemos vida la esperanza operante de Jesús de la que somos herederos.

Pablo nos dice “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1 Cor 13,13). Y al final, sólo quedará la caridad, pero mientras hacemos camino y vamos construyendo el Reino de Dios entre nosotros, nos anima la esperanza. Esperanza que espera y confía en Dios, esperanza que se manifiesta en obras que buscan construir ese mundo de justicia y de paz.

Ante un escenario que a muchos puede parecer bastante desesperanzador, nuestra esperanza al estilo de Jesús ha de mantenerse firme, siempre renovada en el Espíritu, pues aunque sea una llama temblorosa, como dice Charles Péguy en su poema a la “pequeña esperanza”, ésta romperá las eternas tinieblas.













Patricia Castillo Ávila 
Guatemala


Atisbo



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser'



En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 


12 de abril de 2017

Pliego nº 99


María, Faro de Esperanza


Está María al pie de la cruz, viendo a su hijo pendiendo de ella. El sufrimiento es atroz. No hay mayor dolor para una madre que ver morir a su hijo, más aún de un modo tan cruel. 

Bajan a su hijo feneciente del madero. Lo sostiene en su regazo como tantas veces lo había hecho siendo niño. Lo acaricia, lo estrecha contra su pecho. Ya no hay latidos en el corazón de Jesús. Ella lo contempla, lo abraza como si así pudiera transmitirle un soplo de vida. 



Sin embargo, en su semblante no solo se trasluce el sufrimiento. En su mirada se puede vislumbrar un destello de una certeza escondida: la muerte no es la última palabra. Ella, como mujer judía, sabía que Dios es fiel a sus promesas, Dios no quiebra la alianza, Dios no ilusiona vanamente. 

 La esperanza de María se funda en una confianza absoluta en un Dios que, ante todo, es amor. La clara esperanza de María no surge de un día para otro. Se va forjando a lo largo de su vida. Se nutre, profundiza y acrecienta ante los distintos acontecimientos que la realidad le va presentando. 

Quizás esa esperanza empezó en ella con su sí a Dios al ángel de la Anunciación. Junto al acto de fe que hizo ante la invitación a ser la madre del Salvador, hubo también una actitud esperanzadora: “Una fe plenamente vivida entraña la esperanza. Porque la esperanza no es más que el lado de la fe que nos da la certeza de que Dios tiene cuidado del mundo y lo ama” (1). 

Probablemente las mujeres estemos más preparadas para la espera, para la esperanza, precisamente por lo que significa tener un cuerpo preparado para acoger una nueva vida y esperar a que ese ser se vaya desarrollando hasta el momento del alumbramiento. Nueve meses de espera, con un cierto temor y, al mismo tiempo, con la esperanza de que todo salga bien. 

Actualmente, ante la necesidad de la inmediatez en muchos ámbitos de nuestra vida, hemos perdido la capacidad de saber esperar y, con ello, la esperanza se va marchitando. La espera, la esperanza, se cultiva día a día. No es una actitud pasiva ni resignada. Requiere de un dinamismo interno que se concretiza en los pequeños actos cotidianos. Perdemos la esperanza cuando encasillamos la realidad y no vemos que en ella hay una dimensión de misterio que nos trasciende. 

Aprender a esperar confiadamente como María al pie de la cruz, implica vaciarse de todo aquello que impide que el misterio se manifieste. María, tanto en la Anunciación como en la Crucifixión, se vació de ella misma, de sus planes, proyecciones o expectativas para, así, posibilitar que pudiera germinar nueva vida. 

Ante el misterio de la cruz, abrazada al cuerpo inerte de Jesús, todo su ser se abrió para acoger, con clara esperanza, la voluntad de Dios. 

El Papa Francisco, en una homilía en Santa Marta, invitó a “dar esperanza, tener pasión por la esperanza. Y, como he dicho, no siempre es optimismo, sino que es la que la Virgen, en su corazón tuvo incluso en la oscuridad más grande: la tarde del Viernes hasta la madrugada del Domingo. Esa esperanza: Ella la tenía. Y esa esperanza ha hecho nuevo todo”.

 Lourdes Flavià Forcada 
 Murtra Santa María del Silencio 
Chiu-Chiu - Chile

 (1) Nuevo Catecismo para adultos, Editorial Herder, Barcelona 1969

 

Atisbo




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12 de marzo de 2017

Pliego nº 98


Haz de mí un instrumento de tu esperanza 


Para muchas personas una de las características más preocupantes del hombre y la mujer occidentales es la falta de esperanza. 

Incluso no falta quien afirme que el siglo XX fue el cementerio de las esperanzas. Por ello ser apóstoles de la esperanza se convierte en una tarea apremiante para todo cristiano. En realidad la esperanza es constitutiva del ser humano, es como parte del aliento de vida que lo mueve, pues cuando ésta falta parece que la persona simplemente se apaga. 

