12 de diciembre de 2015

Pliego nº 83


Lo mejor será que bailemos

 

A modo de algoritmo social, ante un estímulo, un problema, esperamos un conjunto finito de respuestas, de soluciones. Nos otorga firmeza controlar la situación, categorizando los elementos que intervienen en lo cotidiano, para no llevarnos sorpresas -¡como si no existieran sorpresas agradables!-. Atender todas las posibilidades, buscar la más óptima o marcar un itinerario bien seguro, no dejan de ser prácticas necesarias, en cierto grado, mas requieren humildad ante lo que de imposible entraña contemplar y abarcar todos los escenarios. No existen categorizaciones completas ni justas, porque en lo diverso, siempre queda alguien o algo fuera.

Ante esta realidad, es oportuno liberarnos de prejuicios que no dialogan con el día a día, dado que la riqueza profunda y certera de la diversidad nos introduce en un mundo cargado de entusiasmo y empatía. En lo social, no suelen existir  grandes teorías omniabarcantes que todo lo contemplen, sino más bien implícitas adaptaciones personalizadas a lo que vaya surgiendo. 

Puede ocurrirnos esto mismo con Dios. Conforme lo vamos conociendo, más queremos profundizar en El y, a la vez, más se nos escapa de nuestras previsiones o categorizaciones. Esta falta de control no es negativa. Todo lo contrario, es real y nos sitúa en una postura verdadera, pues no se puede encerrar aquello que es libre. La caridad es aire que está en todo, que vuela. Es libre, fresca, nueva, limpia y nos hace bailar, en movimiento armónico, al compás de la vida.

Indudablemente, esta ingravidez puede generarnos cierta inestabilidad, pero realmente la vida no es estable. Esta idea de estabilidad es tan sólo una convención útil, puesto que no es posible escapar del tiempo y, a cada instante, lo nuevo y cambiante emana. Tan solo nos sirve como referencia a algo más que está cambiando, a otras situaciones, a otras sociedades. Como comparativa pedagógica, nunca como fin ha de contemplarse lo estable. Por ello, llevar a cabo este cambio de paradigma en lo relativo a seguridad, liberándonos del miedo generado por la falta de control, es condición sine qua non para amar en caridad.

Esta expresión de Dios hacia todos, esta caridad, siempre es fiel y está dispuesta a seguir siendo caridad en todo momento, sin cansancio, sin pesar. Es por ello, porque no es exclusiva, que en caridad no hay lugar para los celos, debido a que la ternura de la caridad  no resta, sino suma. A todos contempla, atiende, comparte y se reparte, lejos de lo que suela divulgarse sin delicadeza a los más jóvenes, señalando que los celos son una expresión de amor. La falta de seguridad y confianza, el miedo a perder lo que se aprecia, no es amor sino egoísmo encubierto en tanto en cuanto no se busca el bien del otro sino la supuesta alegría – ya que acaba generando angustia y obsesión - de uno mismo al acaparar, al querer tanto ser especial para el otro como alejarnos de la soledad no deseada. Cuando se ama en caridad, se es amable con todos porque este amor de cielo en la tierra no tiene ninguna pretensión, unicidad ni objetivo, más allá del ser entrega.

El pensador Karl Marx sugería que si al amar no se despertaba amor, si no se daba reciprocidad, nos encontrábamos ante un amor impotente, una desgracia. Puede ser que el  amor necesite unos mínimos de estimulación, pero la caridad no exige retorno ni busca trueque, no espera aunque mantiene la esperanza en que este milagro de entrega se siga dando en otros y se alegra porque, de producirse, es un bien en sí mismo para aquel que se lanza a experimentarlo..

No es que sea ingenua la caridad y el amor yazga insensato; no es que la caridad sea totalmente ciega y obvie la realidad. Más bien, esta acoge, disculpa y transforma lo que de negativo haya para convertirlo en nuevo. La caridad no es que no entienda lo que le ocupa al otro, su postura con razón, la rabia sufrida o la impotencia ante un hecho objetivamente nocivo, sino que potencia, abre puertas, no queda girando en torno al problema porque se lanza a nuevos horizontes más profundos, más íntimos y auténticos, con un lenguaje compartido por todos, que busca lo que une.

Decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, porque si nuestra máxima es este estilo, lo más complicado que nos encontremos se llevará a cabo con la mayor naturalidad posible  y el qué quedará asumido por el cómo. 

Así, se deja de palabrería y entra en acción.

Sara Canca
Cádiz, (España)


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan (Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión. 

12 de noviembre de 2015

Pliego nº 82



Ultimidad y Misericordia


El Papa Francisco a lo largo de su magisterio nos ha hablado reiteradamente de las periferias existenciales, las periferias humanas. Y pensamos en aquellos que viven en alguna situación humana extrema, en la que la sociedad los margina. Podemos correr el riesgo de creer equivocadamente que esas realidades son ajenas a nosotros o que no hay nada que podamos hacer para cambiar la situación.

Ahora el Papa nos convoca a celebrar un Año Santo de la Misericordia. Para ello, ha redactado una bula titulada “El Rostro de la Misericordia” (Misericordiae Vultus – MV), en la cual nos dice que “Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad; es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro” (MV 2). Se manifiesta así, una relación directa entre Dios y la persona. Y añade el Papa más adelante en ese mismo numeral que, la “Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida” 

Vemos pues, que la misericordia no es un hecho que únicamente se aplica a la relación de una persona con Dios Trino, sino que también la misericordia está llamada a realizarse en la creación de vínculos de fraternidad entre las personas. 

En el camino de nuestra vida nos habremos encontrado con personas que pueden estar viviendo en una situación de periferia humana, una situación en que son los últimos, que claman acompañamiento y ayuda. O también, podemos ser nosotros los que clamamos por ese auxilio. 

Vivimos en un mundo que va demasiado a prisa, entre necesidades, anhelos, responsabilidades y también banalidades y frivolidades… muchas veces sólo sabemos que vamos, pero hasta hemos perdido el rumbo profundo que nos debiera motivar; a ese ritmo, si mínimamente tenemos bajo control nuestra vida, ¿cómo podremos encontrarnos con la mirada del otro? 

