12 de febrero de 2017

Pliego nº 97

 

La fiesta III: De la alegría al gozo


El itinerario del cristiano es un itinerario que va de la alegría al gozo. Parte de la alegría de saber que el Verbo se ha hecho carne de nuestra carne, nos ha liberado de la esclavitud del egoísmo, nos ha redimido, para llegar al gozo de encontrar a Cristo y vivir configurados con él, ¡Cristo es nuestra fiesta! Pero entre el anuncio de la buena nueva de la redención de Cristo –la alegría– y el vivir resucitados en él –el gozo– hay un calvario también para nosotros: morir a uno mismo. El abandono total en manos de Dios.

La meta última de la madurez cristiana es dejar de seguir a Cristo para convertirnos en otros cristos en la tierra. Y esto también incluye la resurrección. Porque la resurrección no es sólo algo que puede acontecer con nuestra muerte física, sino que también es un modo de vivir nuestra vida mortal, plenos de la gracia de Dios, «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo» (Rom 6,11). Como otros cristos, nos presentamos a los demás en las diversas relaciones de la comunidad cristiana. Cuando esto se da, vivimos ya el reino que Cristo vino a instaurar, vivimos en fiesta.

Para el cristiano que ha recorrido este itinerario de morir y resucitar con Cristo, su mapa, su carta de navegación son los que Cristo da una vez resucitado. De ahí que la Andadura Pascual (*1) es donde mejor encontramos el camino a seguir, el mapa para el obrar.

Hacer de nuestra vida una oblación por amor, es instalarse en el gozo de vivir resucitados en Cristo. Y esta es la estructura más interna de la fiesta, que queda condensada en la sentencia de San Juan Crisóstomo: Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas.

La esencia de la fiesta es: ser-para-los-demás, como Cristo lo fue para la humanidad. Y todos y cada uno de los hombres estamos invitados a gozar la fiesta y la alegría de vivir en Dios. Pero en la espiritualidad y la praxis cristiana este ser-para-los-demás, se ha identificado casi exclusivamente con el rostro doliente de Jesús clavado en cruz, separándolo en no pocas ocasiones, del talante del Resucitado. Evangelizar la fiesta, el placer y la alegría en el mundo de hoy, no es menos importante que evangelizar el dolor. La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la alegría y el gozo.


El fin último del cristiano no es la cruz, sino la resurrección, el gozo, la fiesta. La cruz es la prueba, pero no el fin. Que mataran a Jesús clavándolo en una cruz, no tiene nada de novedad. De hecho, en su época fueron muchos los que murieron así. Y a lo largo de la historia, muchos otros han muerto de manera más cruel y con más sufrimiento. Cuántos mártires hubo y sigue habiendo que dan su vida por ideales muy dignos y legítimos.

El centro de gravedad del mensaje de Cristo, no está en su muer­te –que es una prueba de la autenticidad de lo que decía– sino en lo que decía e hizo. Lo específico –si pudiera resumirse de algún modo– es el “ágape de caridad”, que tan bien está reflejado en el relato joánico de la última cena.

«La mejor manera de mejorar el mundo es amar como Dios nos ama». Cuando esto pasa del yo –que amo– al nosotros –que nos amamos–, ¡es fiesta! Esta es la evangelización por excelencia, la acción más eficaz, y el espectáculo más atrayente y redentor que podemos dar los cristianos al mundo «Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán que sois discípulos míos» (Jn 13,35).

 
(*1) RUBIO, Alfredo. Andadura Pascual. Camino de Alegría. Barcelona: Edimurtra, 1990.


Maria Viñas

Barcelona (España)

Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

En Clave de 'Ser'




En Clave de Ser, un montaje radial, elaborado por el equipo del Espacio Dolores Bigourdan, para ayudar a la meditación y la reflexión. 

12 de enero de 2017

Pliego nº 96


La fiesta II: Cristo, nuestra Fiesta! 