Se trata de una actitud vital, de una forma de vivir, por ello, para ser apóstoles y apóstolas de la esperanza, más que dar razones de la misma, tenemos que invitar a otros mostrándosela, viviéndola, enseñándoles que no es una locura, ni una fantasía, sino que nace del dinamismo más profundo de la creación. Sin embargo vemos que son muchos los signos de falta de esperanza en nuestro mundo.



Señor haz de mí un instrumento de tu ESPERANZA, que donde haya autosuficiencia lleve la consciencia de que somos seres donados. 

A veces elevamos la autonomía a ideología, la absolutizamos y la convertimos en autosuficiencia, encerrándonos en nosotros mismos, aislándonos de los otros. Forjamos así un YO solo y solitario. Que ante esta autonomía exacerbada llevemos la profunda experiencia de saber que la vida es un don que nos ha sido dado, y que la dinámica propia del ser donado es darse a su vez. Porque además, es dándonos que nos encontramos, que nos construimos. 

Que donde hay incapacidad para amar, lleve la capacidad de ser amable y amante.

La autosuficiencia borra el rastro del nosotros dejando tan sólo la huella del yo. Zygmunt Bauman ya nos habla de las relaciones líquidas, de bolsillo, estas relaciones que podríamos decir que son de usar y tirar. Que ante la liquidez de tantas relaciones sepamos construir relaciones sólidas, bien fundamentadas. Que sepamos comprometernos. Que reconociendo nuestra indigencia nos dejemos amar, y que por nuestra vez seamos capaces de multiplicar ese amor amando a los otros. 

Que donde hay ruido lleve el silencio. 

Vivimos en una soledad que sin embargo está poblada de aullidos, de ruidos. Huimos del silencio. ¿Será que nos cuesta estar con nosotros mismos y escuchar nuestras propias preguntas existenciales? Que donde haya ruido llevemos la experiencia del silencio necesario para contemplarnos a nosotros mismos y a la creación toda, pues la esperanza nace de la contemplación. 

Que donde haya una vida light y pasiva, lleve una vida vivida con entusiasmo y compromiso. 

Cuantas veces tan sólo rozamos las cosas casi sin tocarlas. Vivimos a flor de piel, pero sin profundidad, con una multitud de referentes, pero desnorteados. 

Que ante la superficialidad y la incertidumbre llevemos la alegría de existir que nos mueve para mejorar el mundo. 

Que donde hay prisa yo lleve la vivencia de eternidad. 

La prisa tantas veces paradójicamente nos hace vivir co los ojos cerrados. ¡La inmediatez no nos deja contemplar nuestro entorno! La esperanza no nace de esta agitación sino de la contemplación, de la experiencia de eternidad. Alfredo Rubio diría, cuanta eternidad hay en un beso. Cuanta eternidad cuando se produce un encuentro profundo entre personas que se aman. 

Donde no haya metas ni referentes yo lleve la capacidad de soñar. 

En no pocas ocasiones seguimos acríticamente la corriente. Es aquello de “donde vas Vicente, donde va la gente”... Vamos andando sin certezas ni convicciones profundas, quizá muy informados, com pluralidad de referentes, pero com poca sabiduría, sin saber exactamente hacia dónde ir, como orientar la propia vida. 

Que donde no hay metas ni referentes nosostros seamos capaces de motivar a los otros a soñar conjuntamente cosas reales y posibles, que infundamos en los otros la valentía de preguntarnos qué es lo que deseamos en lo más profundo de nuestro ser. 

Que donde haya culto a la emoción yo lleve la libertad. 

Parece que tenemos que vivir constantemente con niveles de adrenalina elevados, sintiendo emociones fuertes, quizá sea para que nos recuerde que estamos vivos... que ante este alud de estímulos constantes que recibimos sepamos hacer descubrir a los demás el valor de una libertad que nos permite un sentimiento más fuerte que cualquier emoción, el amor verdadero y profundo. 

Donde haya una búsqueda de bien-estar yo lleve la capacidad de bien-ser. 

Si apoyamos nuestra vida en las emociones fuertes, buscamos ansiosamente aquello que nos produce un bien-estar. Pero como las emociones fuertes son pasajeras, el bien-estar se revela como algo efímero, y nos olvidamos del bien-ser que es fruto de la contemplación. Que ante esta búsqueda frenética de bien-estar sepamos ser instrumentos de reconciliación de la persona consigo mismo, com su realidad. 

Que donde haya rechazo de la fragilidad humana yo lleve aceptación alegre de la realidad.