Debemos hacer un alto, un alto sosegado y abandonado, “olvidado de todo, hasta de mi cuerpo” (Mística natural de la humildad óntica, Alfredo Rubio de Castarlenas) y así entrar en la profunda constatación de que ¡somos, existimos! y de que nuestra vida es el regalo más maravilloso que hemos recibido de Dios. 

Si logro deshacerme de todo, desinstalarme para que brote en mi ser esa humildad óntica que me lleva a postrarme ante el Misterio, entenderé que mi ultimidad no es solamente aceptación de mis limitaciones, sino que también ha de manifestarse en el servicio a los demás. La humildad óntica me hace constatar mi humanidad, mis limitaciones, mis pecados, mi necesidad de conversión; pero también me pone delante del amor y la misericordia de Dios que no conocen límites. Es importante buscar “encontrarme con el misterio de la misericordia, que es fuente de alegría, serenidad y paz.” (MV 2)

Desde mi ultimidad soy capaz de reconocer no sólo que soy, que existo, sino también que tengo necesidad de la misericordia de Dios y que debo abrir mi corazón para llenarme de su consuelo y perdón. Y eso está bien, pero es sólo la primera parte de la ultimidad. La ultimidad quedará plenamente realizada cuando se convierta en servicio a los demás, cuando entienda la ultimidad del otro, sea capaz de perdonar y me ponga a su servicio. Si puedo constatar que mi vida es un don de Dios, así también podré entender que cada ser humano es un don de Dios, que su existencia no me es ajena, que somos hermanos en la existencia y que sus necesidades deben cuestionar mi potencial de ultimidad. Hacerme último, entrar en proximidad con el último, con el más necesitado de la misericordia del Padre.

Dios nos quiere libres, nos quiere felices y entre nosotros podemos ayudarnos a conseguir esa libertad y esa felicidad, si somos misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso. (cfr Lc 6,36)  Es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: “La felicidad está más en dar que en recibir”. (Hch 20,35) 

El Papa Francisco nos invita a que durante este Jubileo hagamos eco de lo que Jesús nos dice y reflexionemos y vivamos las obras de misericordia corporales y espirituales. “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón” (MV 19)

El Año Santo de la Misericordia iniciará este año, el 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción y también 50 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. Finalizará el 20 de noviembre de 2016 con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Que sea este Jubileo extraordinario un incentivo para que desde nuestra ultimidad hagamos de la misericordia nuestro ideal de vida.

Patricia Castillo Ávila
(Guatemala de la Asunción) Guatemala


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


12 de octubre de 2015

Pliego nº 81


La hermandad existencial para mejorar la sociedad


Estamos en un mundo donde el concepto de la globalización se ha impuesto, generando el desarrollado de nuevos modelos, modificaciones en los fundamentos culturales y sobre todo actitudes vitales distintas frente a los nuevos acontecimientos. Vivimos en un mundo donde los valores líquidos, la hiperconectividad y la incertidumbre son el paradigma que gobierna la manera de responder y actuar de las personas.

A pesar te conocer realidades globales, es cierto que estamos frente a desarrollos y crecimientos  dispares, esto nos permite saber de la existencia de realidades muy distintas en gran parte del mundo. Después de algunos años anclados en la globalización donde fenómenos como la deslocalización, la conectividad, el desequilibrio y la disparidad, han producido una reacción hacia la localización. fruto de las necesidades locales han surgido proyectos liderados por personas que han generado una red local fuerte y solida que ayuda a construir y consolidar grupos y sociedades desde el ámbito local. Uno de los retos actuales es cómo enlazar las dos redes, por un lado las grandes empresas multinacionales globales y por otro, el conjunto de proyectos locales.

Es inherente a la persona mirar su realidad, desde la voluntad de evolucionar y crecer en distintos ámbitos del ser. Algunos aspectos que han variado estos últimos años son entre otros, la variedad de empleos, los nuevos perfiles profesionales que varían de manera constantes, el estar distintas empresas a lo largo de nuestra vida profesional, la posibilidad de un desplazamiento geográfico por distintos motivos o la volatilidad en nuestras relaciones. Todas ellas son aspectos que configuran esta sociedad, llamada líquida en donde nos movemos.

Podríamos seguir enumerando un listado de aspectos que han cambiado consciente o inconscientemente en la realidad de cada individuo. Pero existe una máxima en las personas, y es, la voluntad de avanzar hacia delante, de dar nuevos pasos, a menudo sin saber hacia dónde, pero sigue existiendo una curiosidad innata en el hombre.


Quizás a esta altura, deberíamos preguntarnos hacia dónde están dirigidas estas inquietudes?.

La visión de querer dejar un mundo mejor del que hemos encontrado cubre las expectativas de nuestras inquietudes. Es cierto que dentro de esta nuevo paradigma de la innovación se ha introducido con mucha fuerza, la voluntad de un mundo mejor, poniendo como bandera la posibilidad de encontrar el bien común.

Dónde cimentamos nuestro trabajo por el bien común?


El primer polar que encontramos es la evidencia de existir. Todo hombre y mujer comparte el existir, el ser, y por el sólo echo de existir ya es suficiente argumento para poder trabajar, a pesar de la diversidad cultural, racial, lingüística, por el bien común de la persones, de los grupos y sociedades. Este bien común nos acerca al otro, nos facilita la generación de vínculos personales, con aquellas personas con las que comparto la existencia. Estos vínculos son generadores de compromiso corresponsables de las realidades que vivimos.

Un segundo aspecto que puede reforzar este esfuerzo por el bien común, es la actitud vital de cada individuo frente a la realidad que le tocado afrontar. Podemos vivir desde una resignación pasiva por estar inmerso en una realidad no deseada, o por el contrario vivir desde el agradecimiento de la oportunidad de existir y compartir con otros existentes, para poder hacer realidad todo aquello que aporte valor al bien común. Aquí es donde no podemos eludir nuestra responsabilidad personal, en el compromiso de decir si o no a vivir en profundidad la hermandad existencial, y por tanto comprometernos con aquello que somos y vivimos, o bien dejamos pasar esta oportunidad sin ser corresponsable con aquello que nos ha tocado vivir.

