12 de marzo de 2018

Pliego nº 110

La Fragilidad de la Espiritualidad II

“Aunque veces los otros son causa de mi dolor” 

Estar conscientes del peso específico de cada uno, de nuestros aspectos más luminosos y de aquellos oscuros, que no sólo nos hacen caer, sino que incluso, podemos dejarnos arrastrar por el dolor sin sentido, por la soberbia del por qué a mí, y podríamos empujar a otros, culpándolos y haciéndolos responsables. Y así nos hacemos daño mutuamente. 

Aceptar la vida dada, con todo y dolores; nuestro origen concreto y aceptar a todos los que nos rodean, y con quienes nos vamos configurando, siendo colectivo, siendo comunidad es parte de ir aceptando nuestra fragilidad. San Francisco de Asís en su Testamento N° 14, señala que: “Gracias Dios por los hermanos que me has dado, aunque a veces son causa de mi dolor”. Si le sumamos que mis otros son mi espejo que barre mis espejismos de autonomía, para llevarnos a un hermanamiento con todo lo existente, nos ayuda a saborear la alegría de experimentar una entrega profunda, incondicional de sentirnos amados y amar a otros y esos otros con todas sus circunstancias, en las malas y en las buenas, independientes de las situaciones que nos acontecen. 

Emerge entonces, una espiritualidad de la fragilidad que autores como Tony Mifsud, sj maltés, que desde 1974 trabaja en Chile, señala en su libro “Una Espiritualidad desde la fragilidad” (...) donde indica que la misericordia de Dios lo puede todo, con tal de que uno tenga el valor y la gracia de confiar en Él. Esta espiritualidad desde la fragilidad hunde sus raíces en los Padres del desierto (siglo IV), quienes subrayaron que si uno quiere conocer a Dios tiene que conocerse primero a sí mismo. 

La espiritualidad de la fragilidad surge nada menos que de las experiencias de aceptación plena, del silencio y soledad buscadas para encontrarnos con Dios, para sentirnos necesitados y apañados, apapachadas por ese amor que todo lo puede. 

La fragilidad es la puerta para la misericordia 

Haber sentido un abrazo que te recoge con toda tu humanidad, que te levanta, que te sostiene, que grita junto a tu grito, que contempla sin escándalo tu alma rota, pero que con su mirada es como si estuvieras ya transformado por la gracia de Dios, que te sostiene fuerte y con la esperanza de que estarás resucitado con el tiempo, no tiene precio. Es como haber sentido a Dios. Y una fuerza incalculable te para, te REPARA y sabes, porque has sido amado, que eres fuerte, y esa fuerza es para amar con misericordia a todo y todos. 

Fortaleza que tendremos que no sólo pedir 3 veces como hizo Pablo; sino que tendremos que limpiarnos de rabias, llenarnos de perdones: propios y ajenos; luminar esa cueva sepulcral, vacía y sin sentido donde nos habíamos refugiado pensando en que no necesitamos a nadie ni nada; envueltos en soberbia y rencor. Así poco a poco, saldremos frágiles, más débiles, más humanos al mundo nuevamente, pero como adultos plenos, para ir hacia una claridad sobre lo que somos, asumiendo nuestro limites, ya sea por accidentes, dolores físicos y de los otros y por los otros. Donde Dios nada tiene que ver con castigos y pruebas, con las libertades y límites humanos que provocaron tal o cual situación de vulnerabilidad, para que, en otros términos, esta espiritualidad de la fragilidad sean el sello de la trascendencia divina entre nosotros. 

Claudia Tzanis Eissler 
Periodista y frágil ser humano 
Santiago de Chile 


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