12 de mayo de 2016

Pliego nº 88


Misericordia y redención

«Descendió a los infiernos»

Sin lugar a dudas, el mal existe y en formas muy diferentes. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el dolor del mal cometido o del mal sufrido, a veces irreparable, inconsolable, en definitiva, inevitable? Con Cristo que descendió a los infiernos nosotros también nos atrevemos a descender al abismo de nuestros infiernos, al lugar donde ya no podemos hacer nada para «reparar» aquello que se ha roto, para prever perspectivas de futuro  o para ser consolados en la medida de la pérdida sufrida. Este lugar de lo imposible, de lo irreparable, es el lugar dónde la misericordia de Dios se manifiesta como redención, como salvación. Es el lugar donde poco a poco aprendemos a permanecer ante las ruinas de nuestra vida porque  «bueno es esperar en silencio la salvación de Yaveh»(1). He aquí lo que permite dejarnos sorprender por Dios, según la hermosa invitación de nuestro Papa Francisco para el jubileo de la misericordia(2).
 
El destello de un posible por-venir.

Durante muchos años he escuchado los relatos de la vida de personas encarceladas y en bastantes ocasiones he tenido la oportunidad de estar con ellas ante las ruinas de sus vidas, en una espera que parecía interminable y viendo a veces brotar, del corazón de la más profunda desesperanza, el destello de un posible por-venir. 

Un día buscando un trozo de papel donde anotar la dirección de un centro social, cogí una postal en la que había el texto de las bienaventuranzas(3). Pedí a mi interlocutor si lo conocía, y me respondió que no, entonces, empecé a leerlo pero no pude terminarlo, ya que el joven que estaba ante mí me detuvo, y llorando me preguntó: «¿Dios realmente lo puede perdonar todo?»

Esta es la fuerza siempre sorprendente de la Palabra viva, la fuerza de esta pequeña palabra «felices» que toca tan profundamente la aspiración de todo ser humano -¿y quién sabe?- no impide que lo que este joven buscaba y esperaba fuera la posibilidad del perdón.

Y qué podemos decir de la mujer cuyos infiernos tan sólo le recordaban la vergüenza de estar aún con vida: « ¿Cómo puedo estar aún viva el día del cumpleaños del hombre que más he amado y que he matado?».

Se trata de una larga travesía la de esta mujer, pasada por el tamiz de una tentativa de suicidio. ¡Hasta tal punto le era insoportable estar aún viva! Sin embargo, un buen día, tiene esta magnífica experiencia: «Tengo la impresión de que tengo un cáncer al revés. Sí. Cuando tienes un cáncer hay una célula maligna que lentamente va ganando espacio; a mí me ocurre lo contrario: todo es negro, pero hay una única célula buena, que poco a poco está ganando espacio, y esta célula buena es el amor de Dios». 

Sí, la experiencia de la misericordia, experiencia eminentemente relacional, bien como este compañerismo mientras se esperan poder experimentarla,  se da en la medida que se reconstruye en el culpable su imagen original desfigurada por el mal cometido. Esta experiencia permite también reconocer que hay una solidaridad entre los hombres más profunda y verdadera que cualquier delito, que «la fraternidad no se puede borrar por ningún fratricidio. La misericordia aún ve a Adán después de Caín».(4)
 
Salvados y enviados

Debe ser esta mirada la que Dios dirigió a Moisés, él que fue salvado de las aguas, no supo hacer nada mejor que matar a un egipcio y volverse otra vez errante, doblemente exiliado, siendo un pequeño pastor de un rebaño que no le pertenecía. Entonces se dio la irrupción de Dios en medio del desierto, una llamada que lo devuelve al lugar de su derrota, pero esta vez con una nueva misión: convertirse en el libertador de su pueblo. ¿Y qué podemos decir de Elías? Profeta de fuego que sólo se escuchaba a sí mismo y que en un impulso amoroso lleno de celo masacra los profetas de Baal para después huir, perseguido por el odio de la reina Jézabel que quiere su cabeza. Le hace falta llegar al punto de desear morir, él el asesino que creía servir al Señor, tendrá que aceptar un poco de pan para seguir camino y llegar al fin a comprender aquello que nunca había podido o querido escuchar: la presencia del Señor en la voz de un tenue silencio.

Y aún está Pedro, el entusiasta que quiere seguir el Señor, dispuesto a todo menos a renunciar a sus ideas y que recibe de su Señor la peor denominación: « ¡Quítate de delante de mí, Satanás!»(5). Y después la experiencia de traición, los lloros, y la mirada de Jesús que se posa en él. Finalmente Pedro se rinde ante su verdad, ante su humanidad frágil, sólo así le podrá ser después encomendada su misión: «¡Apacienta mis ovejas!»(6).  La lista aún podría ser más larga… y llegar hasta nosotros, hasta mí.

Una mirada que abre el porvenir

Estos ejemplos sacados de la vida y de la Biblia nos muestran que no hay ninguna travesía que el Señor no pueda acompañar: sus ojos invisibles y llenos de ternura siguen nuestros pasos vacilantes por el camino de cada una de nuestras vidas. La experiencia de lo irreparable se puede convertir en lugar de encuentro con Él: «La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro». (7)

¡Unos ojos nuevos, unos ojos de resurrección, ésta es la huella indeleble que su misericordia inscribe en nuestra vida!

[1]  Lam 3, 26.

[2]  Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, nº 25.


[3]  Mt 5, 1-12.

[4]  Luigino Bruni. « Misericordia, cemento di civiltà ». In Avvenire, 5/9/2015. 

[5]   Mt 16, 23.
[6]    Jn 21, 16.

[7]    Papa Francisco. Lumen Fidei, nº 4.


Federica Cogo 
Ginebra (Suiza)


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