Qué difícil es definir la fiesta. La fiesta es algo que todos hemos experimentado alguna vez, pero en lo que raramente pensamos. Más aún, es difícil encontrarse en disposición festiva y, al mismo tiempo, pensar en ella. La fiesta es un talante del espíritu y está envuelta de misterio, nos desborda y trasciende. Por esto la fiesta no puede terminar de describirse conceptualmente. 

Definimos la fiesta como la manifestación de la alegría. Pero no cualquier alegría; sino la alegría del acontecimiento Cristo vivido en mí. Y esta vivencia interior –por desbordamiento– se manifiesta al exterior. Ser otro Cristo, esto es fiesta. La plenitud de la fiesta es la Trinidad. De ahí que la fiesta no se sitúa en el plano meramente del hacer, sino del ser. Por eso, antes de pensar en cómo hacer fiesta, será importante ahondar en cómo vivir en fiesta. La vocación del hombre a la fiesta no es una vocación en el ámbito del hacer, sino del ser. 

La fiesta no puede vivirse si no es desde la aceptación gozosa de la realidad de lo que se es –seres creados, finitos y contingentes–; de otra manera, la fiesta será evasión, distracción, huída, u ocasión para el consumo y el exceso. Por eso, la aceptación gozosa de la contingencia, lejos de ser un obstáculo para la fiesta, es su fundamento más íntimo. 

En el Antiguo Testamento, la fiesta no es sólo algo bueno para el ser humano, sino que es un mandato del mismo Yahvé. La fiesta vivida en el pueblo de Israel como memoria, profecía y acción de gracias; en Jesús llegan a plenitud. Jesús es realización de reino, y es gozo por la redención ya obrada. En el Nuevo Testamento el ser humano, pasa de celebrar fiestas, a vivir en fiesta. 



El reino que proclama Jesús no es sólo una realidad escatológica, sino también presente: Cristo es la realización del reino. Jesucristo –a quién Dios resucitó por la fuerza de su Espíritu–, está vivo entre nosotros. Y esto, tiene repercusiones en nuestra vida: los hombres podemos, no sólo participar, sino vivir en fiesta, en la fiesta que es la vida en Dios. Un Dios que es comunidad de amor, un amor cuya plenitud es fiesta. La fiesta es el dinamismo de la Trinidad, dinamismo tanto interno como externo: ad intra, en la perfecta comunión en el amor; ad extra, en el don gratuito a los hombres del Amor, manifestado en la creación y la redención. 

Para los cristianos la posibilidad –o no– de vivir en fiesta es crucial; pues el núcleo de la fe cristiana es que Dios, no sólo es salvador del hombre, sino que la salvación la ha llevado a cabo encarnándose. La posibilidad de vivir en resucitado –de vivir en fiesta– no es sólo una promesa escatológica, sino una posibilidad ya aquí en la tierra. El seguimiento de Cristo en la tierra, acompañándolo en la construcción del reino, es fuente de alegría y gozo. Construir el reino en la tierra, vivirlo aquí –aunque sea de manera no plena–, es fiesta. Esto nos lleva a afirmar que si la concreción del programa del reino en nuestra vida no es fuente de alegría y de gozo –aunque sea limitado–, tampoco lo será en su consumación final escatológica. Uno –el más acá– y otro –el más allá– forman parte de la misma oferta de Salvación, son obra del mismo Amor. 

Partiendo del relato joánico de las bodas de Caná (Jn 2,1-12) podemos ver como María señala un ministerio propio de la mujer en la comunidad en relación a la fiesta: llevar a los hombres a Cristo. Este mismo ministerio reciben las santas mujeres en la madrugada de la resurrección (Mc 16,7; Mt 28,7). Son las mujeres las que reciben la misión de llevar a los discípulos al encuentro del Resucitado: «Id enseguida a decir a los discípulos que vayan a Galilea, allí lo verán». Las mujeres, apóstolas de los apóstoles; por eso son promotoras de la fiesta, porque tienen el carisma de señalar dónde encontrar a Cristo resucitado. 