Nacemos en la gratuidad, sin haberlo ni tan siquiera pedido, crecemos y vivimos con la capacidad de actuar de manera corresponsable con la realidad individual, y morimos cuando menos lo deseamos. Con nuestra actitud vital, definiremos como hemos entendido esta realidad limitada y maravillosa del hombre. De nosotros dependerá que esta hermandad existencial sea una oportunidad para ser capaces de mejorar nuestra sociedad primando el bien común.


Ignasi Batlle
Barcelona (España)

Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

12 de septiembre de 2015

Pliego nº 80


Yo y el prójimo: justicia y misericordia


Hace poco tiempo pude contemplar un rio europeo: el Danubio. Un rio de gran caudal. Muy largo con casi tres mil kilómetros; es el rio más largo de la Unión Europea; cruzando Europa de oeste a este. Nace en la Selva Negra de Alemania, hasta el Mar Negro en Rumanía. Es navegable y tiene una anchura de unos doscientos metros, especialmente en su tercera parte final.

Para los que no habíamos visto esta inmensidad de agua que transcurre plácida y constantemente, nos sorprende su abundancia. Es exuberante, especialmente cuando lo comparamos con los ríos de algunos de nuestros países en los que transcurren unos ríos muy pequeños.

De una manera parecida nos sucede con la Misericordia. Podemos contemplar la Misericordia de Dios y la misericordia que manifestamos los humanos. (Nótese el empleo de la mayúscula y minúscula). Pero es la misma palabra “misericordia”.

Así como existen estos ríos inmensos y otros más sencillos, de parecido similares son la Misericordia de Dios (infinita) y la misericordia de las personas (limitadas).

Y ¿cómo es esta Misericordia de Dios?

Miremos la Creación:

    (…) realizada con la Libertad libérrima --el buen deseo de Dios: “Y dijo Dios” (Gen 1,3...)—    inmensa y plena:
    (…) contemplemos los mundos, el universo, nuestra Tierra, todo lo que contiene: agua,     aire, vegetales, animales,… ¡el Hombre! (Hombre y mujer). 

Todo, hecho, creado, y sustentado para bien de la humanidad.

¡Qué inmenso panorama de amor concreto que Dios nos da para realizarnos en plenitud y dando sentido a nuestra vida!

Desde nuestro engendramiento hasta nuestro “broche de oro”, en nuestra muerte; realizándonos con nuestras penas y alegrías.

Y para colmo de su bien hacer, la puerta abierta de la Redención.

    Jesucristo nos lo ayuda a ver en plenitud: mirando a Dios como punto de llegada; compartiendo con los demás, como itinerario de amor. 


    Jesús nos lo dice con palabras textuales del Evangelio de Mateo (Mt 24, 25) en las Obras de Misericordia:

    “Tuve hambre y me diste de comer;
        …de beber;
            …me vestiste;
                …acogiste;
                    …me visitaste; …!
 
Dios nos lo da todo, como un gran rio.

Nosotros somos cual riachuelos, dando y compartiendo la escasa, pero suficiente, agua de la vida.

Y ¿qué decir de la Justicia de Dios y de la justicia de los hombres?

En el mundo bíblico, la Justicia de Dios ¿no es, acaso, la Santidad?
La Justicia de Dios y su Santidad es la plena realización de Dios en relación con la humanidad.

Y, analógicamente, guardando las distancias y las comparaciones, nuestra justicia ha de ser también plena.

Y la base de la justicia ¿no es acaso el amor? Sin amor no habrá nunca justicia (como se dice en el anunciado de este blog.

¡Pero no llegaremos al amor sin haber perdonado!

“Sed santos como yo soy santo” nos dice Dios en el Antiguo Testamento (Lv. 19,2) y todos estamos llamados a la santidad, tal como se nos propone en las Cartas del Nuevo Testamento  (Rm 1,7; 1Co 1,2; 2Co 1,1; Fl 1,1).

Un rio exuberante (Dios) que da agua a los afluentes, riachuelos, arroyuelos… (la humanidad, cada uno de nosotros).

José Luis Socías Bruguera

Barcelona (España)


Atisbo




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión. 

12 de agosto de 2015

Pliego nº 79


La belleza que nos conmueve


Muchos de nosotros recordamos el abrazo del Papa Francisco a un enfermo de neurofibromatosis, enfermedad que le provoca a este hombre de 53 años deformaciones en la cabeza, rostro, manos…

Quizá la primera impresión que nos produce la imagen sea de conmoción. Nos emociona este gesto de ternura y nos parece de una gran belleza.

Nos podemos preguntar ¿dónde reside la belleza de este abrazo a un hombre que sufre una terrible enfermedad que en muchas ocasiones lo que debe haber producido en la gente es repulsión?


La belleza de este gesto se encuentra en la misericordia del abrazo.

Este Papa, llamado ya el Papa de los gestos, abraza indistintamente a toda persona, por el simple hecho de que es. Tiene la capacidad de superar con gran libertad los estereotipos, los cánones de belleza que a menudo reducen la persona, para ver la belleza que se esconde en toda criatura, ya que toda criatura es bella porque es querida por Dios.

El sufrimiento en sí mismo, al desnudo, no nos parece hermoso, porque el sufrimiento reclama el ropaje del acompañamiento de los otros. 

El sufrimiento ajeno puede que nos revuelva las entrañas y que despierte en nosotros compasión, como aquel samaritano que iba por el camino que va de Jerusalén a Jericó. 

Pero probablemente a nadie se le ocurriría decir que la imagen del hombre apaleado en la cuneta del camino es bella. Sin embargo el relato bíblico desprende belleza en todas sus líneas. Aquel samaritano es capaz de ver más allá, su mirada es distinta a la de los otros que pasaron por allí que vieron pero continuaron sin más su camino. La mirada del samaritano era una mirada misericordiosa, capaz de conmoverse con el sufrimiento humano.

Es la mirada que mira con ojos de Dios, esa mirada que es capaz de transformar lo feo, un hombre apaleado en la cuneta de un camino, solo y desvalido, abandonado a su suerte; en algo bello, en un gesto de hospitalidad y de amor. La misericordia de Dios puede transformar lo feo en bello, el desamor en amor. Esta es la fuerza de Dios.

