12 de enero de 2010

Tan sólo ser un instrumento tuyo


El Espíritu Santo sopla sobre todos. Obra sobre todos los hombres que se dejan llevar por Él, aunque ni sean cristianos ni sean nada, pero sienten en su corazón que desean ser buenos, y desean ser al servicio de los demás, es decir, que son buenos. El Espíritu Santo obra en ellos.

Obra, cómo no, en los cristianos fieles, porque se puede ser cristiano pero muy poco fiel, muy poco abierto al Espíritu Santo. Y, cómo no, sobre la jerarquía; a veces nosotros, desde nuestros puntos de vista que creemos sinceramente acertados, pues podíamos pensar un poco que si uno pudiera hablar con el obispo, le diría que él debería hacer esto o lo otro, y cuánto más si pudiéramos hablar con el Santo Padre, en decirle que él debería tomar tal o cual medida oportuna. Pero es una pérdida de tiempo inútil ésta, porque no es asunto mío éste. Ya el Espíritu Santo, ése sí que es problema suyo inspirarlos a ellos. No es asunto mío, es asunto del Espíritu Santo, que inspira a todo el mundo. Pero, lo mismo digo, también nos inspira a nosotros, porque somos seres humanos y queremos ser hombres de buena voluntad, porque además somos cristianos que deseamos ser fieles. Y tercero, porque estamos juntos aquí, y “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy para enviaros precisamente al Espíritu Santo”. Y con la fuerza del Espíritu Santo nosotros podemos pensar algo. Y en el fondo deseamos ser instrumentos suyos.


Con esta idea, se me ocurrió este soneto que escribí el otro día, para decir que queremos ser instrumentos de Dios. Pero, claro, Dios lo que quiere es que seamos instrumentos, no como un lápiz que yo utilizo y es un instrumento, y el lápiz escribe lo que yo quiero, pero un lápiz se deja llevar pero no tiene inteligencia, no tiene libertad; si acaso tuviera sensibilidad, diría que qué remedio, que ahora se tiene que mover, tiene que apretarse contra el papel, y lo haría a fuerzas, a rastra, y sería aburrido para él, porque lo que escribe ni le va ni le viene. Nosotros somos instrumentos, y sabemos que no somos más que instrumentos, no somos dioses. Pero Dios quiere que seamos instrumentos, precisamente, seres humanos, vivos, inteligentes, y que por lo tanto nuestra colaboración a Él siendo instrumento ha de ser un gozo inmenso, y que lo hagamos felices, y que solamente así podamos ser instrumentos buenos de Dios. No instrumentos como un lápiz que se deja llevar. No, no servimos así, sino que somos inteligentes, libres, llenos de libre voluntad para querer ser instrumentos libres. El soneto dice así:

Tan sólo ser un instrumento tuyo.
Eso es lo único que yo deseo.
Cuanto más viejo aún mejor lo veo.
Cada día que pasa, más lo intuyo.

¿Por qué a veces, con miedo grande huyo
de hacer tu voluntad si claro leo
es lo más óptimo y hasta entreveo
lo es para ambos? ¿pues por qué rehuyo?

Aquí, en este cuarteto es lo que yo desearía ser, mansamente, humildemente, un instrumento en su mano, pero todavía aquí yo me concibo como un instrumento como puro lápiz, un instrumento así, sin libertad, para pasar al segundo terceto y decir que así no es, es de otro modo.

¡Ser lápiz en tu mano al describirte!
Y entre los otros, voz para explicarte.
Mi alma contigo, pueda algo decirte.

Mas sé también que quieres mi albedrío;
sea con gozo cuanto pueda darte;
no a rastras y a la fuerza y con hastío.

Ser lápiz en tu mano al describirte. Malo, o sea, decir que quiero ser un instrumento tuyo, abandonado, como un lápiz, y escribo, bueno, un lápiz escribe cosas de Dios pero las escribe Dios, pero yo las escribo con mi punta de lápiz pero yo no intervengo.

Y entre los otros, voz para explicarte, sí voz, pero bueno, es Él, yo instrumento, dice por mi voz lo que quiere.

Mi alma contigo pueda algo decirte. Aquí ya es un puente en que ya me siento un poco más sujeto con Él y decirle algo a Él, ahí ya esto es una transición, pero el segundo terceto es lo que es verdad: Mas sé también que quieres mi albedrío. Que yo sea un instrumento muy especial lleno de libertad, de iniciativa, de colaboración, de aportar todo lo que yo pueda. Sea con gozo cuanto pueda darte. Que me alegre profundamente, no como el lápiz. No a rastras y a la fuerza y con hastío. Un instrumento así no sirve para nada, sino que he de estar lleno de gozo en todo aquello que yo pueda dar, que sea con gozo. Una sintonía viva de Dios y nosotros.

Alfredo Rubio (1919- 1996)
España


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