La Iglesia es comunidad en fiesta en tanto que es sacramento de la presencia de Cristo en el mundo. Presencia actualizada por el Espíritu Santo y que es el fundamento de alegría y gozo en medio de un mundo con injusticia y pecado. La Iglesia es signo e instrumento de la fiesta. Tiene la misión por un lado, de vivir la fiesta; y por otro, de proclamarla, convocando a toda la humanidad a la fiesta de vida en Dios. Es el mismo doble movimiento que significa ser signo e instrumento. Las dos vertientes van juntas, una no puede darse sin la otra, aunque el vivir la fiesta sea origen. No se puede proclamar lo que no se vive, y si lo que se vive se encierra y no se proclama, termina por secarse. Por otro lado, si la Iglesia dejara de salir hacia fuera, si dejara de proclamar y convocar a la fiesta que vive en su interior, dejaría de ser católica –universal– y apostólica, pues es precisamente su condición de evangelizar –de proclamar y convocar a la fiesta– la que está llamada ante todo a continuar. 

Maria Viñas
Barcelona (España)


Atisbo




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12 de diciembre de 2016

Pliego nº 95


La fiesta I: La fiesta, eclosión de lo humano


A lo largo de más de 20 años de trabajo por la paz, me he dado cuenta de que la paz, en sí misma, no basta. No es suficiente para el ser humano. La paz es necesaria, sí, pero como paso intermedio. Pero la paz no es el fin, sino la fiesta.


Por ello me propongo realizar una serie de tres artículos sobre la fiesta, empezando por la dimensión antropológica de la misma.

Una sociedad que vive en paz, pero no festeja, fácilmente acabará por hacer la guerra ni que sea por aburrimiento. La guerra y la fiesta tienen características comunes, pero los efectos de una y de otra son contrarios. En la fiesta se dan, pero en positivo, las mismas características que hacen atractiva la guerra: hay creatividad, sorpresa, emoción, novedad, compañerismos profundos, un vivir siempre alerta, en tensión... saboreando minuto a minuto el milagro de vivir y el esfuerzo e inventiva necesarios para solucionar en cada momento lo imprevisto. Tanto en la guerra como en la fiesta se vive la fraternidad entre gente diversa: se anulan clases sociales, generacionales, pobres y ricos, todos unidos por un mismo fin. 

El ser humano necesita momentos de fiesta dentro del ambiente de paz. Sin paz no puede haber fiesta, pero sin fiesta la paz se deteriora. La fiesta hace más duradera la paz, la consolida y es, también, su seguro. Por eso decimos que lo contrario de la guerra no es la paz. La paz es un paso necesario, sí, pero el ser humano ha de desembocar en fiesta.

La fiesta es la eclosión de lo humano. El ser humano, por su misma naturaleza, es una criatura que no sólo trabaja y piensa, sino que canta, baila, reza, cuenta historias y festeja. Es –en palabras de Harvey Cox– homo festivus. La actitud festiva, rompiendo las rutinas y abriendo al hombre al pasado, amplía su experiencia y lo abre a un futuro mejorable. El talante festivo capacita al hombre para experimentar su presente de un modo más rico, gozoso y fecundo. El hombre industrializado ha comenzado a perder en los últimos siglos su capacidad para la fiesta. Esta pérdida tiene efectos desastrosos para su «humanidad»: lo deforma, privándole de un elemento esencial de la existencia humana, y le quita un medio crucial de captar el importante puesto que ocupa en la comprensión del destino de la Creación. Esta pérdida tiene carácter personal, social y religioso. Si el hombre del siglo XXI no recupera sus facultades festivas, el resultado será desastroso: el núcleo de la visión cristiana del hombre y del mundo quedará destrozado, y sin esta visión, la humanización del hombre quedará gravemente comprometida.

Maria Viñas
Barcelona (España)

Atisbo



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12 de noviembre de 2016

Pliego nº 94

 

Una mujer que revela el rostro misericordioso de Dios

 

Estamos terminando el Año Santo de la Misericordia. El Jubileo comenzó el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción y terminará el 20 de noviembre de 2016 con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. En este Jubileo el Papa Francisco nos dice que: “estamos llamados a vivir en misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia” (El rostro de la misericordia, n° 9).