Pero volvamos al relato del samaritano. Lo hermoso en él, aquello que a nosotros nos conmueve cuando vemos esta escena, es precisamente esta hospitalidad y misericordia que nos muestra. Por eso nos parece bello y conmovedor. Por eso el abrazo del Papa del Papa Francisco a Vinicio también nos conmueve.

Si contemplamos con la mirada de los «pequeños» o de los «simples de corazón» entonces, un gesto de misericordia nos emociona, de la misma forma que nos emociona contemplar y deleitarnos con un amanecer o una puesta de sol siempre nuevas.

Tanto la belleza de la creación como la misericordia nos conmueven, mueven algo en nuestro interior. Tocan algo de muy profundo en nuestro ser, quizá porque conectan con Dios que habita en nuestro interior, en el  interior de toda persona.

Montserrat Español
Barcelona (España)



Atisbos





Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.


12 de julio de 2015

Pliego nº 78


De la verdadera y perfecta alegría


Una constante aspiración de las personas es tener no sólo paz en el corazón, sino también alegría, una chispeante vivencia que nos hace los días más gratos y se refleja en un ánimo positivo, en una facilidad para reír y para asumir los aspectos menos fáciles de la vida. Buscando ese cálido tono de ánimo, muchas personas corren de aquí para allá entre espectáculos, tiendas o viajes y pueden gastar grandes cantidades de dinero en ropa, tecnología, accesorios… y sin embargo continuar con un tono de ánimo tristón y desilusionado.

Así pues… ¿cómo se llega a la auténtica y profunda alegría? 

Aceptar la existencia tal cual es, es el primer paso. Sin éste, quizá nunca lleguemos a experimentarla.

La fe en Cristo es un don, un nuevo camino de alegría, una alegría progresiva. Desde esa muy visible en la conversión y el perdón, pasando por momentos más o menos duros pero también salpicados de gozo, hasta una alegría más honda, más duradera, más contagiosa aunque menos cascabelera. La perfecta alegría que sólo puede dar el Espíritu Santo.

Cuentan las fuentes franciscanas que cierto día Francisco, en Santa María de los Ángeles, llamó a fray León y le dijo:

– «Hermano León, escribe.» El cual respondió: – «Heme aquí preparado.»

– «Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría. Y refirió:»

«Viene un mensajero y nos dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es ésta la verdadera alegría.

Y también que todos los prelados de Francia, arzobispos y obispos; y hasta los reyes de Francia y de Inglaterra, han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.

O que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; o que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.

Entonces, ¿cuál es la verdadera alegría?

Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llego a casa, en un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones de agua congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.

Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco.

Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.

E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.

Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche. Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los apestados y pide allí.

Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma».

Esta encantadora y tremenda narración asegura que la perfecta alegría no viene de las buenas noticias externas, de los acontecimientos felices, de las propias capacidades, sino de una manera de vivir. Un modo de ser y asumir la vida que transforme el mal, la indiferencia y el desprecio, en amor y mansedumbre. Por eso dice San Pablo que “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Cristo”, que es el gran y único Maestro que nos enseña cómo transformar el mal en bien. Sólo asociados y unidos a Él, con el Espíritu Santo, podemos realizar este prodigio. Nadie con sus solas fuerzas es capaz de ello. La muerte de los mártires es justamente esto. ¡Y por ello están profundamente alegres y pueden cantar camino del martirio! Aunque padezcan dolor y rechazo, saben que son medios de Dios para que el Amor entre en el mundo.

Alfredo Rubio, cuando en 1994 padeció en Hermosillo (Sonora, México) un terrible infarto y una experiencia tremenda sobre la grandeza inabarcable de Dios, hizo varios descubrimientos sobre la alegría, en la línea de San Francisco.

El primero: no hay mapa. Para vivir según Cristo, después de su Resurrección y Ascensión al Cielo, no hay mapa; ya no podemos recurrir a modelos o instructivos. Hay que aprender a dejarse llevar por el Espíritu Santo siendo llamas de caridad en medio del mundo.

El segundo: supone soledad. Ser llamas de caridad implica una gran soledad interior porque la gente, ante la llama, teme quemarse y con frecuencia se aleja. 

El tercero: que varias llamas juntas forman un centro más luminoso de Espíritu Santo y son mayor testimonio y viven una mutua compañía muy honda.

El cuarto: el “humus” del sufrimiento. Alfredo señalaba que debemos hacer unas “ciudades de la alegría”, lugares donde las personas se amen, lo cual se hace visible en cuidar a los ancianos con alegría (4M). Esas ciudades o pueblos de la alegría, llenos de zonas verdes, de hierba y árboles frutales, se construyen sin embargo sobre el humus de un enorme sufrimiento: el del silencio de Dios, y de los santos; el desierto, el abandono de Dios. Aquí las palabras de Alfredo Rubio: “Pero resulta que hay una alegría nueva de Espíritu Santo que solamente viene, será fecunda y esas ciudades construidas después de una probación terrible de soledad, de sequedad, de falta de la más mínima agua de bautismo, de presencia, de ternura, de compañía, de nada”

San Francisco vivió dos años de sequedad, soledad y silencio de Dios; una experiencia terrible antes de recibir el don de configurarse con Cristo crucificado, durante su estadía en La Verna, con los estigmas visibles.

Alfredo Rubio señala eso mismo como camino inevitable hacia la perfecta alegría: la de transformar todo mal en bien, toda pena en amor, todo sufrimiento en luz. Lo importante no es el sufrimiento. Lo importante es el amor y la confianza en Dios aún en esas tremendas circunstancias.

Y así, llegamos a la plaza de la perfecta alegría. Que es contagiosa y da luz.

Leticia Soberón
Madrid (España)

 

Atisbos



Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
 

12 de junio de 2015

Pliego nº 77


Solitud y amor benevolente

“…si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres; luego ven y sígueme”. El joven rico cumplía los mandamientos, era un buen judío, una buena persona. Jesús le pide algo más. Muchos nos quedamos también a medio camino de la vida cristiana. Detenidos en el martes santo, no damos el salto al vacío que significa dar la vida, morir al ego, abnegarse, dejarse llevar por el Espíritu Santo.

