12 de septiembre de 2017

Pliego nº 104


Soledad


La soledad es una experiencia que me ha tocado personalmente muy de cerca recientemente, dada la pérdida de mi esposo hace escasamente 3 meses.

Puedo decir que su enfermedad de demencia tipo frontotemporal me enfrentó a muchos cambios conductuales, entre ellos, pasé por miedos, por soledad, por angustias ante su pérdida.

La soledad no devino de su muerte, sino que se presentó en su pérdida de memoria paulatina, abandonando a la familia, abandonando a las personas que lo rodeaban.

En mí produjo un cambio muy fuerte. Yo siempre pensé que podía controlarlo, pues conocía la enfermedad, y a medida que evolucionaba en mi cabeza me decía: “sé cuál es el paso siguiente, por ello no debo de temer”.

Pero me enfrenté a todos mis temores, a mis noches interminables, a mis días sin consuelo, aferrada a mi Dios ausente, a mis dolores en silencio, a mi amargura por los cambios presentados, al abandono familiar por no querer verlo sufrir. 

Me sentía sola, al verlo a él perderse cada día mientras que físicamente se veía extraordinario, con paz, con tranquilidad. Y yo, en todo un marasmo de emociones. 

El desconocía a la persona que lo cuidaba, a pesar de ser su esposa. Es fácil decirlo, pero no tanto vivirlo, tener contacto con ello diariamente. Él reaccionaba con hostilidad porque no me reconocía, y eso me dañaba mucho. 

Intentaba no cuestionármelo, para no caer en la desesperanza, para no caer en la pérdida de sentido. Iba aceptando esos cambios. 

Pero, incluso contra mi voluntad, la cabeza me cuestionaba: “¿cómo es posible que se pueda perder tanto y no poder hacer nada para ayudarlo? 


 Cuando yo veía sus momentos de lucidez, en que me pedía que le ayudara a irse, yo bromeaba y le decía que iríamos a tal o cual sitio, sabiendo de antemano que no era eso lo que él solicitaba, sino que me pedía ayuda para dejar de sufrir, pues no quería irse solo. 

En estas situaciones me preguntaba si tenía sentido seguir luchando para sobrellevar una vida con tanto dolor. ¡Cuántas preguntas! ¡Cuántas pérdidas! 

¡Qué difícil es pasar la noche viendo debatir a las personas con sus fantasmas! Mi esposo se debatía con trenes. Lo atormentaban, le quitaban la paz, lo inquietaban, lo atropellaban… y yo, su compañera, sola y sin poder ayudarlo.

Y luego, en el día a día, hacer como si no pasara nada. A veces nos ofrecen un consejo, pero cae en el vacío, porque no lo percibimos. “Así es la enfermedad”, me decían. Lo sé, soy médico. 

Si de verdad me preguntaban qué sentía, y yo osaba manifestar sinceramente mi estado de ánimo, a menudo me respondían que estaba exagerando, que no podía ser tan difícil. Incluso llegaron a decirme que para mí, teniendo en cuenta mis conocimientos, no podía ser tan difícil, pues de antemano ya sabía las etapas por las que él iba a pasar. 


 La soledad en compañía es muy difícil. En esa compañía, con la que no podemos tocarnos como persona, porque la otra persona nos necesita y requiere que nos encontremos al 100% de nuestras capacidades. 

Llegamos a enfermar, porque creemos que no podemos guardar reposo, no hay quien quiera suplirnos. Dejamos de vivir, para estar con la persona enferma. ¡Y cuánto nos necesita! 

Pero llegar a comprender que sí se puede encontrar personas que nos suplan también es un camino difícil. 

¡Qué soledad sentí, y cuánto me dolió cuando mi marido tuvo que estar internado el psiquiátrico por agresividad! Me laceraba el alma, pero era necesario, allí podían controlarlo. Fueron 10 días sin verlo. Las noches fueron días, y los días un martirio ante las críticas de incomprensión, las quejas de “¡cómo pudiste! No entendían que la agresividad ponía en riesgo a mi familia y a mí misma. 

Regresa a casa dopado, y ahí el sentimiento de culpa golpea, y nos hace pensar: “¿esto es vida? ¿tengo derecho a decidir tenerlo como un vegetal? ¿tengo derecho a negarle una dignidad?”. Y entonces la soledad hace aún más mella. 

Evoluciona y su enfermedad hace que se complique todo. Y fallece... 

Soledad no es cuando él muere. La soledad fue cuando mi marido inició el proceso de esa enfermedad devastadora que cambió su persona, su familia, sus hijos, su nieto. 

Sí, ante su muerte existe soledad, pero también la tranquilidad de que ya no hay sufrimiento. Mi soledad diaria me hizo buscar un sentido a la vida de manera personal, buscando llenar mis vacíos de manera positiva y productiva. 

María Bertha Covarrubias Manrique 
México 


1 comentario:

Leticia Soberón dijo...

Bertha, qué impresionante testimonio, qué bien lo expresas. Mis respetos de todo corazón y rezando para que el Señor te ilumine desde dentro en esta nueva fase... ¡Aún te queda mucho amor para dar y recibir!