A lo largo de la historia, son muchos los hombres y mujeres que a través del testimonio de su vida, han mostrado el rostro misericordioso de Dios. Quisiera compartirles algunos rasgos de una gran mujer estadounidense, que reveló a través de su vida al Dios misericordioso: Santa Catalina María Drexel. Nació el 20 de noviembre de 1858 en Filadelfia. Su padre era banquero. Su familia era de las más ricas del estado de Pensilvania. Catalina creció con él, con la  segunda esposa de éste (la mamá de Catalina murió al nacer ella), y sus dos hermanas. Su papá y su esposa les dieron a ella y a sus hermanas un ejemplo de amor y de generosidad. En este ambiente, Catalina creció.

Catalina visitó algunas reservas de nativos americanos, en el lejano oeste. Pudo ver la situación de injusticia en que estas personas vivían. También viajó hacia el sur de los Estados Unidos donde pudo ver la dura situación de los afroamericanos. A pesar de haber sido abolida la esclavitud, éstos seguían trabajando en las plantaciones, mal pagados, sin derechos, sin instrucción ni asistencia sanitaria, viviendo una dura segregación racial. Esto impulsó a Catalina a abrir algunas escuelas para estas personas que ella veía tan marginadas.

Al mismo tiempo, Catalina, empezó a tener un deseo interior de ser religiosa contemplativa y se lo planteó a su director espiritual quien le sugirió permanecer como laica hasta que viera claro lo que quería hacer. Ella se dijo a sí misma, que fuera de un convento, podía consagrarse a Dios y dedicarse a los pobres y marginados, cosa que hizo, entre otras cosas, con la apertura de escuelas.

Catalina estaba contenta, pero veía también que ella sola no bastaba para esta tarea: la mies era mucha... En 1887, Catalina hizo una peregrinación a Roma y tuvo ocasión de tener una audiencia con el Papa León XIII. Ella le comentó la gran necesidad de que en Estados Unidos hubiera misioneros católicos y le pidió enviara misioneros. El Papa le dijo: Usted puede ser misionera. Catalina no había pensado en una vida misionera para ella, pero las palabras del Papa le abrieron perspectivas que antes no había imaginado. Entró en una congregación religiosa donde hizo su noviciado. Después de dos años se dio cuenta que aquel no era su camino. En 1891, con otras 13 jóvenes, fundó una nueva familia religiosa, con el nombre de Congregación del Santísimo Sacramento para los indígenas y gente de color. La referencia a la Eucaristía, era para recordar que Cristo se dio a sí mismo para ser alimento para todos sin discriminación de personas.  En 1925, Catalina fundó la Universidad Xavier, la primera institución de estudios superiores de Estados Unidos destinada a los afroamericanos.

Las religiosas fueron con frecuencia perseguidas por considerar a los afroamericanos e indios americanos seres humanos, con los mismos derechos, y como hijos de Dios.

En 1935 Catalina sufrió un fuerte ataque de corazón que disminuyó sus capacidades físicas al inmovilizarla casi totalmente. Esto le permitió dedicarse a algo que hacía mucho deseaba y no siempre las actividades se lo permitían: una vida de oración y contemplación. Murió el 3 de marzo de 1955 a la edad de 96 años.

Catalina escuchó al huésped interior, el Espíritu Santo, que la condujo hacia dónde encarnar el rostro misericordioso de Dios, a través de su vida y la de sus hermanas de comunidad: entre los nativos americanos y los afroamericanos.

Que hermoso mosaico, el que forman tantos hombres y mujeres que encarnan de tan diversas maneras, la misericordia de Dios.