A menudo nos olvidamos que somos un ser frágil, vulnerable, necesitado. Y la fragilidad muchas veces nos resulta incómoda, quisiéramos eliminarla. Pero como no podemos eliminarla la convertimos en tabú. La muerte, nuestro límite máximo es el gran tabú del momento presente. Que nuestra vida refleje la bondad de Dios, que sea una acción de gracias por la vida que se nos ha dado. Que manifestemos la bondad de la creación, asumiento hasta com alegría nuestros límites y así desenvolvamos llenos de esperanza lo que realmente somos. Porque Dios al crear al hombre y a la mujer vio que era “muy bueno”. 

Señor haznos instrumento de tu esperanza, libres para soñar, aceptando plenamente la realidad, pues sólo así realmente podremos hacer algo real y posible para transformarla. 

Gemma Manau 
Matosinhos (Portugal) 

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12 de febrero de 2017

Pliego nº 97

 

La fiesta III: De la alegría al gozo


El itinerario del cristiano es un itinerario que va de la alegría al gozo. Parte de la alegría de saber que el Verbo se ha hecho carne de nuestra carne, nos ha liberado de la esclavitud del egoísmo, nos ha redimido, para llegar al gozo de encontrar a Cristo y vivir configurados con él, ¡Cristo es nuestra fiesta! Pero entre el anuncio de la buena nueva de la redención de Cristo –la alegría– y el vivir resucitados en él –el gozo– hay un calvario también para nosotros: morir a uno mismo. El abandono total en manos de Dios.

La meta última de la madurez cristiana es dejar de seguir a Cristo para convertirnos en otros cristos en la tierra. Y esto también incluye la resurrección. Porque la resurrección no es sólo algo que puede acontecer con nuestra muerte física, sino que también es un modo de vivir nuestra vida mortal, plenos de la gracia de Dios, «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo» (Rom 6,11). Como otros cristos, nos presentamos a los demás en las diversas relaciones de la comunidad cristiana. Cuando esto se da, vivimos ya el reino que Cristo vino a instaurar, vivimos en fiesta.

Para el cristiano que ha recorrido este itinerario de morir y resucitar con Cristo, su mapa, su carta de navegación son los que Cristo da una vez resucitado. De ahí que la Andadura Pascual (*1) es donde mejor encontramos el camino a seguir, el mapa para el obrar.

Hacer de nuestra vida una oblación por amor, es instalarse en el gozo de vivir resucitados en Cristo. Y esta es la estructura más interna de la fiesta, que queda condensada en la sentencia de San Juan Crisóstomo: Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas.

La esencia de la fiesta es: ser-para-los-demás, como Cristo lo fue para la humanidad. Y todos y cada uno de los hombres estamos invitados a gozar la fiesta y la alegría de vivir en Dios. Pero en la espiritualidad y la praxis cristiana este ser-para-los-demás, se ha identificado casi exclusivamente con el rostro doliente de Jesús clavado en cruz, separándolo en no pocas ocasiones, del talante del Resucitado. Evangelizar la fiesta, el placer y la alegría en el mundo de hoy, no es menos importante que evangelizar el dolor. La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la alegría y el gozo.


El fin último del cristiano no es la cruz, sino la resurrección, el gozo, la fiesta. La cruz es la prueba, pero no el fin. Que mataran a Jesús clavándolo en una cruz, no tiene nada de novedad. De hecho, en su época fueron muchos los que murieron así. Y a lo largo de la historia, muchos otros han muerto de manera más cruel y con más sufrimiento. Cuántos mártires hubo y sigue habiendo que dan su vida por ideales muy dignos y legítimos.

El centro de gravedad del mensaje de Cristo, no está en su muer­te –que es una prueba de la autenticidad de lo que decía– sino en lo que decía e hizo. Lo específico –si pudiera resumirse de algún modo– es el “ágape de caridad”, que tan bien está reflejado en el relato joánico de la última cena.

«La mejor manera de mejorar el mundo es amar como Dios nos ama». Cuando esto pasa del yo –que amo– al nosotros –que nos amamos–, ¡es fiesta! Esta es la evangelización por excelencia, la acción más eficaz, y el espectáculo más atrayente y redentor que podemos dar los cristianos al mundo «Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán que sois discípulos míos» (Jn 13,35).

 
(*1) RUBIO, Alfredo. Andadura Pascual. Camino de Alegría. Barcelona: Edimurtra, 1990.


Maria Viñas

Barcelona (España)

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12 de enero de 2017

Pliego nº 96


La fiesta II: Cristo, nuestra Fiesta! 


Qué difícil es definir la fiesta. La fiesta es algo que todos hemos experimentado alguna vez, pero en lo que raramente pensamos. Más aún, es difícil encontrarse en disposición festiva y, al mismo tiempo, pensar en ella. La fiesta es un talante del espíritu y está envuelta de misterio, nos desborda y trasciende. Por esto la fiesta no puede terminar de describirse conceptualmente. 