Es necesario seguir un itinerario de purificación y crecimiento en el amor y, al mismo tiempo, de abajamiento para poder llegar a la verdadera humildad. Entrando, día a día, en ese sagrario del Padre, que es la estancia vacía de la soledad y el silencio. Soledad y silencio donde se forja la unidad y sintonía con Dios. Ser uno/a con Él. Contemplar la creación, Su creación. Entrar, cerrar la puerta, bajarse del tren, bajarse del tiempo  y anclarse en la eternidad. Se entra en conexión con Dios, creador de la historia. En ese “estar”, en ese “permanecer” en Dios, vas siendo una, uno con Él, una sola voluntad, una sola libertad. Unidad sin fisuras con Dios que ama a los enemigos y hace llover sobre justos e injustos. 



En la soledad y el silencio, Dios ordena nuestro caos interior y de ese modo es como podemos ver la realidad tal como es e intervenir en ella con audacia, esperanza y amor. La misión surge de la contemplación. No es porque sí que Sta. Teresa del Niño Jesús, sin haber salido de su claustro carmelitano, fue nombrada patrona de las misiones junto a San Francisco Javier.

Pero aún hay un paso más, más bien un salto cualitativo, en ese itinerario de vida cristiana y de aceptación de la existencia. Jesús, clavado en la cruz, vive la más gran solitud y desamparo: “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Antes sufrió el abandono de sus más cercanos, los apóstoles, en Getsemaní, la traición de Judas,  la negación de Pedro, tres veces… Hay momentos en la vida en que la soledad ya no es esa soledad buscada, anhelada, acariciada, sino que se convierte en solitud. Hay muchas y diversas solitudes a lo largo de la vida. Aceptar la existencia implica también aceptar estos momentos o etapas de aridez, de despojamiento. Bien decía Alfredo Rubio que “no es sino desde la solitud que puede comprenderse y vivirse plenamente la humildad óntica. Esa pobreza de respetar a los demás es aceptar incluso que a uno le abandonen, le ofendan, le olviden… Es en realidad una gran pobreza: si lo de más valor en el mundo son las personas, la pobreza que consiste en no poseer, en grado mayor es no poseer personas, no tener a nadie “tuyo”… Esta indocilidad de los demás es una purificación que hay que pasar para llegar uno a la completa docilidad al Espíritu”.

Transitar por estas estepas de solitud implica un abandono aún más hondo de plena confianza en Dios. Estas solitudes no están exentas de sentido. Nos purifican y nos ayudan a acercarnos y a entender más a los pobres, a los marginados, a los excluidos de la sociedad. El Papa Francisco nos exhorta una y otra vez a ir a las periferias existenciales, a los que están en los  márgenes del camino. 

Siendo como leño seco, a la intemperie, sin refugios ni seguridades, es cuando el Espíritu Santo quema todo aquello que aún es lastre para nuestro itinerario. Volviendo a Alfredo Rubio: “desde esta cumbre de la solitud, con la infinita compañía del Espíritu Santo, es donde se alcanza el amor de benevolencia. Desde ahí es como se puede bajar al mundo a amar ya sólo con amor benevolente… Amar en solitud con el Espíritu Santo es como una bomba de energía superatómica que estalla en amor a la Trinidad y a las gentes… Uno es ya una llama de Pentecostés…”

Durante los 50 días del tiempo pascual, el cirio permanece encendido. Pasada esta cincuentena, se apaga como signo de que esa llama de Espíritu Santo pasa a estar sobre la cabeza de cada uno de nosotros. Llenos de Espíritu Santo es como podemos ser “ayudadores” de Dios en la misión de extender su Reino en este mundo, amando con amor benevolente, siendo llamas de caridad.

Ser “ayudadores” de Dios es algo que Etty Hillesum describió con su propio y original lenguaje, en su diario cuando ya estaba en marcha la aniquilación de la comunidad judía en los Países Bajos:

“Oración del domingo por la mañana. Dios mío, estos tiempos son tiempos de terror. Esta noche, por primera vez, me he quedado despierta en la oscuridad, con los ojos ardientes, mientras desfilaban ante mí, sin parar, imágenes de sufrimiento. Voy a prometerte una cosa, Dios mío, una cosa muy pequeña: me abstendré de colgar en este día, como  otros tantos pesos, las angustias que me inspira el futuro. Pero esto requiere cierto entrenamiento. De momento, a cada día le basta su pena. Voy a ayudarte, Dios mío, a no apagarte en mí, pero no puedo garantizarte nada por adelantado. Sin embargo, hay una cosa que se me presenta cada vez con mayor claridad: no eres tú quien puede ayudarnos, sino nosotros quienes podemos ayudarte a ti y, al hacerlo, ayudarnos a nosotros mismos. Esto es todo lo que podemos salvar en esta época, y también lo único que cuenta: un poco de ti en nosotros, Dios mío. Quizá también nosotros podamos contribuir a sacarte a la luz en los corazones desvastados de los otros” (12 de julio de 1942).

Lourdes Flavià Forcada
San Francisco de Chiu Chiu (Chile)


Atisbos




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
 

12 de mayo de 2015

Pliego nº 76


El Silencio de Dios


En el mes de febrero fui a un retiro, "A la escucha del Espíritu de la mano del invierno", un tiempo para respirar el aliento de la creación siguiendo los ciclos de la naturaleza. Al llegar, en la habitación, encontré una carpeta, con el programa para el fin de semana y la documentación. Abrí la carpeta y lo primero que me salió fue una hoja donde decía: "La misericordia y la verdad se han encontrado......" Sentí un gran eco y emoción dentro de mí, como si me lo estuvieran diciendo a mí. Intuí que sería un fin de semana especial donde Dios se haría presente.  

El último día compartimos lo que habíamos vivido. Yo ese fin de semana puse nombre al momento personal que estaba viviendo. El exterior coincidía con mi interior. En mi momento personal estaba viviendo el invierno.  