María de Jesús Chávez-Camacho P
Pineda de Mar (España)

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Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

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12 de octubre de 2016

Pliego nº 93


Las bienaventuranzas y la misericordia


El papa Francisco en la bula de proclamación del jubileo extraordinario de la Misericordia define Misericordia como “la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado” (1)

Ahora bien, si la Misericordia es el acto último y supremo, es decir, Jesucristo, "el rostro de la misericordia del Padre" (2) expresión humana, encarnada de Dios; las bienaventuranzas son, en palabras de Bruno Forte, "como la biografía del Hijo de Dios [...] porque sólo en él cada una de ellas encuentra su realización plena y completa", o lo que es lo mismo, son criterios de vida exigentes, los cuales se deben entender y vivir en los diferentes contextos en los que la vida de los hombres y mujeres de este tiempo transcurre, son la escala de valores de Dios.


Tomando como base el relato evangélico de S. Mateos, una posible lectura podría ser:

BIENAVENTURADOS los que son POBRES EN ESPÍRITU. No se trata de hacer apología de la pobreza y de fundamentar la felicidad para los pobres tan solo en un futuro escatológico, en la vida eterna; sino de reconocer que son pobres en espíritu todos aquellos que, guiados por el Espíritu de Dios, reconocen que son simples administradores de los bienes que se deben poner al servicio del bien común a imagen de Jesús (Hch 10,38).

FELICES los que LLORAN porque aman mucho sin esperar nada a cambio, a imagen de Jesús en la tumba de Lázaro (Juan 11,35). Bienaventurados los que saben superar las dificultades, las injusticias, los sufrimientos propios de la vida a imagen del Maestro. Porque  su dolor, su sufrimiento, las injusticias que padecen, su llanto son una ofrenda de amor a los demás, al igual que Su entrega por todos, para que “no se pierda nada de lo que me ha dado, sino lo resucite el último día” (Jn 6,39).

BIENAVENTURADOS los HUMILDES / los MANSOS ya que son los imitadores de Aquel que era “manso y humilde de corazón” (Mt 11,28), es decir, los que optan por la no-violencia llegando a ser capaces de romper con las cadenas de la violencia (física, verbal, psicológica), y de muerte. “A cualquiera que te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Y al que quiera llevarte a juicio y quitarte la túnica, déjale también el manto. A cualquiera que te obligue a llevar carga por un kilómetro, ve con él dos“ (Lc 5, 39- 41).

FELICES los que tienen HAMBRE y SED de JUSTICIA. El hambre y la sed sitúan al ser humano dentro de los límites de sus capacidades físicas. Serán saciados todos los que verdaderamente estén hambrientos y sedientos de un mundo más justo, más digno, más verdaderamente humano. Sabemos que si buscamos primero el Reino de Dios y su justicia “todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33).

BIENAVENTURADOS los MISERICORDIOSOS, es decir, los  imitadores de Jesús, los que tienen un corazón compasivo, un corazón capaz de un amor que viene de las entrañas, un corazón que siempre está disponible para acoger a todos, a aquellos que reconociendo que están fuera, lejos de la casa del Padre, hacen un camino de retorno, de conversión. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6, 36).

FELICES los PUROS de CORAZÓN, los que pueden ver y leer la realidad no con los ojos de la carne, sino con los ojos del corazón.

BIENAVENTURADOS  los que PROMUEVEN LA PAZ, constructores de puentes y no de muros entre todos, en la relación diaria con su cónyuge, con los hijos, vecinos, compañeros de trabajo y de ocio.

FELICES los que son PERSEGUIDOS POR CAUSA DE LA JUSTICIA. A imagen de Jesús todo aquel  que busca la construcción del Reino a través de actitudes no-violentas, pone en cuestión las estructuras injustas sobre las que se construye la sociedad a la que pertenece, e inevitablemente, será objeto de persecución. (Mt 26,59).

BIENAVENTURADOS los que siguen e imitan a Jesús, rostro de la misericordia del Padre.




[1] Misericordiae Vultus, BULA DE PROCLAMACIÓN DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA. Papa FRANCISCO

 [2] Ibidem.
 
Francisco Bártolo
Matosinhos (Portugal)

Atisbo





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