Definimos la fiesta como la manifestación de la alegría. Pero no cualquier alegría; sino la alegría del acontecimiento Cristo vivido en mí. Y esta vivencia interior –por desbordamiento– se manifiesta al exterior. Ser otro Cristo, esto es fiesta. La plenitud de la fiesta es la Trinidad. De ahí que la fiesta no se sitúa en el plano meramente del hacer, sino del ser. Por eso, antes de pensar en cómo hacer fiesta, será importante ahondar en cómo vivir en fiesta. La vocación del hombre a la fiesta no es una vocación en el ámbito del hacer, sino del ser. 

La fiesta no puede vivirse si no es desde la aceptación gozosa de la realidad de lo que se es –seres creados, finitos y contingentes–; de otra manera, la fiesta será evasión, distracción, huída, u ocasión para el consumo y el exceso. Por eso, la aceptación gozosa de la contingencia, lejos de ser un obstáculo para la fiesta, es su fundamento más íntimo. 

En el Antiguo Testamento, la fiesta no es sólo algo bueno para el ser humano, sino que es un mandato del mismo Yahvé. La fiesta vivida en el pueblo de Israel como memoria, profecía y acción de gracias; en Jesús llegan a plenitud. Jesús es realización de reino, y es gozo por la redención ya obrada. En el Nuevo Testamento el ser humano, pasa de celebrar fiestas, a vivir en fiesta. 



El reino que proclama Jesús no es sólo una realidad escatológica, sino también presente: Cristo es la realización del reino. Jesucristo –a quién Dios resucitó por la fuerza de su Espíritu–, está vivo entre nosotros. Y esto, tiene repercusiones en nuestra vida: los hombres podemos, no sólo participar, sino vivir en fiesta, en la fiesta que es la vida en Dios. Un Dios que es comunidad de amor, un amor cuya plenitud es fiesta. La fiesta es el dinamismo de la Trinidad, dinamismo tanto interno como externo: ad intra, en la perfecta comunión en el amor; ad extra, en el don gratuito a los hombres del Amor, manifestado en la creación y la redención. 

Para los cristianos la posibilidad –o no– de vivir en fiesta es crucial; pues el núcleo de la fe cristiana es que Dios, no sólo es salvador del hombre, sino que la salvación la ha llevado a cabo encarnándose. La posibilidad de vivir en resucitado –de vivir en fiesta– no es sólo una promesa escatológica, sino una posibilidad ya aquí en la tierra. El seguimiento de Cristo en la tierra, acompañándolo en la construcción del reino, es fuente de alegría y gozo. Construir el reino en la tierra, vivirlo aquí –aunque sea de manera no plena–, es fiesta. Esto nos lleva a afirmar que si la concreción del programa del reino en nuestra vida no es fuente de alegría y de gozo –aunque sea limitado–, tampoco lo será en su consumación final escatológica. Uno –el más acá– y otro –el más allá– forman parte de la misma oferta de Salvación, son obra del mismo Amor. 

Partiendo del relato joánico de las bodas de Caná (Jn 2,1-12) podemos ver como María señala un ministerio propio de la mujer en la comunidad en relación a la fiesta: llevar a los hombres a Cristo. Este mismo ministerio reciben las santas mujeres en la madrugada de la resurrección (Mc 16,7; Mt 28,7). Son las mujeres las que reciben la misión de llevar a los discípulos al encuentro del Resucitado: «Id enseguida a decir a los discípulos que vayan a Galilea, allí lo verán». Las mujeres, apóstolas de los apóstoles; por eso son promotoras de la fiesta, porque tienen el carisma de señalar dónde encontrar a Cristo resucitado. 

La Iglesia es comunidad en fiesta en tanto que es sacramento de la presencia de Cristo en el mundo. Presencia actualizada por el Espíritu Santo y que es el fundamento de alegría y gozo en medio de un mundo con injusticia y pecado. La Iglesia es signo e instrumento de la fiesta. Tiene la misión por un lado, de vivir la fiesta; y por otro, de proclamarla, convocando a toda la humanidad a la fiesta de vida en Dios. Es el mismo doble movimiento que significa ser signo e instrumento. Las dos vertientes van juntas, una no puede darse sin la otra, aunque el vivir la fiesta sea origen. No se puede proclamar lo que no se vive, y si lo que se vive se encierra y no se proclama, termina por secarse. Por otro lado, si la Iglesia dejara de salir hacia fuera, si dejara de proclamar y convocar a la fiesta que vive en su interior, dejaría de ser católica –universal– y apostólica, pues es precisamente su condición de evangelizar –de proclamar y convocar a la fiesta– la que está llamada ante todo a continuar. 

Maria Viñas
Barcelona (España)


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