Invierno, como noche oscura, como tiempo de silencio de Dios. Invierno, como tiempo de ausencia, de silencio, de soledad, de dolor, de desnudez, de luna vacía de presencia. Pero me di cuenta que este tiempo de invierno, de silencio de Dios, lo podía vivir muy diferente a como lo estaba viviendo, podía ser un tiempo también de espera atenta, paciente, de quietud, de confianza, de espera de nuevo reencuentro, de pasaje hacia la Luz, de preparación para el estallido de la primavera. 

Vivimos el silencio de Dios porque muchas veces estamos buscando fuera de los lugares donde Él se ha querido hacer presente. Porque buscamos un Dios omnipotente que podría destruir a los enemigos y no lo hace, y en su lugar aparece la impotencia, la debilidad, la vulnerabilidad del Amor: "¿Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado?" (Mt 27, 46). Porque consideramos que la divinidad se esconde y en realidad lo que se esconde es nuestra imagen tópica de Dios. Porque no abrazamos la cruz y sin cruz no hay crucifixión ni muerte y sin muerte no hay resurrección. Porque no siempre estamos en disposición para recibir su respuesta. A veces Dios responde enseguida y nosotros no lo notamos hasta después de un tiempo, otras veces  tenemos más prisa que Él y no le dejamos hacer. Porque no podemos ver el significado de todo lo que vivimos al mismo tiempo que lo vivimos y muchas veces tendrá que pasar mucho tiempo para poder ver el rostro de Dios vivo en situaciones vividas de dolor y rotura. Porque no hacemos la experiencia del silencio, de desconectar, de retirarnos, para apartarnos para que Él entre, para sentir su presencia, para desarrollar una conciencia más profunda de nuestra unicidad con Dios. 

Sentí que el silencio de Dios también lo podía vivir como: 

. Paso necesario, en todo camino espiritual, de noche y de ausencia para crecer.
. Paso para transformar nuestra imagen de Dios, y verlo no como Ser omnipotente que desconoce el dolor, sino como amor vulnerable y vulnerado, expuesto sin límites a la intemperie de la historia humana.
. Tiempo de purificar y profundizar nuestra relación con Dios. 
. Noche de la Pasión, necesaria para que se produzca la experiencia de Resurrección. . Momento de ejercitar la fe creyendo que aunque Jesús duerma está en la barca con nosotros (Mt 8, 23-27). 
. Vacío posibilitador, como un espacio en blanco que permite la manifestación del Resucitado. 
. Interrupción, como silencio de la revelación antigua de Dios, necesaria para que haya una nueva revelación.
. Oscuridad provocada por la proximidad de Dios. Está tan cerca que no lo vemos.
. Experiencia de conocimiento de la desolación para poder consolar. 
. Invierno, vivido como la espera de quien sin esperar nada concreto no pierde la esperanza, vivido como que todo tiene un sentido bueno y útil en cada momento y que participamos en un movimiento que va más allá de lo que podemos entender, porque el amor de Dios es inagotable, incondicional. 
. Tiempo de vigilia, de recogimiento, de escucha, de acogerlo todo, de conversión. De camino para tomar conciencia de que todo existe en la Presencia que todo lo abarca: "En Él somos, nos movemos y existimos" (Hechos 17, 28). 
. Salida, no a pesar de las noches oscuras sino gracias a ellas, pues la oscuridad existe para que puedan brillar las estrellas. 
. Confianza en que la fría y oscura noche lleva al fondo más íntimo, a vivir centrados hacia adentro para ser estallido hacia fuera. 
. Invitación a dejarnos llevar, con disponibilidad, a dejar la vida cómoda, las seguridades, a salir a la intemperie, al encuentro con Dios, expuestos sin reservas.
. Noche santa porque Dios se deja buscar por nosotros y, encontrándolo, aviva la voluntad de buscarlo aún más.   

"De noche iremos, de noche,
que para encontrar la fuente
solo la sed nos alumbra…
solo la sed nos alumbra... "
(San Juan de la Cruz)

Terminé el fin de semana entendiendo y comenzando a vivir lo que había comenzado leyendo en la hoja de la carpeta: "La misericordia y la verdad se han encontrado. En nuestra humana debilidad y miopía creemos que tenemos que hacer una elección en esta vida y temblamos frente a los riesgos que corremos. Nuestra elección no importa nada. Llega un tiempo en el que se nos abren los ojos y llegamos a comprender que la gracia es infinita y aquello maravilloso y único que tenemos que hacer es esperar con confianza y recibirla con agradecimiento” 

Un fin de semana lleno de gracia y de agradecimiento.

Cori de Dalmau
Mataró (Cataluña)

Atisbos




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.

12 de abril de 2015

Pliego nº 75


La bondad y ternura de Dios



Al iniciar su pontificado, en marzo de 2013, el Papa Francisco exclamaba en su homilía: “No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura”, nos hablaba de San José, un hombre que supo escuchar a Dios, que se dejó guiar por su voluntad y por eso fue más sensible a las personas que le habían sido confiadas.

Custodiar significa preocuparse uno por el otro, de cuidarse, vivir con sinceridad la amistad...tener cuidado de todo lo que nos rodea: naturaleza, personas,… custodiar forma parte de la esencia del ser humano.

Y para ello debemos ser custodios de nosotros mismos, tener cuidado de nuestros sentimientos porque es de ahí de donde sale lo bueno. Por eso para preocuparse, custodiar, “No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura”.

En el salmo 33, podemos escuchar y rezar las palabras “Gustad y ved que bueno es el Señor”. Son muchas las veces que lo hemos oído y recitado, seguramente también cantado y repetido en nuestro interior. ¿Cuántas veces lo hemos gustado, saboreado?

Detenernos a saborear la bondad del Señor, debería ser un deber que todo cristiano hiciera a menudo, contemplar la naturaleza, releer el capítulo I del Génesis “En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra”... “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien”.

Dice Santa Teresa en Las Moradas hablando de Su Majestad “es muy buen vecino, y tanta su misericordia y bondad que aun estándonos en nuestros pasatiempos y negocios y contentos y baraterías del mundo, y aun cayendo y levantando en pecados, con todo esto, tiene en tanto este Señor nuestro que le queramos y procuremos su compañía, que una vez u otra no nos deja de llamar para que nos acerquemos a El” Dios no se cansa nunca de esperar que nos acerquemos a Él, aún sabiendo que es lo mejor para nosotros espera y nos llama.

Son muchas las ocasiones en que hemos afirmado y hemos oído que Dios es amor, que es su esencia misma, que por amor envió a su Hijo.

Sabemos que Dios es misericordioso, es decir, que se compadece de las miserias de cada uno de nosotros, o sea que sufre con nosotros, hoy hablaríamos de empatía, de ponerse en el lugar del otro, pero Dios hace algo más, comparte nuestro dolor, nuestro padecer.

También sabemos que a Dios nada le es indiferente, pero Él va más allá, se implica, entra en nuestras miserias, en nuestro dolor, se acerca a nuestras heridas y las cura con sus propias manos,  Dios mismo curando las llagas del que sufre, abrazando el dolor, un Dios que calma el dolor con la ternura de una madre. Ese es nuestro Dios.

Ante la bondad, la misericordia, la ternura de Dios Padre no podemos quedarnos indiferentes, hemos de actuar, reconocer la grandeza de este don tiene unas consecuencias directas en nuestra manera de actuar, o debería tenerla, como hijos de Dios podemos ser sus manos, esas que curan las heridas de nuestro entorno.

Ante las actuales situaciones de dolor, no podemos permanecer en silencio, son muchas las personas que viven situaciones difíciles que necesitan una mano amiga que las acompañe durante el proceso de superar el proceso. Muchas veces una simple mirada puede hacer que una persona encuentre motivos para salir adelante, sintiendo que es alguien para alguien.

Son muchos los signos que podemos apreciar en el mundo que nos dejan ver la bondad y la ternura de Dios, porque son muchas las personas que caminan compadeciendo el dolor de otras, acompañando el padecer de muchas que no tendrían con quien hacerlo. Quizás es que nos es más difícil ponerle nombre a esas actitudes, o quizás no somos capaces de “gustad y ver que bueno es…” porque en cada una de ellas, lo sepan o no podemos saborear, ver y agradecer la verdadera bondad y ternura de Dios hoy y aquí.

Esther Borrego Linares
Barcelona (España)


Atisbos




Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
 

12 de marzo de 2015

Pliego nº 74


Mal y límite

«Queridos amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios […]. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único […] Si Dios nos amó de esta manera también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jo 4, 7-11).

El amor de Dios es como un mar tranquilo que nos arrulla con sus olas
Nadie nos ama de forma tan completa como Dios, nadie nos ama con una medida tan desmedida, porque Él que es el Amor primigenio tan sólo puede amar. ¿Cómo correspondemos a este amor? Dios espera que lo volvamos en recíproco pues de la esencia del amor es que sea correspondido. Sin embargo, cuando contemplamos el mundo nos encontramos todos los días con la experiencia de mal. ¿Cómo es posible que haya tanto mal en el mundo, tanto sufrimiento?

Dios nos ama tanto que nos hizo libres. Ser libres es una dádiva de amor sin límites, es lo que nos permite amar, pero al mismo tiempo permite que nos sintamos amados. Tan sólo desde nuestra experiencia de amar al otro, tan sólo a partir de nuestra realidad concreta y limitada podemos acoger el infinito amor de Dios. Sin embargo, nosotros mismos limitamos este amor ya que somos seres limitados. Receptáculo limitado que acoge lo inefable, lo inabarcable, lo incontenible. Somos libres, sí, pero libres-limitados, y a menudo perdemos la noción de los límites de nuestro ser. Y cuando intentamos echar abajo nuestras limitaciones pensando que alcanzamos una libertad mayor de aquella que nos correspondes, muchas veces a costa del espacio de libertad de los otros, provocamos un profundo sufrimiento.

A pesar de ello no podemos imputar todo el mal que hay en el mundo, el exceso de mal, a la libertad humana, pues en el mal hay también una dimensión de misterio. El mal puede derivarse de nuestra libertad, pero también se desprende de nuestro límite, es más -como ya lo afirmábamos- nuestra libertad, por ser humana es limitada. En otras palabras, hay mal porque hay límite o, existe la posibilidad de mal en nosotros porque somos limitados. No obstante, el límite y el mal que se deriva de éste, nos recuerdan que existimos. Somos seres limitados o no seríamos. 

Dios lo permite todo respetando pacientemente siempre nuestra libertad. A pesar de todo el mal del mundo, seremos redimidos; por amor Dios siempre está esperando que también nosotros usemos nuestra libertad para lo que fue creada, para amar a los otros y al Otro.

«No me preocupan nada mis pecados
Pues tu misericordia es infinita»1

Dios no quiere que suframos, pero por respeto a la libertad de los seres humanos permite que actúen como lo deseen, incluso si desean hacer el mal. Él ya nos atraerá con la fuerza de su amor, llevándonos de nuevo al camino de la salvación a través de su misericordia.

Con nuestra libertad, parte integrante de nuestro ser limitado, podemos optar por un camino o por otro. Podemos provocar dolor, sufrimiento, odio, pecado; así como podemos amar, bien-hacer, provocar alegría y gozo al otro. Depende del camino por el que optemos.

El primero, si fuera deseado, intencionado, procurando el mal del otro, responde muchas veces a la soberbia, a la tentativa de convertirnos en dioses, de creernos seres superiores a lo que en realidad somos y por eso nos creemos más importantes que las otras criaturas.

¿Sin embargo, será la soberbia el único mal del hombre? ¡Me pregunto!

Cuando un ser humano con todos sus límites, con toda su contingencia (innecesariedad, que es, pero que podía no haber sido nunca) desea ser un ser absoluto, entonces, está presente la soberbia que lo transforma en un ser obscuro. O, aún peor, creemos que podemos ser tan perfectos - ¿por qué no ser como Dios? Sin embargo, aquel que no quiere ser un ser humano, que no quiere asumir su fragilidad, probablemente no será nada, ni desarrollará lo que realmente es, ni lo que desea ser, pues le es inalcanzable.

Todo esto adviene de la libertad que nos fue ofrecida como don. Si bien es cierto que nos permite crecer, también lo es que conlleva responsabilidad. La libertad puede ir hasta donde la propia persona es capaz de responder. De esta forma la responsabilidad nos marca los límites, delimita nuestra libertad.

De esta forma, cabe que nos preguntemos: ¿la libertad, con su dimensión de responsabilidad, es potenciadora o limitante? Puede ser lo que escojamos…

Si es limitante, porque quiere ser más de lo que es, provoca mal y no permite el pleno desarrollo de la realidad que es la persona, pero si es potenciadora, amando sin límites, puede provocar alegría y gozo.

La Soberbia nos lleva a desiertos de dolor
El soberbio se hincha de libertad. Pero se hincha de libertad para disminuir la libertad del otro, y entra en un área en la cual ya no tiene capacidad de respuesta. El humilde ama sin condiciones y su espacio le es suficiente. 

En Dios, que nos ama en la globalidad de nuestra realidad limitada al punto de crearnos, podemos estar seguros de que somos aceptados y en Él y con Él aceptaremos nuestros límites y nuestro lugar en este mundo, como real posibilidad para poder amar.

Aceptando nuestros límites estaremos tan cerca de Él que caminaremos a su lado aunque no lo veamos o que a veces lo sintamos un poco lejos. Sin embargo Él estará en nosotros y nosotros en Él.

Helena Adegas
Porto (Portugal)



1. RUBIO, Alfredo. Soneto XL. In RUBIO, Alfredo  Sonetos en la Ermita. Barcelona: Edimurtra, 1993, p. 54.




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Imagen acompañada de un escrito o pensamiento de Dolores Bigourdan(Canarias 1903 - Barcelona 1989) con el fin de ofrecer un espacio de reflexión.
 
 

12 de febrero de 2015

Pliego nº 73


Más allá de la imagen de Dios


La imagen que nos hacemos de Dios nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Esta imagen cambia en la medida que la relación personal con ese Dios nos permite ahondar en su conocimiento y en su misterio. 

El sacerdote jesuita, Carlos Vallés, en su libro Dejar a Dios ser Dios, narra cómo algunas tradiciones religiosas en la India fabrican imágenes de barro para representar a la divinidad. Cada año celebran una fiesta en la que estas imágenes son lanzadas en las aguas del mar o de los ríos donde el barro se disuelve. Con ello, señala Vallés, vienen a recordar que las obras creadas por los seres humanos son limitadas, perecederas e incapaces de abarcar a un Dios infinito. 

Por su parte, Joseph Ratzinger narra en su Introducción al cristianismo (1968) cómo en el Antiguo Testamento encontramos la idea de Dios designada con dos nombres: “El” y “Yavé”, cuyo significado hace referencia a un  modo de comprender a Dios distinto al del mundo pagano, en el que la divinidad estaba vinculada a un lugar, eran dioses locales.

El término EL designaba al Dios de los Padres, vinculado a personas, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Un Dios que mostraba su presencia allí donde se encontraba con  el hombre, y donde este se dejaba encontrar; un Dios que manifestaba su cercanía presente en todas partes. Y a la vez era el Dios altísimo, que estaba por encima de todo lo demás.


Más adelante, en la narración de la zarza ardiente (Ex, 3) se revela a Moisés el nombre de Dios con la palabra Yavé; este Dios  oculto y revelado a Moisés es el fundamento de la idea de Dios que acompañará a Israel a lo largo de su historia. El nombre de Yavé, que se ha traducido por “Yo soy el que soy”, muestra una imagen de Dios que fue fundamento para el origen del pueblo de Israel. Algunos autores señalan que este modo de designar a Dios impresiona más de una negación del nombre que una manifestación del mismo. Aquello que se pretende conocer y abarcar a través del nombre, se esconde en lo desconocido de la negación del nombre; su manifestación y ocultamiento son simultáneos. El nombre entendido como símbolo del ser conocido de Dios es la clave para lo que permanece desconocido e innominado de Dios. De este modo se muestra la infinita distancia entre Dios y los hombres. 

En el Nuevo Testamento el Evangelio de Juan muestra también la imagen de Dios referida al ser y explica a Dios como simple ‘yo soy’.

“He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y he guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado proceden de ti; porque les he dado las palabras que me diste; y ellos las recibieron y han conocido verdaderamente que salí de ti y han creído que tú me enviaste”. (Jn 17, 6-8)

Jesús refiere a sí mismo el “yo soy” del Éxodo. El nombre no se agota en una palabra, sino que designa a la persona de Jesús. La fe en Jesús se convierte en una explicación del nombre de Dios. 

Mi reflexión ante todo esto es que ese Dios revelado por Jesús se nos muestra como Abba, generoso, lleno de ternura, perdonador hasta setenta veces siete, providente…; y a la vez, profundo silencio que señala un misterio infinito, un Dios inabarcable, tan difícil y complejo para nuestra mentalidad y nuestro corazón. 

El esfuerzo de la razón humana para explicar este misterio queda mudo ante la inmensidad de Dios. Creemos en Él por su inmensa gracia y no por nuestros esfuerzos; esta consciencia es condición indispensable para no caer en una imagen ingenua, infantil o edulcorada de Dios. 

Evidentemente que la razón es una cualidad maravillosa del ser humano que sirve para hacerse preguntas, pero la postura coherente de la razón, es la duda. Es desde esa actitud humilde que puede advenir la revelación.

Analógicamente en un plano sobrenatural, la luz de la fe es el apoyo para entender algo de Dios, pero tampoco lo agota; la actitud más coherente es aceptar la inabarcabilidad del misterio global; reposar mansamente en ese fragmento maravilloso de Dios, que nos muestra Jesús, y a la vez reconocer que es incompleto.

Los esfuerzos por explicar a ese Dios revelado por Jesús, me evocan un inmenso escenario en la oscuridad en el que la luz de Cristo alumbra un ángulo, invitándonos con Él y en Él, a ser pequeñas llamitas de Espíritu Santo, que también alumbren e irradien calor en ese Misterio abismal al que nombramos Dios.

Remedios Ortíz
Madrid (España)